
Retrato de Onetti y Dolly

Retrato de Onetti y Dolly

"Onetti en 1957"
Retrato de
Guillermo Fernandez

"Retrato de Onetti"
Anhelo Hernandez |
¿Quién
dijo que yo hablo de Buenos Aires? Buenos Aires,
una ciudad así y así, ahí por
el sur del mapa. No, yo hablo de Malos Ayres, que
es una especie de ciudad lateral, la ciudad donde
aparecen y desaparecen mis visiones, donde ocurren
normalmente disparates. El problema es que desde
la época en que nací, ambas ciudades
son la Misma Cosa Única en el Arquetipo platónico,
es decir la Ciudad Absurda, tan lateral y surrealista
como la Argentina conjunto principal, Tan Triste
como Ella, diría Onetti, refiriéndose
a unos personajes, y yo me refiero a cierto extrañísimo
lugar donde suceden cosas, por lo menos tristes,
para no abundar en detalles.
Bueno, pero era de Onetti que yo quería hablar,
justamente. Miro el calendario hacia atrás
y me sitúo en un cuento que mandé
al concurso Juan Rulfo de París, donde obtuve
un premio. Se llamaba "Onetti a las seis"
y era la historia de una mujer cursi de un taller
literario a la que le hacen creer que Onetti irá
a visitarla a las seis de la tarde. Por esa época,
diciembre del 93, Onetti vivía en Madrid
y como es de suponer se trataría de una broma
pesada. No se alarmen: no contaré todo el
cuento. Lo que me sucedió es mejor.
Era una tarde de pleno Malos Ayres, 6 de febrero
de 1994, por ese entonces ya enterada del resultado
del certamen, aún vivía las delicias del matrimonio.
El buen señor que se llamaba marido me anunció que
la voz de una mujer hispánica estaba en el teléfono.
No era un día propicio, no estaba del mejor de los
humores.
-Hola- dije esperando la voz femenina e hispánica
que me diría "habla Fulana de Tal".
Nada de eso. A cambio, una voz masculina, rioplatense,
un poco lejana, un poco vieja, con un matiz de vino
tinto o blanco, tal vez whisky.
-¿Qué hora es en Buenos Aires?
Cualquier movimiento, cualquier relámpago
de fugaz movimiento alteraría las relaciones,
sería ilustración para el Libro de
los Delirios. Convengamos: a pocos metros de mí,
alguien miraba por la ventana, otra persona tomaba
el té; yo ya veía cualquier imagen:
una víbora tragando té con extrema
cortesía, un caballo que se arrojaba por
la ventana de los sueños.
-¡Quién habla! (Así: Nada de
¿quién habla?)
Su respuesta fue peor:
-Juan Carlos Onetti.
No y no. De ninguna manera. Si hablaba Onetti, yo
era Virginia Woolf.
Algún hijo de mujer perdida había
leído el cuento en el periódico y
se había decidido a hacerme sentir la mujer
cursi de mi cuento. Encima preguntaba la hora. Para
que yo le dijera "las seis". Onetti a
las seis.
-Te tendría que contestar con el final de
"Matías el telegrafista", final
que deberías conocer porque lo escribiste,
se supone.
La otra voz, la lejana, con cierto matiz de vino,
recordó implacable:
-El pobre Matías le habla a María
Puppo desde Hamburgo y por teléfono, como
yo. Ella le dice: "Andá a joder a tu
madrina, guacho de mierda", y así termina
el cuento. Pero es que es cierto m'hija. Habla Onetti.
Y me gustó mucho su cuento. Por eso le hablo,
porque...
No, de ninguna manera. Así se supiera de
memoria los cuentos de Onetti, yo no me iba a transformar
en la mujer cursi de mi cuento. El ofrecía
su obstinación y sus mentiras, yo mi obstinación
y mi rabia.
En algún momento de los elogios, guardé
el hipotético bestiario en la boca y corté.
Toda mi vida yo había soñado con la
voz imposible de un escritor que no concedía
entrevistas, bastante huraño y que, para
colmo, no salía de la cama.
Había leído, hacía poco tiempo,
con enorme estupor, un reportaje fabulado que un
tal Nahuel Maciel, con descaro, había hecho
para el Cronista Cultural, plagiado de un multirreportaje
para la revista Crisis de los años setenta
y hasta había inventado que Onetti vivía
en Barcelona. Y ahora un malparido venía
a denominarse Onetti y llamarme por teléfono
desde Madrid a mí, ignota escritora de Malos
Ayres.
En mayo supimos que Onetti había fallecido.
Un mes y medio después yo cumplía
años y seguía con esa tristeza. Ese
día, por casualidad, ese día (¿hay
casualidades?) recibí en el contestador telefónico
una voz -esta vez sí femenina y con un dejo
hispánico- que se llamaba a sí misma
Dorothea Mühr de Onetti, Dolly, para los amigos.
Que deseaba conocerme, que realmente su marido me
había llamado por teléfono, que él
había sido jurado en el concurso de Francia
(yo no lo sabía), que lo podía averiguar
por Ramón Chao el organizador del concurso,
(periodista famoso de Radio Francia, a quién
yo sí conocía), que además
le había dado mi teléfono. Y que estaría
sólo ese día porque debería
al día siguiente partir a Madrid. Que era
casi como un encargo de él, conocerme. Una
dirección y un teléfono.
Ya mi curiosidad, mi locura, había tocado
su límite. Un taxi. La cara que yo había
visto en las fotos de las biografías de Onetti.
Desde ese momento y para siempre, amigas.
Recuerdo mi aturdimiento cuando vi esa cara, cuando
entendí que yo le había dicho a mi
escritor favorito andá a joder a tu madrina,
etc..., según sus propias palabras de Matías
el telegrafista. Yo era tan imbécil como
María Puppo.
Cosas que sólo ocurren en Malos Ayres, a
gente de Malos Ayres. |