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time
Porque mi barrio es distinto es barrio. Empieza donde
nadie lo piensa y termina allí donde ninguno
lo ve. Y como no hay, en la cuadra, noción alguna
de su historia momentánea, que se crea a cada
minuto, ahora pensamos que cada suceso en esta esquina
es el motor de lo que acontecerá pasado mañana
en la esquina del medio, donde todavía los pozos
son hábitos comunes.
Cambia el sentido de los polos, como la jovencita coqueta
y pizpireta, el núcleo de las cosas, en esta
dirección, suele cambiar en forma radical, incluso
de una hora a otra. Puede ocurrir que un pequeño
que ve pasar a un anciano, con cierto desprecio inquisidor,
al doblar a la esquina se transforme, misteriosamente
en sus ojos, en la mirada del abuelo: al verse pasar
como un recuerdo cruel, que le acelera el paso tras
la sospecha de una esquina extraña.
Y esa es mi historia en una cuadra que carece, casi,
de veredas.
Es inútil buscar la ochava que cierre el octaedro.
Es un laberinto circular. Un círculo de siete
lados en donde el octavo es cambiado casi siempre arbitrariamente.
El tiempo, también, se estira en mi esquina que,
bien, puede ser la esquina de nadie.
Ya no tengo que pintar la segunda ventana. La que está
cerca sigue comida por dentro por el oxido goloso pero
la otra siempre está nueva. Cambia de color y
de textura con tanta asiduidad como los antojos en la
embarazada. ¡Y de tamaño! Y de formas.
Ese lugar ajeno es, prácticamente, intocable,
illegable.
Mi casa se encuentra partida por el octavo misterio
de la ochava perdida.
He extraviado objetos muy preciados, llegando a alcanzar
recuerdos olvidados de la infancia de mi padre y de
mi abuelo. Hasta de personas que nunca existieron y
nadie conoce. Un día encontré a un tío
perdido tomando mate en la esquina…
Se ablandan las esquinas. O quizás sea yo. Presiento
el día que todo el barrio sea alcanzado por el
mal. Los muebles más rústicos y pesados
se derriten como la mismísima manteca. A pala
he llenado bolsas enteras de recuerdos, buenas intenciones,
es fácil darse cuenta de la diferencia, más
aún cuando son halladas en estado sólido.
Una inquina puede llegar a pesar ochocientos gramos.
Pido perdón, en mi no ha de edificarse la juntura
de la llaga madre.
Cartas de amor amarillentas: pesando de mármol
en mis manos, desapareciendo en mil pedazos al llegar
al piso hasta aquellas que, tomando vida, se escaparan
por la ventana.
El silbido de mi única moto persiguiendo a los
gatos callejeros me ha trastornado tanto como aquel
ensayo operístico de varios libros, de los menos
leídos.
Pero lo fantástico no ocurría en mi casa
sino afuera. Mujeres perdidas en su propia vereda, caminando,
errantes, meses, hasta años por delante de sus
casas sin reconocerlas. Almas carcomidas por la duda
preguntando una y mil veces por la calle Cucha Cucha,
no pudiendo escuchar más que sonetos de Julia
Priluztky-Farny. Gente rodante. Damas ajedrezadas como
cuervos. Corchos danzantes con sabor a esperanza. Y
había gente común, los chismosos de siempre.
Los mentirosos, los haraganes; los mediocres sin tiempo,
los magníficos; abundantes en miserias…
Doña Clara tenía la manía de preguntarlo
todo, espada fácil y filosa, lastimaba sin pudor
como un niño de cuatro años. No tiene
sentido darle respuestas: solo escucha sanguches de
miga.
