Es
inútil pensar en el mañana. Se me gastaron
las horas. Y mi sano estómago flaco debe convidar
mi porción de nada a mi hermano menor, el cuál
repartirá, más de una vez, a sus otros
hermanos menores. Al menos, así, callará
un poco el dolor de espanto en la mirada.
Cuando veo algo de cielo celeste y blanco pienso en
la bandera, yo lo hago, bandera de la escuela que tuve
que dejarla sola, yo la quería, y cantaba lindo,
sabe... lindo cantaba... A la mañana, cuando
ella alta, sentía el pecho como un brasero...
La dejé porque el Horacio, que no es mi padre,
me llevó a cirujear para vender cartón
y cambiarlo por comida, pa' mi vieja y los pibes, entendé.
Acá no nos falta nada, eso si no llueve. Porque
cuando viene la tormenta esto se inunda todo hasta allá
y perdémo los colchone porque el techo no da
má.
Ahora el Carlitos se fue, lo echó el Horacio,
porque el boludo se fue con "el rata" al afano
y todo eso...
Mi vieja es una fiera, casi le arranca los ojos "al
rata" pero el Carlitos no volvió má.
Y esa es una lastimadura que no se sana che, no se sana.
Por eso yo soy piola y sueño pa' los adentros.
Junto cartones lo más rápido que puedo
y todo lo que encuentro en la calle me lo arreglo, me
doy maña...
Pero los sueños que tengo son míos y no
me los puede afanar nadie. Por eso no lo cuento y ni
siquiera la vieja los sabe. Aunque ella, que ya está
de vuelta, más de una vez, cuando me regaló
las zapatillas con forma de botines, me parece que me
adivinó en los ojos, ella es devota de la virgencita
de Luján, y me miraba largo y yo no sé
si reírme o llorar... Porque me veo en la cancha
como el Diego, que la gente me grita "dale Pocho",
"dale Pocho" y yo la beso a la medallita e’
la madrina y pienso en ella en mi vieja, que ya peina
canas y me llora en los rincones porque dice que estoy
grande y que la voy a dejar, ¿cómo la
voy a dejar...? En esas noches yo me hago el dormido
y ella se desahoga en silencio porque es madre y padre,
el Horacio va y viene... "Dale Pocho..." me
alienta la hinchada... y yo, a punto de patear el penal
decisivo... Yo sé también los sueños
de ella porque, viste, somos parecidos y le brillan
así los ojitos y la veo bailar con un vestido
blanco, más blanco que la bandera... "Dale
Pocho..." y ahí, miro al arquero y el pecho
se me explota, la cancha me da vueltas y le pego un
puntinazo en el ángulo y la tribuna se cae de
la locura y los papelitos me tapan la boca de alegría,
mis compañeros me levantan y entonces será
la única manera que yo vaya con una caja de cartón
rosada y la viejita se cae de culo cuando ve a su vestido
blanco y me baila porque es reina, en el piso lustrado
de barro de mi casa. Me agarra del pelo y me abrasa
fuerte como si se fuera a morir... pero no, que se va
a morir si es una fiera...
"Dale Pocho, dale, dale, dale... levántate..."
Ya
sé, es inútil pensar en el tiempo, nosotros
estamos condenados a una misma suerte. Yo nunca voy
a llegar a nada, ni mi vieja, ni el Horacio... ni
siquiera mis hermanos.
Nosotros nos conformamos con lo que nos dan. Y, últimamente,
a los pobres no nos dan ni las sobras...
Ya dejé de pensar en la Fórmula 1, y
en ser como el Diego, ni quiero pensar en ser veterinario.
Acá, el único tiempo que existe es ahora.
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