Buenos
Aires ha sido muerta hace años. Si quieren saber
pregunten así se pueden asesorar.
Es bueno revelar, entonces, el misterio, ya que me lo
han preguntado, acerca de la verdadera Bs. As. y su
salud actual en recóndito lugar. Mejor dicho:
es sabido por hombres de ciencia, literatos sin oficina,
fabricantes de sofismas, poetas a contramano, amantes
de esquinas y otros almaceneros, que el actual obelisco,
la calle 9 de Julio, el café Tortoni y el bajo
(San Telmo incluido) es solo un fantoche, una lujuriosa
mentira para y por turistas.
Si revisamos los escritos del desaparecido periodista
de San Miguel, gaucho si los hubo, el Licenciado Romildo
Abelino Gandolfo en su libro póstumo: “Lo
que no es se inventa”, Ediciones del cateto, leemos
la siguiente cita:
“...las vías con sus vértebras metálicas
profundizaron el llano de campos y sembradíos
silvestres hiriendo al pueblo del santo para marcar
mojón y parada... Así nace este pueblo;
capital de manos curtidas, donde la tierra es noble
y fértil, y el sol es gandul que recala en la
hondonada a la espera de su amo rubicundo, ablandándose
los frutales con suma holgura para que el paisano y
su prole le canten a la luna, felices, en busca del
nuevo día...”
Si bien el texto no nos aclara demasiado a que capital
hace referencia, convocamos, debido a groseras evidencias,
la afirmación de que la capital federal, la capital
de la nación Argentina, se encuentra aquí:
en el gran Buenos Aires, en el barrio de mi niñez.
La historia nos dicta que hubo una época de oscuridad
intelectual, en donde era posible aspirar a la gobernación
hasta el mismo carnicero, de hecho así ha sucedido...
Era pues inevitable esconder las maravillas de la ciudad
porteña, que en realidad jamás ha tenido
un puerto ni nada que se le parezca, mejor dicho puerto
sí pero no de navíos marítimos
sino de otra especie.
Era el tiempo en donde la Asociación del Turismo
Nacional era un peso pesado en la economía del
país.
El gringo quería constatar las aventuras de cuchilleros,
las historias embarradas en el lujo del empedrado, y
la música cautivante en resoplos de fantásticas
nostalgias de arrabal... Nada de eso fue real, solo
grandes literatos, altos exponentes amantes de la creación,
copartícipes de un talento mayúsculo,
que, sin ninguna duda nos han forjado los cimientos
de nuestra cultura, elevando el flujo de las tradiciones
criollas a punto tal de admiración y avidez foránea
han hecho creer Echevérricas verdades.
Las compañías de turismo no se animaron
a mostrar el espíritu crudo de la ciudad. Buenos
Aires y todas sus reliquias están encerrados
en tradiciones emblemáticas y mistéricas
en la calle Velásquez y Wilson (hoy Eva Perón),
en la antigua casa de Antonia.
Imaginar salirse de ruta (casi cuarenta kilómetros
hasta polvorines desde el sur) para meterse ahí,
a pasos de la ruta 8, en un comedor-cocina-sala de estar
de 3 x 4 mts., era más que una locura: una empresa
complicada...
Ahora en el terreno de las suposiciones, esta bien,
que los gringos quisieran visitar el espíritu
étnico de la ciudad porteña... ¿Y?
¿Cómo iban a hacer?
Había que hablar con Doña Antonia... ah...
ahí te quiero ver...
La dueña de casa a quien ficticiamente llamaremos
“Antonia” era la mamá de cuatro hijos
a quienes llamaremos desde el mayor al menor como: Jorge,
quien fuera el padre de la poesía canibalista,
Norma, la que dibujaba sueños en forma de palabras,
Ricardo o Pichar que sabía enfrentar tanto al
amor en una palabra como pechar a la melodía
de la mañana y hacer de todas ellas un canto
infinito de esperanzas... por ultimo, él mas
chico de los chicos lo llamaremos Monrri pero solo por
ser amante del silencio, amigo del caballo como de la
inmensidad.
Estos críos y esa madre han tenido por centurias
las llaves de la ciudad. Ya sé que la puerta
de caño y alambre tenía el pasador de
chapa, no importa, siempre fue propiedad privada...
