Hay
un mundo vivo y esencial en los ojos de los que sueñan
despiertos. O quizá venga a ser que la única
y verdadera forma de soñar sea esta. O simplemente
que la vida es un sueño hecho realidad.
Y esa estrella en la mirada radiante en aquel ser especial,
no-hombre, no-señor ni abuelo, sea alcanzable
fácilmente en la pequeñez. Ese que nos
ha hecho reír a carcajadas, que de tanto ser
feliz le había crecido una nariz roja y redondita.
Que en lugar de pies le nacieron unos largos y gordos
zapatones amarillos.
Mi vida consiste en estar ahí, quietita y sin
chistar. Sacando cuando me caí: todos los días
son iguales.
Soy testigo del efecto y no puedo dar fe de las causas.
Solo veo como los niños cansados y pobres logran
desplegar sus alas hasta volar de alegría, como
si descubrieran sus dones olvidados. Yo vivo en un ojal,
en una solapa gigante y juguetona. Juega y juega todo
el tiempo con violetas y celestes hasta caerse en los
anaranjados de la corbata a cuadritos. Yo no veo para
atrás, no puedo. No veo más acá
pero si puedo disfrutar, como nadie, la fiesta de adelante,
ser testigo de la metamorfosis de hombres caídos
en brazos toboganes, cuerpitos grises de dificultades,
transformándose en primaveras incontenibles.
Toda esa algarabía yo no sé por qué
sucede pero es belleza y vida hecha canción.
Hago un esfuerzo cada vez que empieza la función
para ver quién es el del traje a colores. Veo
al flaquito, es fantástico y sé que no
puede ser como este que sostiene el saco gigante, no
puede ser igual al otro, seguro que es un personaje
serio y lleno de almidón y de piano. El flaquito
lo mira y se ríe, yo me río también
en un mar de caras, no sé por qué lo hago:
debe ser por la felicidad. Me parece que estos dos nos
dan permiso para expresar lo que sentimos sin miedos.
El día que me caí fue distinto.
A veces me duele el tallo de tanto reírme y no
solo de los chistes sino de la remota posibilidad de
que existiera un mundo así: de poesía
y encanto. Tal vez no entienda mucho el mundo de los
hombres pero si de algo estoy segura es que sucede un
milagro cuando se junta la gente, en especial: ancianos
y chicos y es maravilloso. Lo llaman “amor”
¡Que palabra cortita! Creo que se equivocaron
porque todo lo que se siente no cabe en esas pocas letras,
deberían haberle puesto: RATACATAPLÁN
o FIRULETE Y CAÑITO. No comprendo mucho a las
personas.
El día que caí fue increíble, no
entendía nada. Mientras volaba al piso vi el
gesto de asombro del hombre que tenía pintada
la cara ¡Muy parecido al hombre del espejo! Se
le abría la boca de lata y su lágrima
de goma le brillaba más que nunca. Mientras saltaba
en una pata quiso atraparme en el aire pero no pudo.
Todo el universo cambió para mí. Caí
cerquita de una zapatilla con dedos afuera, me quedé
ahí, los chicos no se habían dado cuenta
del desastre. Seguían volando y disfrutando con
todos los dientes al aire. Vi unos zapatones enormes
y subí mis pétalos hasta encontrarme con
una avenida de corbata que apuntaba al corazón.
Y ahí descubrí ¡el ojal vacío!
No podía ser ¿caí de tan alto?
La cara gorda, el pelo largo y un sombrero chiquitito,
chiquitito me fantasmaban al revés. Tenía
luciérnagas por todos lados. Ahora entiendo esa
algarabía. Ahora es más fácil abrir
el alma. Estos dos son lo mismo: “son magos, embajadores
de Dios”, que vienen a recordarnos que no hay
que esperar la felicidad, que la alegría hay
que masticarla y tomarla ahora, que el dolor no es nada
si brota en nosotros la sonrisa.
Entonces, dejé de llorar y lo miré atentamente,
no al flaquito, sino al otro. Tenía una juventud
mayor a todas las juventudes. Lo vi cansado. Al lado
de la oreja le noté el cansancio acurrucado.
