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NEl otro adoquín
por Marcelo Meza »n
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Firulete y Cañito.
En sentido Homenaje a El señor Gerardo Roberto Samaniego
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Hay un mundo vivo y esencial en los ojos de los que sueñan despiertos. O quizá venga a ser que la única y verdadera forma de soñar sea esta. O simplemente que la vida es un sueño hecho realidad.
Y esa estrella en la mirada radiante en aquel ser especial, no-hombre, no-señor ni abuelo, sea alcanzable fácilmente en la pequeñez. Ese que nos ha hecho reír a carcajadas, que de tanto ser feliz le había crecido una nariz roja y redondita. Que en lugar de pies le nacieron unos largos y gordos zapatones amarillos.

Mi vida consiste en estar ahí, quietita y sin chistar. Sacando cuando me caí: todos los días son iguales.
Soy testigo del efecto y no puedo dar fe de las causas. Solo veo como los niños cansados y pobres logran desplegar sus alas hasta volar de alegría, como si descubrieran sus dones olvidados. Yo vivo en un ojal, en una solapa gigante y juguetona. Juega y juega todo el tiempo con violetas y celestes hasta caerse en los anaranjados de la corbata a cuadritos. Yo no veo para atrás, no puedo. No veo más acá pero si puedo disfrutar, como nadie, la fiesta de adelante, ser testigo de la metamorfosis de hombres caídos en brazos toboganes, cuerpitos grises de dificultades, transformándose en primaveras incontenibles. Toda esa algarabía yo no sé por qué sucede pero es belleza y vida hecha canción. Hago un esfuerzo cada vez que empieza la función para ver quién es el del traje a colores. Veo al flaquito, es fantástico y sé que no puede ser como este que sostiene el saco gigante, no puede ser igual al otro, seguro que es un personaje serio y lleno de almidón y de piano. El flaquito lo mira y se ríe, yo me río también en un mar de caras, no sé por qué lo hago: debe ser por la felicidad. Me parece que estos dos nos dan permiso para expresar lo que sentimos sin miedos. El día que me caí fue distinto.

A veces me duele el tallo de tanto reírme y no solo de los chistes sino de la remota posibilidad de que existiera un mundo así: de poesía y encanto. Tal vez no entienda mucho el mundo de los hombres pero si de algo estoy segura es que sucede un milagro cuando se junta la gente, en especial: ancianos y chicos y es maravilloso. Lo llaman “amor” ¡Que palabra cortita! Creo que se equivocaron porque todo lo que se siente no cabe en esas pocas letras, deberían haberle puesto: RATACATAPLÁN o FIRULETE Y CAÑITO. No comprendo mucho a las personas.

El día que caí fue increíble, no entendía nada. Mientras volaba al piso vi el gesto de asombro del hombre que tenía pintada la cara ¡Muy parecido al hombre del espejo! Se le abría la boca de lata y su lágrima de goma le brillaba más que nunca. Mientras saltaba en una pata quiso atraparme en el aire pero no pudo. Todo el universo cambió para mí. Caí cerquita de una zapatilla con dedos afuera, me quedé ahí, los chicos no se habían dado cuenta del desastre. Seguían volando y disfrutando con todos los dientes al aire. Vi unos zapatones enormes y subí mis pétalos hasta encontrarme con una avenida de corbata que apuntaba al corazón. Y ahí descubrí ¡el ojal vacío! No podía ser ¿caí de tan alto? La cara gorda, el pelo largo y un sombrero chiquitito, chiquitito me fantasmaban al revés. Tenía luciérnagas por todos lados. Ahora entiendo esa algarabía. Ahora es más fácil abrir el alma. Estos dos son lo mismo: “son magos, embajadores de Dios”, que vienen a recordarnos que no hay que esperar la felicidad, que la alegría hay que masticarla y tomarla ahora, que el dolor no es nada si brota en nosotros la sonrisa.
Entonces, dejé de llorar y lo miré atentamente, no al flaquito, sino al otro. Tenía una juventud mayor a todas las juventudes. Lo vi cansado. Al lado de la oreja le noté el cansancio acurrucado. Una canilla de transpiración se había abierto dibujando en su cara blanca unos caminos y ahí lo vi: agarrado al dolor y la impotencia. Creo que aprovechaba la gomita de la nariz para sostenerlos bien y que no lastimen a nadie. Es tan simple lo que hacen, deberían saberlo todos. ¡Que planeta hermoso debe ser este! Pensar en todos los Firuletes y Cañitos que en este momento reparten alegría y pasión. Ahora caigo. Debe haber cosas que los hombres no pintados se saben incapaces de resolver y estos “magos”, en misión especial, vuelven a poner orden arreglándolo todo. Ahora si, ahora si está todo arreglado. ¿Por qué no juegan todos? Pienso ¿Por qué todos los hombres despintados no juegan en la calle a toda hora? Debe ser por el calor, si todo es gris en la ciudad...

