A
Fernando se lo encontraba siempre en aquel lugar, sentado,
pensativo, como un “retruco” al tiempo pero
sin el as salvador...
Don Fernando, que ya nadie lo llamaba así (yo
por mi viejo), tiene el alma de poeta de pucho gastado.
El flaco cambia gotas de amores imposibles por un sanguche
(o el santo de los pobres), la verdad es que se lo regalaban...
después que la libreta de fiado rebalsara de
crueles tintas rojas...
Yo pienso como serán estas calles cuando no tenga
nadie que me llame, claro, yo soy joven: no maquino
esas cosas pero el flaco tiene ese ángel de los
que aman y cada pequeña porquería tiene
para él un valor inconmensurable.
Él es uno de los pocos que quedan de aquel tiempo
en donde el bar no era solo un bar sino un templo de
filósofos cabezas duras. Lugar de grandes pensadores
y casa de artistas aunque nadie conociera a nadie...
Ahí se daban cita los amigos del alma porque
en la provincia de Buenos Aires no hace falta más
que el mate, unos bizcochitos y listo pues el asunto
es “de casa en casa”. En la ciudad, en cambio,
(en este centro querido) donde conviven la infamia y
la genialidad, él amor y unas ridículas
e inexplicables maneras de aventuras, en este corazón
que nos cobija estamos todos a la espera del café.
Cuando un pibe le pide cualquier cosa él le da
eso, todo, su mitad de milanesa, hasta llegar a la borra
de café. Él quisiera pedir entre lágrimas
anudadas de ronqueras tráigale un café
con leche y medialunas pago yo... y morirse de alegría
pero no, no puede hacerlo y el purrete se va con el
sanguche arrastrado quizás sin decir gracias,
por la costumbre, tan avejentado por la indiferencia
de las cosas, tan castigado por la pobreza hecha moneda
que, entonces, se dificulta la sonrisa y a Don Fernando
se le caen los ojos de vergüenza y ese día
ya no podrá escribir más nada, con el
puño atragantado se quedará perdido con
su mirada en el cuadro de Pichuco, quizás buscando
una respuesta en el ángel, tratando de recordar
un arlequín borroso de su infancia...
Cuando mi viejo me contaba aquella Buenos Aires de grandes
yo pensaba, a veces, que el viejo macaneaba1 un poco
pero ahora, cuando escucho la voz de don Fernando con
su pasión, al contarme cada historia, aventuras
y episodios fantásticos, me siento un poco miserable
al pensar que mi papá estaba un poco chapita...2
Verlo en los relatos de Don Fernando a mi viejo, en
esa otra dimensión, tan gigante, tan espíritu
danzante y milonguero decido que no caben las emociones
en la cara entonces al viejo le creo, como no le voy
a creer...
Y cuando me hecha porque está inspirado o viene
la Uruguayita que lo vuelve loco (y yo sé muy
bien que es la hora de la grapa) me voy distinto, con
la panza llena y eso que no probé un bocado de
nada mas que la fantasía de un ser tan humano
como él.
Amaba a los perros Chicho de aquí, Sandokan de
allá y se los juntaba a la mamá que estaba
sola que era tan loca como él por los bichos...
Hace mucho que no lo veo a don Fernando porque pasó
mucho tiempo nuevo para mí. Ya no tengo el momento
de salir como un chico a mendigar comida de reyes como
decía él. Aquel mate cocido que me hacía
su mamá y el acompañaba con imperiales
con manteca... No tengo el tiempo para esas cosas lindas.
No tengo más tiempo que para el trabajo, el estudio,
no tengo, no puedo, no quiero tener más el corazón
roto de verlo reflejado en él a mi querido país…
Me duele y me ríe las ganas de verlo pero para
eso tengo que salir. A propósito, hoy, los escritores
de mi generación (ni me animo a decir poetas)
no van a los cafetines. No es que estemos en contra,
nada que ver, es que ya no tenemos ni para el café,
ni la cara (o la confianza ganada) para robar un fiado.
Se nos ve perdidos (buscando) un no sé qué
en las plazas, arrinconados entre escalinatas de todo
tipo, al borde de la locura. Inspiración no falta,
es que en la plaza solo quedan palomas...
¿Quién tendrá una atención,
al menos, “por lo que fuimos” si somos jóvenes?
Y aprendí mucho de Don Fernando. Dónde
andará...
Bueno, si lo quieren conocer es fácil: cada vez
que vean a alguien pensativo en un bar de buenos aires,
escribiendo algo o haciendo que escribe, ahí,
a dos mesas de usted, alcáncele unas monedas
pero de las pesadas, no sea que el hombre se ofenda
pensando que es una limosna y a lo mejor, con suerte,
le suelta, el Fernando en un verso y usted se va con
la cara llena de emociones, con la panza hinchada, como
si hubiera comido aquella media milanesa y algo que
nos lleve a la borra del café.
1 Macaneaba: mentía, exageraba.
2 Chapita: loco, orate. |