Desesperada,
emborrachada de luna, suspiraba por la maldición,
por la desgracia que la condenaba a seguir la huella
tirada de un hombre, como sombras abandonadas en el
frío oscuro de un adoquín ufano y tan
gastado como su desconsuelo. La boca exhalaba el humo
gratuito del cansancio y allí, en la vereda de
baldosas sobornables, se dejó caer, mejor dicho:
hizo que se caía en una queja, en una queja de
mujer. Y él la miró como quién
escupe a la inconciencia al oír su voz: “Si
me matas: me muero”. Casi con el tembleque de
un labio desgastado por la sequía de otro aliento,
escarcha no trasnochada era ausencia de cachetazo y
de beso.
Mirada caída de respeto, un olor a mundo, de
él, la inundaba de prepo. No podía retrucarle(1)
un infinito de pesares, era su MACHO y era, ella, su
hembra.
Su dolor consistía en soportar sin quejas. “Si
tengo que dejarte: lo voy a hacer”. De todas las
cobardías es la que mejor me sale.
El amor es un suicidio que espanta y es más fácil
su deseo que su baile.
Nadie que se precie de valor quiere que lo pisen en
el patio e’ la milonga y por eso uno se hace el
gil cuando la ve entrar, con su escote de atorranta,
esa loca que todos llaman felicidad.
La torpeza del endeble farolito no podrá seguir,
con su envenenada luz, la figura del rufián.
Fue la bruma, y no otra cosa, quién lo pintó
de invisible y se hizo uno con el puente y el río.
Ella quedó sin vida, revolcada de miedo, acobardada
de espanto entre la vereda y el hueco de piedra de un
olvido cambiado. El taco roto caído como hueso
sin roer era el morlaco(2)
puntiagudo, propina inmerecida del asco ajeno. No habría
oído humano para su grito ahogado de mentiras
creídas de crueldades fantásticas de casita
y de hijos.
La misma calle que los trajo lo hundió en el
paisaje de elefante perdido porque en ese instante de
muerte y desencantos se hizo TANGO y comenzó
a vivir... en la oscuridad.
(1) retrucarle: doblar la apuesta
al juego del truco, como un vicio de malevos y de valientes.
(2) morlaco: dinero, vil metal. |