Toda la mañana nos contó historias (como afuera llovía estaba lindo para cuentos y aventuras). Esas historias describían un lugar fantástico en donde convivían elefantes y monos de diferentes tamaños. Equilibristas con naranjas que vivían en el aire, nos explicó: “ellos son los dueños del equilibrio”. Y nos contó de la mujer barbuda, de la familia de enanos perdidos y el hombre bala. Nos reímos a punto de cosquilla. Me di cuenta que esas maravillas eran contadas y disfrutadas como un suceso único e irrepetible. No había chicos que lloraban, al menos de tristeza. Algo me decía en su mirada y en esas cejas tupidas que la vida de los hombres no siempre es feliz. No supe preocuparme, no sabía por donde empezar. Aflojé mis pétalos y relajé los sentidos por un instante. Me creció una esperanza pequeña en el costado izquierdo: era un pimpollo. ¡Que emoción! Eso es. Esperanza, los hombres pintados nos dan esperanza con corbata larga y sonrisa eterna.

Por un momento dejé de escuchar y participar de la fiesta y pensé en mí destino. ¿Y ahora que hago? ¿Cómo llegaría al ojal? No me preocupé más. Cerré fuerte los ojos y pedí un deseo, entonces una mano cariñosa y adulta me tomó del tallo, delicadamente, me apretó el botón y lloré mis verdades mojando a todos los angelitos y ellos aplaudieron mi nombre a carcajadas.

Ver más acerca de Firulete y Cañito en:
http://www.firuleteycanito.com.ar/popup/texto_historia.html


“Firulete”
Se llamaba Gerardo Roberto Samaniego
El payaso Firulete falleció ayer, a los 81 años, en el Hospital de la localidad bonaerense de Haedo.
Llamado Gerardo Roberto Samaniego, su tierna creación de Firulete instaló frases como "Cañito, ¿qué pasóoo?", "Son las siete menos siete faltan siete pa´ las siete" o "Rosita, prepárame los raviole´" desde populares ciclos televisivos de los años 1970.
Pese a que la inmensa nariz roja se hizo notar en los programas "El Club de Hijitus", "El Mundo de Calculín", "El Club de Antojito y Antifaz" y el más reciente "Hola Julieta", su recorrido en la pantalla chica está ligado a los albores del medio en la Argentina donde debutó en 1958 con "Ahí viene el circo", por Canal 7.
Si bien nunca dejó ese oficio de payaso en TV (hasta el año pasado se dio el gusto de hacer algunas apariciones en el programa dominguero "Rec" que emitía Canal 9) el artista nacido en 1923 en el barrio porteño de Mataderos jamás abandonó la arena circense y aún solía actuar en teatros y escuelas y hacía temporada veraniega en una sala de San Clemente del Tuyú.
Siempre secundado por Cañito (su hijo, también llamado Gerardo Roberto), Firulete desplegó con eficacia un oficio que, tiempo atrás, definió como "una comicidad que siempre fue inocente".
Fuente: Télam
http://www.lanacion.com.ar/04/07/26/DS_622078.asp
La Nación Line: | 26.07.2004 | 18:27 | Espectáculos
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