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NHistorias de Buenos Aires
por Daniel Mojica»n
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Como en un sueño.
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A veces, me suele suceder que confundo al país, con el inmediato contexto que me rodea, esto puede ser un barrio de la ciudad de Buenos Aires, o de la provincia de Buenos Aires. Y en esa confusión, ante la desproporcionada parcela de realidad que abarco, creo tener la solución para los problemas de esta bendita comarca, que me duele por demasiados costados, como para que la indiferencia hunda sus puñales en mi complacencia. Y en medio de ese querer, tal vez voluntarista, me dejo llevar por las aves de mi imaginación, y veo en el desvarío que nos condujo hasta el desgajado presente, que se empeña en que desconfiemos del futuro, un problema básicamente cultural (de múltiples causas interrelacionadas). Así es como me digo, que la dirigencia (política, social, deportiva, empresarial, sindical, y todos los etcéteras) que desde hace treinta (sí, 30) años o más conducen ininterrumpidamente nuestros destinos, con nuestro consentimiento, no son producto de un experimento alienígena que llegaron para poner a prueba nuestra resistencia psíquica, biológica, económica, espiritual y todas las que quieran agregar a la lista. Lamentablemente no. O afortunadamente.
Son producto de nuestra propia cultura.

Entonces, llevado por esa casi locura que me invade cuando creo que aún es posible cambiar este mundo en el que nos estamos sumergiendo día a día, me digo, que si se trata de un problema de hábitos y costumbres (que son los que construyen la cultura de una comunidad) los que nos trajeron hasta acá de la mano de estos próceres contemporáneos; no puedo menos que pensar que si cambiamos esos hábitos y costumbres, estaremos modificando algunas de las raíces que dieron nacimiento a esta cultura que tiene la deferencia de cobijarnos junto a tan considerados pro-hombres de nuestro tiempo (desde hace mucho tiempo), y, si algunas raíces se van transformando, quizás sus frutos puedan ser diferentes.

Cuando hablo de hábitos y costumbres culturales me estoy refiriendo a actitudes perfectamente reconocibles que tenemos, entre las cuales se pueden mencionar: "votar en contra de fulano" acá no estamos apoyando un proyecto concreto, queremos que "fulano" no gane; "elegir el mal menor, o el menos malo, o más vale malo conocido que bueno por conocer" esta es la mejor manera que encontramos para tener desde hace más de treinta años a los mismos "fulanos" administrando la cosa pública (la República); "mirar para otro lado o hacernos los distraídos ante los golpes militares" por suerte, esto parece haberse revertido (resta comprobar si porque los uniformados se democratizaron, están curados de espanto, hoy no se animan, o porque la sociedad ha madurado y no les da espacio para esas aventuras totalitarias y asesinas) siempre es bueno tener memoria; "no participar y quejarse de lo que hacen los otros", "criticar sin proponer", "creer todo lo que se dice por TV y lo que sale en los diarios", "tolerar, fomentar y usufructuar el amiguismo", "tolerar la falta de justicia", "consentir cierto grado de corrupción, porque en todos lados pasa", "el cholulismo que nos hace creer que los ricos y famosos sólo por serlo son inmaculados en todos los aspectos de su vida, y que son tal cual se los ve ante las cámaras", ''el no te metás", "algo habrá hecho", "la falta de conciencia que implica no exigir a los funcionarios que elegimos, como lo que son: nuestros empleados", "no reclamar por nuestros legítimos derechos, y criticar a quienes sí lo hacen" cayendo en la vieja trampa de enfrentarnos entre nosotros en lugar de hacerlo con quienes originaron el motivo del reclamo.
Cada quien tendrá más de un ejemplo para agregar.

Lo que no puedo quitarme de la cabeza, es esta pertinaz idea de que quiero, puedo y debo cambiar el mundo. Sucede que a veces creo que el hombre común ve el mundo (en realidad esa parcela signada por el barrio, y que yo creo que es el país todo y aún el mundo entero) con los mismos ojos que los veo yo, que siente como yo y que le duele lo que a mí. En esos sublimes instantes me siento que represento a la humanidad toda en su afán y anhelo de justicia y cambio. Y hasta soy capaz de imaginar de qué manera y con qué instrumentos motivar a mis colegas de sufrimiento cotidiano, para rescatar la participación, y la pasión perdidas en el camino. Entonces decido compartir mi asumida locura con algún alma afín de las que no abundan. Lo primero que me llega, a modo de respuesta es su mirada que parece preguntarse "¿hace mucho suspendiste la medicación?", con gesto condescendiente me palmea el hombro como para demostrar que no teme contagiarse; luego con los pies bien apoyados al cemento de la vereda, me dice algo así como "grandes pensadores y filósofos estudiaron con más detalle y antes que vos, perejil, esta realidad y todo sigue como entonces, ¿me querés decir qué podrías hacer vos?", luego, para tratar de tranquilizarme me dice que es bueno tener sueños, pero no tan grandes que sean imposibles de concretar, y agrega, como para terminar de ayudarme "¿qué te hace creer que el hombre común piensa como vos?". Después se va, contento de haberme instalado en su realidad. No le pude preguntar dónde hacen los sueños a medida. Ni decirle, que ya que decido soñar prefiero hacerlo a lo grande, para rebajar siempre hay tiempo.

Pero, a pesar de todo es bueno tener amigos. Aunque no piensen, ni sueñen igual a uno. Total, cuando pueda concretar alguno de esos locos delirios que me dan de vez en cuando, los voy a compartir con todos los que tengan la suerte de seguir viviendo en este mundo... en este país... en este barrio.

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