Otra
vez con tus pechos al aire. Tu provocación no
amaga; pega fuerte en el costado flaco que todos supimos
conseguir. Con el sexo alado que sos vos, chorreante
y mostaza, nos mostras el camino oscuro a seguir y nosotros,
emputecidos, vamos con la baba verde (hipnotizados)
tras tus encantos de pezones rosamundos y cunetas tramposas.
Moves tus curvas con tal ritmo que la colombina se desdibuja
a tu lado. Digo, que nos metes poco a poco a nosotros:
los fiolos1
de siempre, en el fondo de al lado, en el lodo más
difícil de tu territorio: yendo a parar al río,
a San Telmo, Avellaneda...
Que nuestro destino será apuñalado por
un rufián, cajetilla2
u otario, quizás mandando a un mulato a ensuciarse
las manos con sangre inocente, porque al señor
“no le da el cuero”3
... de eso no hay ninguna duda. No, los puñales
de hoy son de “manteca al techo”4
comprados en “paseos de compras” de esta
cuadra y revendido en los barrios bajos. Un puñal
de indiferencia cada vez más cotizado en el mercado
de la locura, valorado en las grandes bolsas donde todo
tiene un precio sugerido.
Ahí yace nuestra suerte: posada sobre una máquina
registradora. La misma que oficializó nuestra
amargura de no saber quien somos, la misma que nos dio
el número de la muerte con código, calle,
teléfono y todo pero sin pasado y sin brújula.
Si se nos ocurriera oficializar nuestra existencia ante
ese control macabro descubriríamos la falta en
el código de barra; está decodificado
en inglés, por lo tanto no somos entendidos y
al re-codificarnos en japonés nos damos cuenta
que tampoco somos libres. Entonces corremos frenéticamente
tras la búsqueda enloquecida de los que somos,
de lo que fuimos.
La perra mueve su cola al mejor postor y al más
canchero5.
No hay lugar en el mundo que se coma una pizza como
en Argentina, hecha en Buenos Aires, por manos porteñas...
no hay. Y la pizza canchera es de acá.
Sin plata en el río de la plata y sin adquisiciones
porteñas me temo que no vas a ver, al menos que
me pidas unas monedas en nombre de todos los necesitados
sin importar que luego te la gastes en cualquier piringundín6
o metas tus manos y la cabeza en la basura a comer mis
desperdicios. Y yo te mire con dolor y te ofrecí
el alma y es probable que me vuelva a engañar
con tu traste dorado, con tu ombligo al aire, pellizcado
con el eslabón de una cadena; residuo de antiguas
torturas y tu continente de lata de pantalla solar...
y no tengo miedo.
Piel pintarrajeada, sin rubor ni corpiños, sin
nada, con verdes y veranos desinflados por la humedad
que es la avaricia. Y sin el alma de “la vuelta
de la rata”, con ojos de gato perdidos en la aurora
de los que amanecen solos.
Buscándome estas en cada cielo, perdiéndome
en cada rostro nacarado. A vos: atorranta7
llamada Buenos Aires... a vos te hablo... Vos, que me
llevaste a la cama por unas pocas monedas de palo, mojaste
mis labios tan solo por una milanesa con puré...
La baba oscura chorreante de miedos, los ojos rojos
exacerbados de lujuria y las manos blancas… como
las alas, elevando al vástago a plena luna-Corrientes.
Se purificará con meada rancia el empedrado tóxico
de las luces muertas, son testigos mudos de un pasado
que ya no es nuestro. Te vi, despierta y sin arrugas
debajo del infierno de bonos transparentes que gritan
a hiena una milonga echa rock del bueno. Te tiré
un piropo para revolverte la mugre y me devolviste un
político de turno, vos si que sos rencorosa,
eh?...
Después del recital de caricias aquel, quedaste
dopada de placer y yo, seco de aventura, me quede mirándote
con un rojo en la cara. No te gastes: no sabes improvisar,
tu “zapada” parece un gusano aplastado…
Lo tuyo es la opacidad de una noche sin sol en donde
solo ve el que sabe mirar, un merengue roto.
No te enojes, sos floja y fácil pero todos sabemos
que no es así. No te asustes si te desnudo, sirvienta,
soy la amapola seca, diáspora rejuvenecida en
un mástil sin bandera. Y tu silencio me hace
madre sin selva. Todavía no sabes cuanto sufro
infinitos domingos, princesa de trapo, de celofán
gastado, de churro con savia grasienta de chocolate
viejo.
A pesar de tu mala suerte estoy duro de pan, soy un
vaso quebrado de nostalgias, no tengo palabras, no existe
mi boca, ni estomago falaz, solo un suspenso pequeño,
como la culpa… como el tiempo perdido. Me fui
desarmando de dolor y de inmensidad, de tu amor mal
entendido. ¡Basta de caretas comestibles! ya estoy
empachado de muerte, quiero respirar tu aire fétido
que es más puro que la atmósfera de mis
oídos. Y merezco la carga de tu columna torcida,
de tu joroba de nácar marca “doble A”.
