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NEl otro adoquín
por Marcelo Meza »n
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La borra del café.
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A Fernando se lo encontraba siempre en aquel lugar, sentado, pensativo, como un “retruco” al tiempo pero sin el as salvador...

Don Fernando, que ya nadie lo llamaba así (yo por mi viejo), tiene el alma de poeta de pucho gastado. El flaco cambia gotas de amores imposibles por un sanguche (o el santo de los pobres), la verdad es que se lo regalaban... después que la libreta de fiado rebalsara de crueles tintas rojas...

Yo pienso como serán estas calles cuando no tenga nadie que me llame, claro, yo soy joven: no maquino esas cosas pero el flaco tiene ese ángel de los que aman y cada pequeña porquería tiene para él un valor inconmensurable.

Él es uno de los pocos que quedan de aquel tiempo en donde el bar no era solo un bar sino un templo de filósofos cabezas duras. Lugar de grandes pensadores y casa de artistas aunque nadie conociera a nadie... Ahí se daban cita los amigos del alma porque en la provincia de Buenos Aires no hace falta más que el mate, unos bizcochitos y listo pues el asunto es “de casa en casa”. En la ciudad, en cambio, (en este centro querido) donde conviven la infamia y la genialidad, él amor y unas ridículas e inexplicables maneras de aventuras, en este corazón que nos cobija estamos todos a la espera del café.

Cuando un pibe le pide cualquier cosa él le da eso, todo, su mitad de milanesa, hasta llegar a la borra de café. Él quisiera pedir entre lágrimas anudadas de ronqueras tráigale un café con leche y medialunas pago yo... y morirse de alegría pero no, no puede hacerlo y el purrete se va con el sanguche arrastrado quizás sin decir gracias, por la costumbre, tan avejentado por la indiferencia de las cosas, tan castigado por la pobreza hecha moneda que, entonces, se dificulta la sonrisa y a Don Fernando se le caen los ojos de vergüenza y ese día ya no podrá escribir más nada, con el puño atragantado se quedará perdido con su mirada en el cuadro de Pichuco, quizás buscando una respuesta en el ángel, tratando de recordar un arlequín borroso de su infancia...

Cuando mi viejo me contaba aquella Buenos Aires de grandes yo pensaba, a veces, que el viejo macaneaba1 un poco pero ahora, cuando escucho la voz de don Fernando con su pasión, al contarme cada historia, aventuras y episodios fantásticos, me siento un poco miserable al pensar que mi papá estaba un poco chapita...2 Verlo en los relatos de Don Fernando a mi viejo, en esa otra dimensión, tan gigante, tan espíritu danzante y milonguero decido que no caben las emociones en la cara entonces al viejo le creo, como no le voy a creer...
Y cuando me hecha porque está inspirado o viene la Uruguayita que lo vuelve loco (y yo sé muy bien que es la hora de la grapa) me voy distinto, con la panza llena y eso que no probé un bocado de nada mas que la fantasía de un ser tan humano como él.

Amaba a los perros Chicho de aquí, Sandokan de allá y se los juntaba a la mamá que estaba sola que era tan loca como él por los bichos...

Hace mucho que no lo veo a don Fernando porque pasó mucho tiempo nuevo para mí. Ya no tengo el momento de salir como un chico a mendigar comida de reyes como decía él. Aquel mate cocido que me hacía su mamá y el acompañaba con imperiales con manteca... No tengo el tiempo para esas cosas lindas. No tengo más tiempo que para el trabajo, el estudio, no tengo, no puedo, no quiero tener más el corazón roto de verlo reflejado en él a mi querido país…

Me duele y me ríe las ganas de verlo pero para eso tengo que salir. A propósito, hoy, los escritores de mi generación (ni me animo a decir poetas) no van a los cafetines. No es que estemos en contra, nada que ver, es que ya no tenemos ni para el café, ni la cara (o la confianza ganada) para robar un fiado.

Se nos ve perdidos (buscando) un no sé qué en las plazas, arrinconados entre escalinatas de todo tipo, al borde de la locura. Inspiración no falta, es que en la plaza solo quedan palomas...

¿Quién tendrá una atención, al menos, “por lo que fuimos” si somos jóvenes?

Y aprendí mucho de Don Fernando. Dónde andará...

Bueno, si lo quieren conocer es fácil: cada vez que vean a alguien pensativo en un bar de buenos aires, escribiendo algo o haciendo que escribe, ahí, a dos mesas de usted, alcáncele unas monedas pero de las pesadas, no sea que el hombre se ofenda pensando que es una limosna y a lo mejor, con suerte, le suelta, el Fernando en un verso y usted se va con la cara llena de emociones, con la panza hinchada, como si hubiera comido aquella media milanesa y algo que nos lleve a la borra del café.


1 Macaneaba: mentía, exageraba.
2 Chapita: loco, orate.
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