|
Las
calles de Buenos Aires tienen la historia pintada en el asfalto. Tan solo
hay que ser capaz de verla. Millones de pies gastan su cemento de manera
cotidiana. Una jungla de sonidos se esparce por encima de la dureza que
simula ignorarlos.
El devenir
del tiempo y los oportunismos vergonzosos, las han obligado a cambiar varias
veces de nombre, pero en esencia no han podido hacerlo. Su identidad se
mantuvo intacta. No ha pasado lo mismo con los cultores de la amnesia.
Paradojas de la vida, los fieles habitantes de las transformadas vías
las recordarán siempre por su originaria nominación. ¿Por
una caprichosa cuestión de inconsciente rebeldía? ¿quién
lo sabe? O por no permitir que se roben también esa porción
de particular vivencia. Esa íntima relación que se da entre
el ser y la calle de pertenencia.
Inútil
insistencia por borrar fragmentos no deseados de la historia. ¿Será
por eso que estamos signados a repetir circularmente los errores cometidos?
¿Por qué no pasará lo mismo con los aciertos? ¿Serán
menos? ¿O más livianos y flotan hasta perderse? ¿O
no nos damos cuenta que a veces lo hacemos bien?
¿Será
que no soportamos los logros?
Tal vez, hemos comprado todos los números de la rifa del fracaso
que tan bien supieron comercializarnos, y orgullosos pagamos las cuotas
con cobarde puntualidad.
Vaya uno a saber.
Cierta vez,
estas calles llevaron a destino multitudes ignoradas que buscaban un lugar,
un futuro, una identidad, un hombre. Lo encontraron y la realidad cambió.
Nada es eterno en el plano de la materia. Aunque Buenos Aires, siguió
siendo Buenos Aires.
El tiempo
restó cemento y sumó vidrios a la arquitectura, para que
a cierta altura de los ojos, muchas cosas parecieran diferentes. A ras
de suela, nada hubo cambiado tanto.
Nuevas multitudes aplastaron el asfalto a su paso. Buscando revancha contra
algunos aislados vendedores de aquellas mismas rifas.
Gritos. Humo.
Indignación. Vigilia. Ira. Sangre. Dolor. Fuego. Rodaban a lo largo,
a lo ancho, a lo alto, y a lo bajo. Tan bajo imposible.
El pecho de Buenos Aires se incendiaba. Muertes confusas, siempre del mismo
lado.
Metálica
angustia que se atraganta y se agolpa en el rincón más ciego.
A la espera del momento en que el odio encienda una nueva mecha, que estallará
en el mismo rostro.
Siniestras
mechas realizadas por el mismo orfebre que provee de rifas a los iluminados
vendedores que se creen más importantes que todos los demás.
No alcanzan a comprender que también ellos pagan sus cuotas.
Otra vez cambió la realidad, para continuar igual. Aunque al principio
no parezca.
Buenos Aires sigue siendo Buenos Aires. Nosotros seguimos siendo los mismos.
O tal vez no. ¿Cómo haremos para darnos cuenta?
Las pantallas
inundan con imágenes de peleas callejeras, en la cuales si uno observara
mejor con seguridad alcanzaría a ver que cada grupo se pelea contra
sí mismo. Como si cada sujeto se tomara a sí mismo del cuello
y se diera de puñetazos contra su propia cara. Sólo parecen
pelear contra otros.
Los prestidigitadores
hacen muy bien su trabajo. Por algo todavía siguen ahí.
Los dueños del circo les renuevan de manera permanente el contrato.
Mientras mandan imprimir nuevas rifas, y fabricar nuevas mechas. Por las
dudas.
Los espectadores
están confundidos. Muchos quieren tomar sus cosas y cambiar de calles.
Cambiar el paisaje no modifica la realidad. Escaparse siempre es una alternativa.
Otros se enmarañan en las redes de pesimismo que regalan por todas
partes y dan vueltas sobre si mismos, como si agitarse y correr alocadamente
los llevara a algún lado. Potenciales compradores de todas las variables
de rifas y mechas.
Siempre ha
sido difícil vivir en Buenos Aires.
Idas y vueltas. Barrios enteros en los que no hace mucho tiempo, los vecinos
compartían mañanas, tardes, madrugadas. Carnavales de agua
y de bailes. Mates a través de un alambrado, o una pared bajita,
mientras arreglaban el jardín o veían caer el sol. Quizás
entonces buscábamos aquello que nos unía.
Tanto has
cambiado Buenos Aires. ¿O no sos vos el que cambió?
La desconfianza crece hacia todo aquello diferente. ¿Acaso antes
éramos tan iguales?
Las pantallas
también tienen que ver con esto. La xenofobia no acaba en las fronteras,
acaso allí recién empieza.
Seguridad. Tantos pecados se cometen en tu nombre.
Las calles
siguen allí. Algunos dicen que no tienen dueño. Entonces,
muchos salen con afán de propietarios y con violencia. Mucha.
Después
de molerse a palos por una escritura inexistente, vuelven tras sus pasos
con menos huesos sanos, pero con más odio. La calle sigue indiferente
y siente el peso de los pasos que deberían tener un mejor rumbo.
Buenos Aires sigue siendo Buenos Aires. Aunque a veces nos equivoquemos
y pensemos que es el país entero.
Hay cegueras elegidas, o parciales. Tal vez para ver sólo lo que
queremos ver. O lo que nos conviene. ¿Nos conviene?
Los pies,
seguirán transitando a pesar de las distintas contingencias. El
asfalto, más grueso o más delgado habrá de seguir
registrando historias. Los chicos jugarán, o no a la pelota. Las
rejas seguirán creciendo, tal vez, más que las flores.
En tanto
los mercaderes, nuevamente afilarán sus agudas lenguas. Porque siempre
tendrán algo para vender, igual que los encantadores de serpientes
con su afinado instrumento. Pueden aparecer delante de cualquier cámara,
prestos y alegres. Como si eternamente hubiera motivos para festejar. Es
que la fórmula les resultó exitosa.
Así
nos fuimos llenando de innumerables espejitos de colores. Y de bronca,
que siempre llega tarde. Y a veces cuando llega no encuentra el destino
necesario.
Hubo un momento
trágico en toda esta historia, en que eliminar todo lo que fuera
diferente se usó como una estrategia que dio sus resultados desde
los más encumbrados sitios de poder. ¿Acaso ya habrán
definido que los molestos, los quejosos, los que quedan afuera de todas
las listas de pagos se eliminen entre sí, como los términos
de una siniestra ecuación, que al cabo de despejar todas las incógnitas
muestre como resultado el pequeño número de beneficiarios
de semejante locura?
Hay misterios
que cuando se develan, dejan la amarga sensación que ya es tarde
para resolverlos de otra manera. En fin.
Buenos Aires sigue siendo Buenos Aires, y alberga tantas realidades en
sus pliegues que puede confundir al más avezado observador.
La historia
se seguirá escribiendo aún cuando no sepamos interpretarla
correctamente. La fauna que la habita seguirá siendo la misma con
mínimos matices que tal vez sirvan para diferenciar o para hacer
más complicada su interpretación. Lo único cierto
quizás, sea mantener nuestra mirada no sólo para aquello
que queremos ver.
|