Una canilla de transpiración se había
abierto dibujando en su cara blanca unos caminos y ahí
lo vi: agarrado al dolor y la impotencia. Creo que aprovechaba
la gomita de la nariz para sostenerlos bien y que no
lastimen a nadie. Es tan simple lo que hacen, deberían
saberlo todos. ¡Que planeta hermoso debe ser este!
Pensar en todos los Firuletes y Cañitos que en
este momento reparten alegría y pasión.
Ahora caigo. Debe haber cosas que los hombres no pintados
se saben incapaces de resolver y estos “magos”,
en misión especial, vuelven a poner orden arreglándolo
todo. Ahora si, ahora si está todo arreglado.
¿Por qué no juegan todos? Pienso ¿Por
qué todos los hombres despintados no juegan en
la calle a toda hora? Debe ser por el calor, si todo
es gris en la ciudad...
Toda la mañana nos contó historias (como
afuera llovía estaba lindo para cuentos y aventuras).
Esas historias describían un lugar fantástico
en donde convivían elefantes y monos de diferentes
tamaños. Equilibristas con naranjas que vivían
en el aire, nos explicó: “ellos son los
dueños del equilibrio”. Y nos contó
de la mujer barbuda, de la familia de enanos perdidos
y el hombre bala. Nos reímos a punto de cosquilla.
Me di cuenta que esas maravillas eran contadas y disfrutadas
como un suceso único e irrepetible. No había
chicos que lloraban, al menos de tristeza. Algo me decía
en su mirada y en esas cejas tupidas que la vida de
los hombres no siempre es feliz. No supe preocuparme,
no sabía por donde empezar. Aflojé mis
pétalos y relajé los sentidos por un instante.
Me creció una esperanza pequeña en el
costado izquierdo: era un pimpollo. ¡Que emoción!
Eso es. Esperanza, los hombres pintados nos dan esperanza
con corbata larga y sonrisa eterna.
Por un momento dejé de escuchar y participar
de la fiesta y pensé en mí destino. ¿Y
ahora que hago? ¿Cómo llegaría
al ojal? No me preocupé más. Cerré
fuerte los ojos y pedí un deseo, entonces una
mano cariñosa y adulta me tomó del tallo,
delicadamente, me apretó el botón y lloré
mis verdades mojando a todos los angelitos y ellos aplaudieron
mi nombre a carcajadas.
Ver más acerca de Firulete y Cañito
en:
http://www.firuleteycanito.com.ar/popup/texto_historia.html
“Firulete”
Se llamaba Gerardo Roberto Samaniego
El payaso Firulete falleció ayer, a los 81 años,
en el Hospital de la localidad bonaerense de Haedo.
Llamado Gerardo Roberto Samaniego, su tierna creación
de Firulete instaló frases como "Cañito,
¿qué pasóoo?", "Son las
siete menos siete faltan siete pa´ las siete"
o "Rosita, prepárame los raviole´"
desde populares ciclos televisivos de los años
1970.
Pese a que la inmensa nariz roja se hizo notar en los
programas "El Club de Hijitus", "El Mundo
de Calculín", "El Club de Antojito
y Antifaz" y el más reciente "Hola
Julieta", su recorrido en la pantalla chica está
ligado a los albores del medio en la Argentina donde
debutó en 1958 con "Ahí viene el
circo", por Canal 7.
Si bien nunca dejó ese oficio de payaso en TV
(hasta el año pasado se dio el gusto de hacer
algunas apariciones en el programa dominguero "Rec"
que emitía Canal 9) el artista nacido en 1923
en el barrio porteño de Mataderos jamás
abandonó la arena circense y aún solía
actuar en teatros y escuelas y hacía temporada
veraniega en una sala de San Clemente del Tuyú.
Siempre secundado por Cañito (su hijo, también
llamado Gerardo Roberto), Firulete desplegó con
eficacia un oficio que, tiempo atrás, definió
como "una comicidad que siempre fue inocente".
Fuente: Télam
http://www.lanacion.com.ar/04/07/26/DS_622078.asp
La Nación Line: | 26.07.2004 | 18:27 | Espectáculos |