|
Hay
días que uno se levanta diferente. Con esas ganas que a los veinte
años le hacían pensar que se podía cambiar el mundo.
Y uno lo creía y sentía con firmeza en lo más hondo
del corazón. Se miraba las manos y era más que posible. Era
sólo desearlo y casi estaba hecho. Porque tuvimos un pasado, glorioso
o no, de banderas levantadas
y gritos en la calle. Un pasado de utopías, de futuro valedero.
El universo era pequeño y la realidad sólo un escenario que
se podía modificar a voluntad. Al menos eso creíamos, sentíamos
que era nuestra responsabilidad hacerlo y ni pensábamos en delegar
esa necesidad. Nadie podía representarnos mejor que nosotros mismos.
Responsabilidad. Representatividad.
La constante crisis se ha llevado tantas cosas a la sombra de una lógica
que no resiste
la prueba más elemental del sentido común.
Querido Buenos Aires. Reflejo de un país que parece signado a vivir
sumergido en una eterna crisis. Que es fundamentalmente cultural.
A todo se acostumbra el ser humano, dicen. ¿Será este el
motivo? ¿La razón primordial que nos impulsa a hundirnos
junto con la dificultad?
Porque crisis implica también oportunidad de cambio.
Viene a mi mente una historia, que algunos de los vecinos de Buenos Aires,
la refieren como sucedida dentro de sus límites. Sin embargo otros
sostienen que abarcó a todo el territorio de la Nación. Pero
sea cual haya sido la extensión del fenómeno, los que siguen
son los hechos narrados.
Hace aproximadamente cinco lustros, asoló estos confines una siniestra
peste, que tuvo la particularidad de atacar selectivamente a sus víctimas.
Estas tenían algo en común entre sí: la capacidad
de soñar y la decisión de trabajar en la construcción
de esos sueños. La mayoría pertenecían a una misma
generación. Como si en ello hubiera algo genético o ancestral,
que los predispuso a caer barridos por la epidemia. Hoy, muchos sostienen
que abrían demasiado la boca; lo que habría facilitado su
infección. Otros, en cambio manifiestan que tuvieron excesivo contacto
con elementos bajos de defensa o de escasa inmunidad.
Lo cierto es que casi toda esa generación desapareció, muchos
de ellos sin dejar rastros. De ahí en más, muchos vienen
sosteniendo que recordar abre las puertas de tan terrible mal. Entonces,
se insiste en la prédica del olvido, como antídoto posible.
Así fué como la sociedad, para protegerse generó la
raza de mutantes. Que viene conduciendo los destinos patrios desde esa
época. Incluso algunos especímenes, vienen de más
atrás, con una inusitada vigencia y predicamento mediático.
Estos mutantes
tienen una característica que los identifica, es su rara habilidad
en el arte de la cosmetología, el maquillaje y el transformismo.
De esta manera han usado sus artificios para mostrar la realidad como ellos
quieren que parezca. Y se han transformado ellos mismos de tal suerte que
lucen como creen
que el resto quiere que luzcan.
Pero este arte no se agota sólo en lo que a apariencia física
se refiere, abarca también el aspecto discursivo, e incluso el de
la identificación partidaria. Hasta tal punto que algunos de ellos,
sostienen conceptos contradictorios entre sí, como si se contestaran
en un ficticio debate desde un reportaje que le hacen por la mañana,
con una nota que aparece por la noche. Lo distintivo es que lo hacen sin
inmutarse, y en cada una de las intervenciones parecieran defender una
verdad revelada. Tampoco evitan cambiar su pertenencia ideológica,
aunque para ello deban saltar de una estructura a otra que pareciera estar
en las antípodas de la anterior, y aún a una tercera o cuarta,
según convenga a su peculiar manera de entender "lo que la
sociedad demanda o quiere". No confundir estos movimientos, con lo
que algunos suelen llamar evolución de las ideas, porque esta, suele
traer aparejado un rumbo que con alguna oscilación es coherente.
Sino, parece ser una manifestación más del famoso fin que
justifica los medios.
Los hechos parecieran darle la razón a los mutantes, porque la sociedad
se ha dejado conducir por ellos, hasta donde ellos quisieron llevarlos.
Aunque muchos sostienen que ese lugar es el borde del precipicio, varios,
sin negarlo, no se animan a dar otro paso hacia esa misma dirección.
Vaya a saber uno por qué.
En este punto termina la historia que me fué narrada. Y a todas
luces no parece tener todos los elementos que una historia debe tener.
Pero bueno así me la han contado y no he querido agregar un sólo
elemento.
¡Qué extraña es la mente humana!
Venir a recordar semejante cuento, cuando estaba pensando...¿qué
era?...ah, si...que hay días en que uno se levanta diferente. Con
esas ganas que a los veinte años te hacían pensar que podías
cambiar el mundo.
Querida Buenos Aires. Cuántos misterios y paradojas entre las luces
y sombras de tu amado paisaje. En medio de esa fauna en la que soy uno
más de tus personajes.
¿Estaremos signados sólo a seguir en la huella o habremos
de elegir alguna vez abrir un camino nuevo? Porque equivocarse por equivocarse
¿ no sería más piola cometer
errores nuevos?
|