Menos mal que eran ellos los dueños de la Capital
y no los otros; los del zanjón...
Entonces, Doña Antonia (título que no
le gusta), mujer y señora de un espíritu
inquebrantable, de porte noble y de brazos abiertos,
gozaba no solo de una variada letra en su saber sino
que era y es admirada por su amplio criterio: aún
así dejaría entrar, como era su costumbre
y su bondad, al grupo de amigos de sus hijos y los amigos
de estos pero no mas...
Imagínese la fila de japoneses con sus cámaras,
los australianos con sus tanques, los españoles
con sus gaitas... No señor... buena si, pero
ña’ Antonia era de un carácter que
me acuerdo que cuando con Ricardo queríamos salir
a pasear, tras macana que se habría mandado el
cantautor, ella decía No y ¿adivinen que
pasaba? Era no.
Por eso, porque los turistas no son ningunos giles,
armaron a Buenos Aires, a la “capital”
como la conocemos y la vemos en las postales. Grandioso
engaño, si supieran lo que
se pierden...
Ya sé, un empedrado es un empedrado, no vamos
a comparar y el café no se suplanta con nada...
¡pero es solo la cáscara, señores!
Los cafetines acá atienden las 24 horas de la
mañana y las 24 horas de la tarde, churros es
lo que sobra...
En lo de Antonia tenemos todo porque ese lugar (que
ya no es casa sino un recuerdo) ocupa un lugar pero
en la memoria, en la mente de unos pocos, encendida
en millares de historias que se abren en un espacio
muy particular y que se activa con el tiempo.
Ninguna bebida ha sido más emblemática
que “los mates de la vida” que están
compuestos con la mejor de todas las yerbas, protegida
con pequeñas hojitas de menta arrancadas, ahí
nomás, desde la misma gigantesca planta que es
base de todo rascacielos, en debajo del sillón
gris.
La música era variada y llenaba las mañanas
y las tardes de verano e invierno, la primavera éramos
nosotros: el grupo de los trece.
El grupo de los trece era a saber: Aroldo: acreedor
de cuentas imaginarias y pendencieras, historiador y
orador oficial; Flequi: corroborador y asesor de oradores
dando siempre la nota justa; Walter: orador premeditado
y jurisconsulto verdadero, Tábano o jorge: anfitrión,
cebador y soñador de utopías; Pichar:
trovador, perseguidor acérrimo de “los
toca piano” y desanimador doctorado de todo creador
del barrio; Normita: cebadora suplementaria, alegría
del hogar, correctora oficial y asesora de vestuario
y/o danza; Juan: repelente de ilusiones como de mosquitos;
Toqui: polizón oficial y corroborador de historias;
Negro Gome: logística, proveedor de sueños
imposibles; Monrri: guardián del silencio, cebador
oficial y atalaya del calentador a kerosén; Ale:
orador oficial y tomador de pelo desautorizado; Antonia,
por supuesto que con su santa paciencia contenía
cada uno de nuestros sueños grandes como la gran
mamá que era y que es. Y yo en quien no voy a
abundar.
Todos juntos y por muchas décadas hicimos a la
gran ciudad. De poesía en poesía, que
da la buena vida, viendo como crecen a nuestros pies
oblongos, en eternas mirada de eucaliptus paternales...
Al ritmo de Jobin, y la poesía de Larralde y
de Jaime Dávalos, y la intensidad de ultramundos
de Spinetta cuando nos atacaba por la uña gorda
de Pichuco y El Polaco Goyeneche tomaba mate sentado
debajo de la morera, ya son de la familia... Claro,
si la luna era nuestro masetero al que le echábamos
la yerba usada pa’ las plantas... En esas tardes
frescas en donde no había un alma en la avenida
9 de Julio y la de Mayo solo se envolvía en mariposas
de niños desnudos jugando al carnaval, golpeaba
las manos para entrar y de golpe no faltaba nadie y
nos cantaba Hernán Figueroa Reyes y los colores
cambiaban de cielo hasta hacerse mas que piel...
