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NEl otro adoquín
por Marcelo Meza »n
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La esquina cambiada.
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22 time

Porque mi barrio es distinto es barrio. Empieza donde nadie lo piensa y termina allí donde ninguno lo ve. Y como no hay, en la cuadra, noción alguna de su historia momentánea, que se crea a cada minuto, ahora pensamos que cada suceso en esta esquina es el motor de lo que acontecerá pasado mañana en la esquina del medio, donde todavía los pozos son hábitos comunes.

Cambia el sentido de los polos, como la jovencita coqueta y pizpireta, el núcleo de las cosas, en esta dirección, suele cambiar en forma radical, incluso de una hora a otra. Puede ocurrir que un pequeño que ve pasar a un anciano, con cierto desprecio inquisidor, al doblar a la esquina se transforme, misteriosamente en sus ojos, en la mirada del abuelo: al verse pasar como un recuerdo cruel, que le acelera el paso tras la sospecha de una esquina extraña.

Y esa es mi historia en una cuadra que carece, casi, de veredas.

Es inútil buscar la ochava que cierre el octaedro. Es un laberinto circular. Un círculo de siete lados en donde el octavo es cambiado casi siempre arbitrariamente.
El tiempo, también, se estira en mi esquina que, bien, puede ser la esquina de nadie.

Ya no tengo que pintar la segunda ventana. La que está cerca sigue comida por dentro por el oxido goloso pero la otra siempre está nueva. Cambia de color y de textura con tanta asiduidad como los antojos en la embarazada. ¡Y de tamaño! Y de formas. Ese lugar ajeno es, prácticamente, intocable, illegable.

Mi casa se encuentra partida por el octavo misterio de la ochava perdida.

He extraviado objetos muy preciados, llegando a alcanzar recuerdos olvidados de la infancia de mi padre y de mi abuelo. Hasta de personas que nunca existieron y nadie conoce. Un día encontré a un tío perdido tomando mate en la esquina…

Se ablandan las esquinas. O quizás sea yo. Presiento el día que todo el barrio sea alcanzado por el mal. Los muebles más rústicos y pesados se derriten como la mismísima manteca. A pala he llenado bolsas enteras de recuerdos, buenas intenciones, es fácil darse cuenta de la diferencia, más aún cuando son halladas en estado sólido. Una inquina puede llegar a pesar ochocientos gramos.

Pido perdón, en mi no ha de edificarse la juntura de la llaga madre.

Cartas de amor amarillentas: pesando de mármol en mis manos, desapareciendo en mil pedazos al llegar al piso hasta aquellas que, tomando vida, se escaparan por la ventana.

El silbido de mi única moto persiguiendo a los gatos callejeros me ha trastornado tanto como aquel ensayo operístico de varios libros, de los menos leídos.

Pero lo fantástico no ocurría en mi casa sino afuera. Mujeres perdidas en su propia vereda, caminando, errantes, meses, hasta años por delante de sus casas sin reconocerlas. Almas carcomidas por la duda preguntando una y mil veces por la calle Cucha Cucha, no pudiendo escuchar más que sonetos de Julia Priluztky-Farny. Gente rodante. Damas ajedrezadas como cuervos. Corchos danzantes con sabor a esperanza. Y había gente común, los chismosos de siempre. Los mentirosos, los haraganes; los mediocres sin tiempo, los magníficos; abundantes en miserias…

Doña Clara tenía la manía de preguntarlo todo, espada fácil y filosa, lastimaba sin pudor como un niño de cuatro años. No tiene sentido darle respuestas: solo escucha sanguches de miga.

Quien recorre inquieto el barrio es Don Romildo que tiene el berretín de medir absolutamente todo, llevando consigo un archivo sagrado, sobre todo aquello que involucre a los habitantes del barrio. Enjaulado en un mundo de reglas, medidas y números, investiga las variables más ridículas. Se dice que fue él quien descubriera la cuadratura del círculo y, contrariamente a lo que el mundo científico esperara: “no pasó nada”. Sigue pescando algoritmos imposibles, calculando la multiplicación de las tres dimensiones por un cielo al cuadrado, un soliloquio; dividido por la inconciencia de las certezas… Algunos estudiosos dicen que solo por pocas materias no obtuvo el título que lo avalara en la técnica de la agrimensura. De tanto cambiar de fenómenos y de formas, tras resurrecciones y mutaciones varias, ha llegado a conclusiones extraordinarias que todavía desconocemos pero, que pronto, serán de dominio público cuando publique sus memorias de alquimista prófugo. El inconveniente radica en hallar la glosolália adecuada…

Mi ingenua hipótesis del maquiavélico ángulo es el fundamento de la ciudad. Esta, entierra a los barrios como si ayudara a escapar al hechizo del vértice maldito, redondeándolo todo, acercando la desaparición total de la esquina, de la ochava. Un arquitecto distraído borra uno, dos, cien octolados: no es por casualidad. No hay inocencia, ellos saben del aquelarre de los 424 centímetros. Las vidas perdidas, los mundos abiertos, las dimensiones extrañas desatadas en jirones cuadrados como reponiendo los círculos escapados.

La esquina se revela en cimientos de acero hundido y hormigón armado pero es una raíz de muela de juicio. Y el estómago del micro centro arderá en sus propios jugos, retorciéndose en el vértice borrado hasta el material más resistente porque el destino de la octava cara es coqueta y terca, nunca petrificada y sin gracia. Allí morirán tantos corazones como florecerán esperanzas. Plañirán sueños fantásticos e increíbles.

En ese ángulo abierto y ajeno se acurrucarán peldaños perezosos, pendientes rezagados, anillos de otoños amores, jazmines arrugados por promesas incumplidas, lápices caídos de Madamas cristalizándose al caer. Esas nubes crecerán como el junco, más allá de los rascacielos, tomándolo todo. Será un bao-babs añejo, poderoso y engreído.

Solo la melancolía calma de la desesperanza y el engaño tomará la forma de una mujer desconsolada. De una triste mujer de piernas largas y uñas certeras, arrullando en sus brazos un pañuelo de hombre, un sinrazón en manos de Dios.
Es la reacción de un sistema, de un diseño improvisado en esquina. ¿Cuánto mide el cruce de las calles?

No es así con la vereda masticada por oleosas lágrimas del salitre evaporado de pájaros nocturnos, ellos son testigos infalibles de tantas aventuras de papel. El tintineo de los astros alumbrando el charco de la locura… En ese pozo estoy sepultado, escondido, como un mortero en movimiento, una piedra atrapada por la soldadura del olvido.

Me temo un destino de viseras de colectivos coleópteros, de taxis como ninfas de cedro. Donde la atmósfera es una mermelada de tango sobre tostadas de coros de niñas abejas.

Al lado de la arena, de la frenada de dinosaurio, en el apetito de la esquina juguetona, seré un malvado inquisidor so pretexto de vengar a la nube puntiaguda y al canto discontinuo del pasado en las paredes manchadas.

Allí se despertarán los mares y las lapiceras usadas tiñendo las caras de teta y los tetones de siempre. La pelota hinchada, la pata de palo y la chapita difícil. Todo perdido ahí; en la canchita, en el buque, en el obelisco oblongo, en la Atlántida.

Nada ha cambiado. Todo es lo que fue y seguirá siendo mientras nade en cada paraíso, entre las alpargatas y el poncho, en el mocasín gastado y desprendido. Y en esa sed insaciable de “Otredad” volveremos a perseguir la sombra justa, al doblar a la esquina.
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