A
veces, me suele suceder que confundo al país, con el inmediato contexto
que me rodea, esto puede ser un barrio de la ciudad de Buenos Aires, o de
la provincia de Buenos Aires. Y en esa confusión, ante la desproporcionada
parcela de realidad que abarco, creo tener la solución para los problemas
de esta bendita comarca, que me duele por demasiados costados, como para
que la indiferencia hunda sus puñales en mi complacencia. Y en medio
de ese querer, tal vez voluntarista, me dejo llevar por las aves de mi imaginación,
y veo en el desvarío que nos condujo hasta el desgajado presente,
que se empeña en que desconfiemos del futuro, un problema básicamente
cultural (de múltiples causas interrelacionadas). Así es como
me digo, que la dirigencia (política, social, deportiva, empresarial,
sindical, y todos los etcéteras) que desde hace treinta (sí,
30) años o más conducen ininterrumpidamente nuestros destinos,
con nuestro consentimiento, no son producto de un experimento alienígena
que llegaron para poner a prueba nuestra resistencia psíquica, biológica,
económica, espiritual y todas las que quieran agregar a la lista.
Lamentablemente no. O afortunadamente.
Son producto de nuestra propia cultura.
Entonces,
llevado por esa casi locura que me invade cuando creo que aún es
posible cambiar este mundo en el que nos estamos sumergiendo día
a día, me digo, que si se trata de un problema de hábitos
y costumbres (que son los que construyen la cultura de una comunidad) los
que nos trajeron hasta acá de la mano de estos próceres contemporáneos;
no puedo menos que pensar que si cambiamos esos hábitos y costumbres,
estaremos modificando algunas de las raíces que dieron nacimiento
a esta cultura que tiene la deferencia de cobijarnos junto a tan considerados
pro-hombres de nuestro tiempo (desde hace mucho tiempo), y, si algunas
raíces se van transformando, quizás sus frutos puedan ser
diferentes.
Cuando hablo
de hábitos y costumbres culturales me estoy refiriendo a actitudes
perfectamente reconocibles que tenemos, entre las cuales se pueden mencionar:
"votar en contra de fulano" acá no estamos apoyando un
proyecto concreto, queremos que "fulano" no gane; "elegir
el mal menor, o el menos malo, o más vale malo conocido que bueno
por conocer" esta es la mejor manera que encontramos para tener desde
hace más de treinta años a los mismos "fulanos"
administrando la cosa pública (la República); "mirar
para otro lado o hacernos los distraídos ante los golpes militares"
por suerte, esto parece haberse revertido (resta comprobar si porque los
uniformados se democratizaron, están curados de espanto, hoy no
se animan, o porque la sociedad ha madurado y no les da espacio para esas
aventuras totalitarias y asesinas) siempre es bueno tener memoria; "no
participar y quejarse de lo que hacen los otros", "criticar sin
proponer", "creer todo lo que se dice por TV y lo que sale en
los diarios", "tolerar, fomentar y usufructuar el amiguismo",
"tolerar la falta de justicia", "consentir cierto grado
de corrupción, porque en todos lados pasa", "el cholulismo
que nos hace creer que los ricos y famosos sólo por serlo son inmaculados
en todos los aspectos de su vida, y que son tal cual se los ve ante las
cámaras", ''el no te metás", "algo habrá
hecho", "la falta de conciencia que implica no exigir a los funcionarios
que elegimos, como lo que son: nuestros empleados", "no reclamar
por nuestros legítimos derechos, y criticar a quienes sí
lo hacen" cayendo en la vieja trampa de enfrentarnos entre nosotros
en lugar de hacerlo con quienes originaron el motivo del reclamo.
Cada quien tendrá más de un ejemplo para agregar.
Lo que no
puedo quitarme de la cabeza, es esta pertinaz idea de que quiero, puedo
y debo cambiar el mundo. Sucede que a veces creo que el hombre común
ve el mundo (en realidad esa parcela signada por el barrio, y que yo creo
que es el país todo y aún el mundo entero) con los mismos
ojos que los veo yo, que siente como yo y que le duele lo que a mí.
En esos sublimes instantes me siento que represento a la humanidad toda
en su afán y anhelo de justicia y cambio. Y hasta soy capaz de imaginar
de qué manera y con qué instrumentos motivar a mis colegas
de sufrimiento cotidiano, para rescatar la participación, y la pasión
perdidas en el camino. Entonces decido compartir mi asumida locura con
algún alma afín de las que no abundan. Lo primero que me
llega, a modo de respuesta es su mirada que parece preguntarse "¿hace
mucho suspendiste la medicación?", con gesto condescendiente
me palmea el hombro como para demostrar que no teme contagiarse; luego
con los pies bien apoyados al cemento de la vereda, me dice algo así
como "grandes pensadores y filósofos estudiaron con más
detalle y antes que vos, perejil, esta realidad y todo sigue como entonces,
¿me querés decir qué podrías hacer vos?",
luego, para tratar de tranquilizarme me dice que es bueno tener sueños,
pero no tan grandes que sean imposibles de concretar, y agrega, como para
terminar de ayudarme "¿qué te hace creer que el hombre
común piensa como vos?". Después se va, contento de
haberme instalado en su realidad. No le pude preguntar dónde hacen
los sueños a medida. Ni decirle, que ya que decido soñar
prefiero hacerlo a lo grande, para rebajar siempre hay tiempo.
Pero, a pesar
de todo es bueno tener amigos. Aunque no piensen, ni sueñen igual
a uno. Total, cuando pueda concretar alguno de esos locos delirios que
me dan de vez en cuando, los voy a compartir con todos los que tengan la
suerte de seguir viviendo en este mundo... en este país... en este
barrio.
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