Quien recorre inquieto el barrio es Don Romildo que
tiene el berretín de medir absolutamente todo,
llevando consigo un archivo sagrado, sobre todo aquello
que involucre a los habitantes del barrio. Enjaulado
en un mundo de reglas, medidas y números, investiga
las variables más ridículas. Se dice que
fue él quien descubriera la cuadratura del círculo
y, contrariamente a lo que el mundo científico
esperara: “no pasó nada”. Sigue pescando
algoritmos imposibles, calculando la multiplicación
de las tres dimensiones por un cielo al cuadrado, un
soliloquio; dividido por la inconciencia de las certezas…
Algunos estudiosos dicen que solo por pocas materias
no obtuvo el título que lo avalara en la técnica
de la agrimensura. De tanto cambiar de fenómenos
y de formas, tras resurrecciones y mutaciones varias,
ha llegado a conclusiones extraordinarias que todavía
desconocemos pero, que pronto, serán de dominio
público cuando publique sus memorias de alquimista
prófugo. El inconveniente radica en hallar la
glosolália adecuada…
Mi ingenua hipótesis del maquiavélico
ángulo es el fundamento de la ciudad. Esta, entierra
a los barrios como si ayudara a escapar al hechizo del
vértice maldito, redondeándolo todo, acercando
la desaparición total de la esquina, de la ochava.
Un arquitecto distraído borra uno, dos, cien
octolados: no es por casualidad. No hay inocencia, ellos
saben del aquelarre de los 424 centímetros. Las
vidas perdidas, los mundos abiertos, las dimensiones
extrañas desatadas en jirones cuadrados como
reponiendo los círculos escapados.
La esquina se revela en cimientos de acero hundido y
hormigón armado pero es una raíz de muela
de juicio. Y el estómago del micro centro arderá
en sus propios jugos, retorciéndose en el vértice
borrado hasta el material más resistente porque
el destino de la octava cara es coqueta y terca, nunca
petrificada y sin gracia. Allí morirán
tantos corazones como florecerán esperanzas.
Plañirán sueños fantásticos
e increíbles.
En ese ángulo abierto y ajeno se acurrucarán
peldaños perezosos, pendientes rezagados, anillos
de otoños amores, jazmines arrugados por promesas
incumplidas, lápices caídos de Madamas
cristalizándose al caer. Esas nubes crecerán
como el junco, más allá de los rascacielos,
tomándolo todo. Será un bao-babs añejo,
poderoso y engreído.
Solo la melancolía calma de la desesperanza y
el engaño tomará la forma de una mujer
desconsolada. De una triste mujer de piernas largas
y uñas certeras, arrullando en sus brazos un
pañuelo de hombre, un sinrazón en manos
de Dios.
Es la reacción de un sistema, de un diseño
improvisado en esquina. ¿Cuánto mide el
cruce de las calles?
No es así con la vereda masticada por oleosas
lágrimas del salitre evaporado de pájaros
nocturnos, ellos son testigos infalibles de tantas aventuras
de papel. El tintineo de los astros alumbrando el charco
de la locura… En ese pozo estoy sepultado, escondido,
como un mortero en movimiento, una piedra atrapada por
la soldadura del olvido.
Me temo un destino de viseras de colectivos coleópteros,
de taxis como ninfas de cedro. Donde la atmósfera
es una mermelada de tango sobre tostadas de coros de
niñas abejas.
Al lado de la arena, de la frenada de dinosaurio, en
el apetito de la esquina juguetona, seré un malvado
inquisidor so pretexto de vengar a la nube puntiaguda
y al canto discontinuo del pasado en las paredes manchadas.
Allí se despertarán los mares y las lapiceras
usadas tiñendo las caras de teta y los tetones
de siempre. La pelota hinchada, la pata de palo y la
chapita difícil. Todo perdido ahí; en
la canchita, en el buque, en el obelisco oblongo, en
la Atlántida.
Nada ha cambiado. Todo es lo que fue y seguirá
siendo mientras nade en cada paraíso, entre las
alpargatas y el poncho, en el mocasín gastado
y desprendido. Y en esa sed insaciable de “Otredad”
volveremos a perseguir la sombra justa, al doblar a
la esquina. |