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NEl otro adoquín
por Marcelo Meza »n
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Segundo.
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¿Qué quiere? ¿Qué necesita?
¿Necesita?
Tiene y no tiene. Llena y vacía. Se vacía y se llena. Es y no es.
Existe y desaparece. Es la avenida Corrientes jugando a esconderse con el empedrado ausente...
Piensa y es consciente. Olvida y vuelve a olvidar.
Depende.
Enlaza, desea, pide, llora, da señales, tiene signos. Unos callan, otros ignoran, ella duerme... el no oye... nadie cierra la tapa, escapa, ex capa, se esconde a la luz amarilla, mezquina, miente, roba atolondradamente, recuerda...

Animaliza los encuentros, natural, cirujea, no siente. Y se pierde, se encuentra, se enferma y se sana, se nace y se muere. Se vive a domicilio, se dilata... No cambia cuando cambia, se descambia, se haraganea, se trasciende, se mimetiza: crece. Entonces, el cielo caído de cuero negro con tachas se dispara, se erra y se envuelve, se estira, se opaca... se brilla, no sé...

Piensa, piensa y piensa... y muere.

En el suspiro final lucha por su vida desde un sueño. Entonces se pierde en su conocimiento de humo huraño, de sí mismo y de las cosas y también reconoce su ignorancia, su ignominia, su ígneo perdido... Se valoriza, aprende las reglas y muere.

Las reglas duelen. Llora. El lloro quema, se quema el alma como piel de papel de libro. Se incendia y se apaga, cree. Sale-entra. No está quieto en la ciudad tristonia(1) y se queda.

Entra y es jaula, sale y es camino. No entiende bien y sufre. Nunca ha entendido bien nada, es que supo que no había que entender para disfrutar pero no puede entender la primicia y vuelve sin entender a sufrir: sentimiento que tampoco entiende. Porque sufre como mártir, su propia causa y le duelen las leyes. No sabe, no entiende, no tiene. Y el despojo viene con la caja de Pandora marca “cultura” y se desanima. Está en la cárcel de las palabras detrás de los barrotes de la soledad y del miedo. Se llena de lapiceras como incertidumbre y trata de comprar las garrapiñadas del Teatro Colón, necesita creer pero no sabe: duda, pierde. Se esconde en un tacho de basura que no existe en el centro y vuelve a llorar de bronca. Pierde el motivo y las ganas y el norte. Y su brújula con sabor a “adentro” de zamba sabe distinto en su paladar pero él no lo sabe.

Lucha con las palabras y el idioma que le enseñaron, se sienta, se acuesta y se para. No pasa nada y se murió. No pasa nada y es feliz. No pasa nada... y cree en un Dios de pizarrón.
¿Dónde está? En Boedo, en Juncal o aplastado en Arenales... Palermo lo mirará de soslayo, como una puta fina.
No tiene respuestas... solo preguntas.
Va pero sin rumbo.
Viene pero no tiene hogar y se retuerce en su soledad al lado de todo lo cerrado en Buenos Aires, y del guadañazo filoso que una misteriosa garra le a propinado a las doce de la noche, matando al Eternauta que supimos conseguir...

Pide, sacude, angustia su destino. Tiene esperanzas de reencontrar la angustia. ¡Déjenme la angustia, déjenmela! ¿¡Acaso no puedo quedarme con la angustia!?

Está vacía, entonces se llena.
Se calma y después explota en el vacío. No entiende. Quiere poder responder.
Quiere tener el poder mínimo, saber afilar su espada. Saber donde se encuentra la hoja, define “arma mortal”, piensa el significado “afilar” y saber que es saber acerca de algo...
Porque no posee nada ni cree que cree, no se sabe despojado, solo podría tenerse a sí mismo. (Todavía no ve la tele)
Sale, cual Titán, a combatir a demonios en una vida de grandes monstruos tan gigantes como los pocos rascacielos que existen en la ciudad con puerto. Esos animales geniales y genioles le sulfatan la dendrita y lo aplastan...

¿Cómo, no tenés talento, sí sos Argentino?

Pero él no ve nada, apenas, levemente. Intuye la aventura, se sabe locura de camino y reverdece en el sendero de un horizonte de grasa.

Rompe una regla, dos. Y viene la regla sagrada y hace a la sagrada: sagrada.
Destruye una forma, prueba y nace otra. Sale por la misma puerta que entra. ¿Sale o entra? Las dos cosas... Es lo mismo.

La vida es ilusión.
Pero no conoce la ilusión ni la vida.
Solo es un juego: el de cambiar las reglas pero no puede dejar de engañarse.
El juego es macabro y cruel.
Tiene miedo, no por su vida (nadie teme lo desconocido) se teme a sí mismo.
Se anima, da el primer paso, corta la torta, se tira al precipicio, dice NO.
Y descubre la misma puerta, la misma casa, el mismo barrio, el infinito y
el cielo eran la Avenida Rivadavia... el mismo ojo lloroso.

Grita y nace y todavía no ha visto a los otros, ha sido un segundo en la vida de un hombre.
Los sueños serán después: en el segundo segundo... cuando aprenda a volar en la ciudad.

(1) Tristonia: tristeza en la ciudad.
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