El grupo de los trece diseñamos y alentamos a
los niños a fabricar el obelisco que es nave,
que es algoritmo de Dios y se mece entre ciento treinta
y tres obeliscos que lo contienen, haciendo, en sí
mismo, una ciudad paralela de 74 kilómetros de
altura. Para nosotros, que estamos cansados de las parafernalias
Imperiales solo es un farolito en donde se calientan
los deseos y las pavas.
¿Tenés el calentador a kerosén
prendido?
Cuando era invierno de caramelo, tomar “los mates
de la vida” marcaba el comienzo del día
hasta que la pava cansada dijera basta. Yo, 13 años,
era uno en las historias aun ganándome el recelo
de los que oficiaban en dicha funciones. Y me entusiasmaba
tanto al contar que siempre, a pesar de que a nadie
le interesaran mis historias mas que el desenlace inminente,
sin fallar nunca, enganchándome tanto con la
interpretación de la historia y sus personajes
que, de la emoción, tiraba de una patada el calentador
a kerosén, de torpe no más, la torta frita
también volaba lejos, ensimismándome tanto
que me chorreaba el mate y la bombilla siempre iba a
parar lejos de mi. Ya todos me conocían, en especial
la sonrisa de Antonia y la llama como una fogata que
pedía clemencia al oxigeno y mas de una vez la
arena y no otra cosa asfixiaba el resultado del enchastre
de carcajadas e ilusorias aventuras...
En el abismo de 3x4 salía el subte siempre a
tiempo y Rivadavia, que esta cerquita de la ruta, dando
a la ventana de atrás, al lado de aquellas fotos
pintadas de los chicos, nos hacía cosquillas
y eso que éramos grandes ya...
Con los malevos nos jugamos cada campeonato a la pelota
que nos detenía solo el grito de la vieja...
porque ya era de noche.
La verdadera ciudad porteña de navíos
interestelares es anaranjada y azul. El verde es multiorgásmico
y las chicharras son el taxi más cómodo
de la tarde. Es un gran mar de árboles y estrellas
los Buenos Aires de veras... si la gente supiera lo
que es en realidad... Que su corazón esta mas
sano que nunca y que de vez en cuando, al sufrir un
amor desgraciado, no se desinfla como los otros... ¿Pero
como va a perder las esperanzas? Porque ya se ha insuflado
eternidad, porque ha amado, alma blanca, aunque quiera
no podrá amargarse. Por eso los mates con menta,
los asaditos y las milanesas fieles, el juego de quererse
así, abiertamente y sin remilgos, jugar al truco
hasta que se ponga saturno y sonría ante la flor
en buenas... Resumiendo, siempre resumiendo la vida
en un abrazo de amigos, de compinches y de amantes...
No se como se nos ha escapado aquel decorado que sale
en las postales con luces y todo... Quizás los
porteños de acá nos estemos debilitando,
nos estemos haciendo cada vez más sensibles pudiendo
tolerar la farsa aquella... pero si eh de gritar mi
dolor diré que cuando allá se conforman
con oscuridades y mamotretos disfrazados de ángeles
grises, nosotros no: creemos en la luz de la mano abierta...
Si supieran como es el tango y la textura de sus soles...
Si pudieran ver como sale el sol contento por las mañanas
para transformarlo todo en infinito y las calles de
Sauces con carozo mueven sus cabellos jugando a la rayuela,
siendo distintos de los otros mortales que sueñan
de noche... Es la maravilla de esta ciudad encantada
que se ríe a carcajadas porque es horizonte fresco
y pleno, lleno de bondades. Lugar en donde se acarician
las musas hasta parir soledades que, cultivadas como
corresponden, nos regalan en otoño unas verdades
de senos grandes y pieles de damascos... Vivir en estas
colinas y estos valles sin vejez me recuerdan a mi infancia
y a mi antípoda. Me rió desgraciado por
la tormenta en los ceños fruncidos por los habitantes
de los apócrifos barrios del tango... Me rió
sin mesura hasta que los gallos dorados del tiempo me
asimilen todas las noches y las mariposas del éter
se levanten distantes y derrumbado el desprecio caiga
inconteniblemente y se haga polvo desvirgado y ya no
griten como hienas enmohecidas porque Buenos Aires,
la verdadera señora de la noche, siempre, desde
tiempos remotos se ríe a carcajadas en la casa
de Antonia. |