Solo eres un elefante rengo, y te amo: ¡estrías
en la lengua con cuernos en los ojos!
¡Dejame llorar de agua! Ya sos parapeto de mis
emociones, siempre tengo que llorar y partirme en tantos
pedazos…
Te almaceno en las palabras, me reinvento en cada quejido
tuyo. Anestésiame con un tango de Carlitos, tonta,
¡aplastame como una cucaracha azul del centro!
De esas que te echan a perder la pisada.
Se van terminando mis pulmones y tengo tanto mundo para
vomitarte que “me da no se que” enchastrarte
la jeta8,
sos tan dulce conmigo como un algodón usado y
te extraño tanto desde que te transformaste en
fracaso y te metiste en mi piel como cuando tomaste
mi quijada y te reías a costilla mía.
Soy tu marioneta de tergopol y eso me satisface al menos
cuando renuncio.
En esa vulva de cloaca voladora estabas con tu sexo
sexagenario, henchido de pasión, penetrado por
bandoneones callejeros. Ladronzuelos de pianos extranjeros
y acordeones prostitutos.
En tu escenario de sangre de mártir se te mueve
el culito como un contrabajo desafinado. No soy capaz
de treparte a un tango perdido y cuadrado, a una balada
tríptica, si solo apenas me das una mano de lástima,
pero te deseo. Sos mi peor pecado realizado, una descomposición
de miradas de historia.
Te quiero a pesar mío y de mis miserias troqueladas.
Te quiero muy a pesar tuyo y de tus cuentos de diosa
barata, de cafetín y de reina del tomate. Si
preferís tomar mate amargo que un cortado con
dos sobres de azúcar quiere decir que todavía
sentís algo por mí. No me mires así,
sos vieja, vieja y antigua, proxeneta de mí,
que ya no veré la juventud con los mismos ojos
ni la ley de la gravedad.
Estamos perdidos, corazón, y la culpa, la culpa
es mía. Cuando en el tiempo aquel de calientes
noches te abrazaba sin mentiras ridículas te
escapabas como quien deja un abrigo tirado y te ibas
lejos, muy lejos mío, como si no me conocieras,
como si te hubiera violado… Y si, tenés
razón, quizás te violé pero ese
es el destino de los prisioneros del pasado. Cautivo
en un tiempo monstruoso y horripilante donde el hombre
se ha convertido en piedra ya no hay alma que escuche
lo profundo y el bar ha cambiado su vidriera y nos ha
roto la puerta de la desgracia… ¡YA NO HAY
DESGRACIAS, TODO ES INDIFERENCIA!
El mundo ya no existe, lo mejor se ha ido con el amor.
La noche de la calle Corrientes esta enferma, las mujeres
son el enemigo y los muchachos fueron a parar a la argamasa
del asfalto.
Se fumaron el tiempo en un adoquín… Los
azahares están quietos: son de papel. Un barrilete
colgado del esqueleto y la taba en los cables atentan
a las otras zapatillas cuadradas, lloran trapos sobre
la alta tensión, cable pelado del presente seco
y sin neón. Sin embargo el hueso frío
nos persigue para matar la poca nostalgia que nos queda.
Iré a parar al basurero manoseado por la parca
una vez más.
Ya vez. No estoy contento. Estamos en guerra y no lo
sabíamos y a pesar de saber que el enemigo es
quien picanea a la cultura nacional. La mayor batalla
se libra en nosotros, contra todos y para nadie.
Antes nunca existió y mañana hay que inventarlo.
Ya ni siquiera se putea y hay algo atragantado en mi
voz que es necesario decirte:
“ve a aquel lugar donde no da la luz,
de donde saliste, dudosa progenie…”*
*La versión original decía así:
“Andate a la reconcha de tu madre, hija de mil
putas”. Nota del autor: por ser algo confusa decidí
obviarla por la que se lee en negrita.
1 Fiolos: (lunfardo) hombres que
prostituyen a mujeres o viven de sus ganancias.
2 Cajetilla: (lun.) Individuo de buena condición
económica.
3 “no le da el cuero…”: dicho popular
que hace referencia del individuo que no es idóneo
o no esta capacitado para mayor empresa.
4 “Manteca al techo”: dicho popular que
aludo a una época Argentina de despilfarro.
5 Canchero: Dicese del individuo que se maneja con cierta
arrogancia, insolencia, creyendo saber o poseer mayor
condiciones que las que realmente tiene.
6 Piringundín: Lugar común a un cabaret,
que funciona como lugar de encuentro, casa de sexo,
albergue transitorio.
7 Atorranta: Prostituta o que se asemeja.
8 Jeta: (lun.) cara, mejilla, rostro. |