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Una noche cualquiera,
a principios de los setenta. El centro de la ciudad, más precisamente
en los alrededores del obelisco, es un desfile incesante de transeúntes.
Noctámbulos ávidos y alegres.
Hombres y mujeres parecen signados por una misteriosa alegría. Las
ganas de vivir trascienden todo el contexto. La avenida Corrientes parece
sonreirle a todos y cada uno de los que pasan, a quienes están sentados
en cualquier bar o pizzería, o a los que aguardan en las colas de
los cines y teatros.
Jóvenes de pelo largo y barba, otros con el pelo más corto,
con o sin barba, con bigotazos o lampiños. Jóvenes, simplemente
ejerciendo en plenitud esa mágica edad en la que todo es posible.
Los sueños forman parte del paisaje.
En el aire se percibe, se huele, se palpa el clima de cambio que desborda
en las miradas. Existe una generalizada necesidad de construir una sociedad
más solidaria y justa para todos. Las paredes hablan de eso.
El bar "La Paz" alberga una revolución en cada una de
sus mesas. En "El Foro" hay cita de inéditos literatos
y poetas
conjurados a cambiar el mundo cada día, cada tarde, cada noche.
En "La Giralda" hay ensayo en la mitad de las mesas, de una función
que tal vez nunca se estrene; en otras se debate si Artaud o si Peter Brook
son la revolución del teatro. Si el método Stanislavsky sí,
si el método no. Si el Actor`s Studio hace una maquieta de los actores
o si potencializa sus talentos.
Mientras tanto, la peatonal Lavalle se inunda de hambrientos espectadores
que a oleadas salen de los innumerables cines, buscando restoranes y pizzerías.
La ciudad que nunca duerme palpita de manera inusitada. La vida se desliza
por cada trozo de cemento, cada baldoza, cada pared. El futuro está
al alcance de la mano, casi puede acariciarse. Hay optimismo.
El viejo cine "Arte" de Diagonal Norte entre Cerrito y Libertad,
es un nido de amantes del buen cine. Fellini, Bergman, Passolini, Ken Russel,
Laurence Olivier, De Sica, Vittorio Gassman, Marlon Brando, Oliver Reed,
Glenda Jackson. Monstruos delante y detrás de las cámaras.
Inolvidables filmes que los estudiantes de teatro no se cansan de ver una
y otra vez, como una forma más de aprender los secretos de los buenos
actores de todos los tiempos. "La otra cara del amor", "Hamlet",
"Rey Lear", "El huevo de la serpiente", "Mujeres
apasionadas", "Los demonios", "8 y 1/2", "La
armada Brancaleone", "Cumbres borrascosas", "Nido de
ratas", "El ocaso de una estrella".
Arte y realidad en una amalgama casi indefinible. Largos debates luego,
para que lo visto no se pierda así nomás, para que la memoria
emotiva guarde los detalles más significativos. La memoria, quizás
sea un signo de esta convulsionada década.
Después, recorrer las calles algo más vacías, pero
conmla misma luz a pleno, hasta que el sol obligue a apagarlas, y el cambio
de turno que asegura una continuidad en las mesas no abandonadas por los
noctámbulos que comienzan a dejar sus lugares a aquellos que vienen
a desayunar antes de iniciar su jornada de trabajo.
Se puede decir, que esta es la escenografía de una obra que se representa
casi a diario en una ciudad, que parece haber olvidado, por suerte, el
destino europeo soñado por sus fundadores.
Aunque tal vez, sólo haya sido un espejismo que quedó grabado
en la memoria de quienes todavía sueñan con un mundo más
justo y solidario para todos.
Como un eco lejano dentro de sus propias almas que no se resignan a ser
espectadores de un banquete donde se fagocitan el futuro, en nombre de
un primer mundo para pocos, en este primer lustro de los noventa, que desmiente
a gritos el verso tanguero aquel que dice "...que veinte años
no es nada...".
