
Traducción de
Aurora Bernárdez
y Guillermo de Torre |
Si
hay algo que me gusta es leer en los cafés
de Malos Ayres, que la luz aceitosa de sus lámparas
abra la entrada en un mundo lateral, lejos de esas
caras de violencia contenida y de sufrimiento que
caminan sus calles. En los cafés parece que
la gente se calmara un poco, pudiera dejar espacio
a una sonrisa, a un diálogo amable con algún
interlocutor interesante, reviviera esa época
en que Malos Ayres era Buenos Aires, un lugar de
culto al humor, la amistad y la lectura.
El viernes pasado no fue así. Mientras leía
a Camus en un café tuve un revival de Malos
Ayres propiamente dicha, una anécdota siniestra
en el sentido de Freud -lo extraño en lo
familiar- ocurrida no hace mucho en uno de mis talleres
de literatura.
Cualquiera conoce el encanto de las piezas teatrales
de Camus. Yo había elegido para mi taller
de verano, leer entre otras obras de ese autor,
Le Malentendu. Sabemos que el malentendido es una
errónea interpretación de un hecho
o de una palabra que puede abrir paso a un desentendimiento,
un equívoco más o menos divertido
o una verdadera tragedia. De eso último se
trata la obra de Camus: un hijo, Jan, vuelve con
falsa identidad al hostal que regentean su madre
y su hermana Marta y allí es asesinado por
ellas, con venenos en una taza de té, gracias
al auxilio de un criado que no habla, hasta parece
sordomudo o tal vez su tarea es hacer de sordomudo
y callarse. Como no lo reconocen, madre y
hermana, pretenden matar a Jan con el santo propósito
de robarle. La mujer del hijo, María, que
estaba enterada de que el hijo quería mantener
su identidad en secreto, descubre el crimen. Desesperada,
invoca la justicia de Dios y aparece el viejo criado
que le pregunta por primera vez con voz clara y
firme si lo llamaban. La mujer pide ayuda y el criado
con la misma voz dice "no". Termina la
obra. Queda un poco abierta la situación
de que el criado sea o represente a Dios, pero de
alguna forma es una metáfora de Dios. Hablando
del tema, en una de mis reuniones leí el
final. Una alumna mía, estudiante de arte
dijo con asombro: "En mi ejemplar no existe
ese no. El drama termina con el pedido de súplica
de María". Agregó que su traducción
era de Aurora Bernárdez, edición de
Losada. Mi ejemplar, idem. Su edición era
de 1977 o 1978 -no recuerdo- y la mía, de
la década del sesenta. Entre el resto de
los asistentes aparecieron la misma fecha de edición
de mi alumna, idéntica editorial y traductora,
idéntica carencia de respuesta del Dios supuesto
o metafórico. Otra señora con el texto
de Gallimard zanjó la discusión con
un golpe de espada: en francés el criado
respondía "no". Se me atascó
eso que llaman, con no poca inocencia, la realidad.
"O sea que -dijo otro- la misma editorial y
la misma traductora usa un no antes del Proceso
de Reorganización Nacional y censura ese
no en dicho Proceso". Parecía que la
respuesta de ese Dios presunto no le gustó
al cerebro bizarro de algún censor. Quiero
imaginar que Aurora Bernárdez -a quien respeto-
no lo sabía o no se dio cuenta.
Si ese criado era una cercana o lejana alegoría
de Dios no podía negarse a la oración
de una buena mujer: blasfemia. (Los nombres "Marta",
"María", recuerdan a las hermanas
de Lázaro, el sentido religioso es evidente).
Y entre la blasfemia y la subversión había
para estos señores un mínimo paso
o era lo mismo.
Se me quedó un ojo pegado en el techo del
café, con ese funesto revival, el techo me
resultaba colgado del vacío, comido por el
aire, negro continuo.
Fantástico. Tenemos un país que debe
estar del otro lado del mundo, en el lugar de los
sueños, con zombies, esos que no son de aquí,
ni de allí, ni de ninguna parte. ¿Habrá
que buscar entre la ceniza de los ceniceros, debajo
de los armarios, en los bolsillos, algo que no sea
surreal?
Quebrar todos los derechos humanos (en esa época
y ahora) y hasta tergiversar libros, traducciones
de obras famosas. ¿Qué más?
¿Qué más?
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