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Fascinante
Buenos Aires. Quizás pase en todas las grandes ciudades, con los
cambios que van definiendo los nuevos tiempos que corren. Es una posibilidad.
Los explicadores profesionales (que se pueden ver desde cualquier pantalla,
a cualquier hora) tranquilizan su conciencia (no se ha comprobado que la
tengan) ante cada cercenamiento del cuerpo social, argumentando que es
la única salida posible. La única salida posible es una bandera
que se viene agitando hace más de veinticinco años. ¿Tan
lejos estará, que siendo la única, aún no la hemos
encontrado?
Fascinante Buenos Aires. Trasponiendo la Avenida más allá
de la cual, algunos argumentan que no termina la Argentina (tal vez como
un rezo, para que sí termine) se pueden vislumbrar claramente los
cambios que trajeron los nuevos tiempos. Es imposible no comparar con otros
tiempos.
Ausentes chimeneas humeantes, donde se adivinaban diversas actividades,
cuyo fruto es la base de cualquier sociedad sana. Macabros esqueletos de
hierro y cemento. Espectros de fábricas y talleres donde quedaron
encerrados miles de sueños y de palpables realidades, que sólo
pesan en el ánimo de quienes perdieron sus posibilidades de seguir
siendo dignos.
Los malabaristas de la justificación hablan de la tecnología
y el ineludible avance del progreso, en aras del cual algún precio
hay que pagar, para llegar a la bendita única salida.
El sentido común interpreta el progreso como un mayor bienestar
para una mayor cantidad de gente, y que la tecnología debería
apuntalar este rumbo.
Pareciera que el sentido común no anida en los cerebros de los explicadores
profesionales y los malabaristas de la justificación, ni de sus
mandantes.
Fascinante Buenos Aires. Tal vez estos explicadores y malabaristas sólo
interpretan un libreto para justificar sus sueldos. Quizás, esto
pase en todas las grandes ciudades. Es una posibilidad.
Hay caminos que recorren ciertas gentes, que los alejan cada vez más
de sus coterráneos y los acercan a los manipuladores de sueños,
que siempre tienen monedas disponibles para comprar todo aquello que se
vende.
Son los que siempre miran para afuera, bucando ser incluidos en ese selecto
club, que sólo acepta a los iguales, y no a los que quieren parecerse.
Pertenecer tiene sus beneficios. Esa es la zanahoria que agitan delante
de los ojos de quienes reniegan de sí mismos, y entregan todo, por
un lugar en la foto.
Vanidad. Vacuidad. ¡Cuánto esfuerzo para verse distintos frente
al espejo!
¿Resistirían la visión de lo que son en realidad?
Fascinante Buenos Aires. Caminar por tus calles es encontrar errantes almas
que desde sus doloridas miradas, cuentan que también tuvieron sueños.
Que el futuro vislumbrado no era este presente que globalizó la
tristeza. Quizás, pase en todas las grandes ciudades. Es una posibilidad.
¿Será así? ¿Existirán en otras orbes
los comercializadores del futuro ajeno?
¿Tendrán la misma avidez? ¿La misma sed de rapiñar
hasta los flacos huesos que van dejando al descubierto? En este avance
que nos acerca peligrosamente al siglo XIX en cuanto a las relaciones del
trabajo (de quienes aún lo conservan).
¿Será este el progreso que acercó la tecnología?
Dudas que aquejan al transitar la realidad, cuando uno no acepta el credo
de los explicadores profesionales y los malabaristas de la justificación
que inundan los medios.
Fascinante Buenos Aires. Si alguien llegara y viera sólo las publicidades
con las prolijas y bellas personas que muestran en situaciones de una asepsia
total del contexto real ¿podrían adivinar si hablan de este
país?
Si ese mismo alguien, viera solamente los noticieros ¿los podría
relacionar racionalmente con el contexto de aquellas publicidades? Esquizofrénica
visión la que nos sirven en bandeja. Nada es casual en la historia
de las sociedades.
Para algo están allí los explicadores profesionales y los
malabaristas de la justificación. No vaya a ser que alguien interprete
de otra manera la realidad. Peor aún ¿y si a alguien se le
ocurriera querer cambiarla?
No vaya a ser cosa que el ex-habitante de los macabros esqueletos de hierro
y de cemento se de cuenta que el que ahora golpea las cacerolas (que a
él le vaciaron primero) es compañero de ruta involuntario
hacia la bendita única salida. Algunos más engrosarán
esta larga fila hacia el cadalso disfrazado con un cartel que dice:
EXIT.
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