¡Vaya si lo es! A su paso se fueron cerrando espaciosos cines, y
abriendo sospechosas iglesias de mediáticos pastores, que ( un signo
de los noventa ) no predican con el ejemplo. Las salas que han sobrevivido
para seguir ofreciendo películas, se han transformado en multicines.
Debo decir que dentro de ellos, la magia no es la misma.
También han quedado atrás las acogedoras escenografías
que ofrecían "El Foro" y "La Paz". Se han aggiornado
a las nuevas exigencias del mercado, nuevo y aún vital dios de este
tramo de la historia, que parece construirse sobre las ruinas de los seres
humanos. Aunque, la razón del cambio de fachada también puede
haberse producido para ahuyentar a los nostálgicos que pudieran
regresar allí en la búsqueda deuna frase escrita en la madera
de una mesa, o en la vieja pared de algún baño; o tal vez
para comprobar si la cita que quedó trunca hace veinte años,
puede hacerse realidad.
De cualquier manera, parece una cruzada en contra de los recuerdos de una
generación de argentinos que jamás podrá volver, a
pesar de tantos deseos dispersos para que así sea.
Caminar por la avenida Corrientes en los noventa, no produce tanta alegría.
La vida parece haberse mudado detrás de los muros que intentan proteger,
casi sin éxito, la intimidad y los bienes ciudadanos.
El aire que se respira es una eterna queja por la falta de futuro. Y de
bronca porque nos arrebataron el presente, y pretenden borrar nuestro pasado.
En este primer lustro de los noventa, ese futuro ya no es un anhelo colectivo;
no es un sueño común que se vislumbra en los ojos de una
juventud, que lo vé más factible allende las fronteras que
en sus propias calles y veredas.
Los noventa han traido consigo la desesperanza y se llevao a girones la
solidaridad que tanto nos costó construir en una sociedad tan particular
como esta. Nada es casualidad.
Asistimos al reinado de un exacerbado individualismo que adora a los winners,
más que al trabajo en equipo, codo a codo. Los raros vientos que
soplan desde arriba se están llevando los valores más preciados.
Aquellos que hacen del hombre un ser digno, respetado y respetable.
Lo malo nunca es el viento que sopla, sino cuando el ser humano va hacia
donde sopla en viento, más allá de su propia conciencia.
Estas líneas no pretenden ser un canto al "todo tiempo pasado
fué mejor", sino un grito en favor de "todo tiempo futuro
debe ser mejor", aún en contra de esta realidad que se esmera
en invadir de pesimismo a todos y cada uno de los que no forman parte de
la cofradía que se enrosca en la cima, sin mirar nada más.
Pero no todo es sombrío y triste. Así como ningún
sistema se suicida, muchos de los hombres y mujeres que lo componen, aunque
pretendan asfixiarlos y aplastarlos mediante la sistemática estupidización
que les llueve por doquier, tampoco se entregan. Construyen diferentes
alternativas para resistir el embate que quiere arrasar con sus espíritus,
libres por naturaleza.
El arte, como manifestación del alma de una comunidad, es la herramienta
para resistir, y crear una realidad diferente. Es la masilla para construir
el sueño de un mundo más justo y solidario.
El arte y los artistas, casi por una cuestión genética son
el bastión natural desde el cual la vida resiste en contra de la
muerte, la memoria resiste en contra del olvido.
No es casual que los artistas somos una de las primeras víctimas
de cuanto autoritarismo anda suelto.
Esta amada y castigada Buenos Aires que nos alberga y cobija, a pesar de
todo, guarda en sus entrañas infinitas moradas donde el arte, en
sus distintas manifestaciones, crece y se multiplica en el esfuerzo cotidiano
de anónimos seres que sólo aspiran a plantar su vocación
como bandera en territorio enemigo.
Es un buen augurio. Es un síntoma de salud, no entregarse a la desesperanza
a la que nos quieren empujar. Resistir desde el lugar que cada uno ocupe.
No dejarse vencer por el desaliento de quienes pretenden vendernos que
es el fin de la historia, y, por lo tanto no hay futuro.
El futuro existe y depende de nosotros cómo lo vamos a construir.
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