Siempre
se ha dicho que la República Argentina, tiene grandes riquezas materiales,
buen clima, buena tierra, etc. En estos puntos la coincidencia ha sido generalizada.
De los argentinos en general, se han dicho y se dicen infinidad de cosas,
pocas de ellas buenas. No es el objeto de esta columna, ni refutar, ni avalar
los dichos en uno u otro sentido. En definitiva como habitante de Buenos
Aires, me caben las generales de la ley.
Tal vez, el propósito sea mucho más ambicioso. Mi intención
es hacer foco en la persona. Para luego, desde una visión netamente
humanista (sólo por darle un nombre) rescatar las actitudes positivas
individuales, que necesariamente se insertan en la comunidad. Y, a partir
de allí, avanzar en la construcción de una Nación Argentina.
Tenemos una enorme responsabilidad frente a nosotros, como hombres y mujeres,
ante la tremenda realidad que nos toca vivir, junto a nuestros hijos (seamos
o no padres, en el sentido biológico del término).
No se trata sólo de darles un futuro a las nuevas generaciones, sino,
también de darnos un presente a nosotros mismos.
Porque nosotros también nos merecemos vivir mejor. Pero no en un
incierto futuro.
No. Hoy mismo.
Porque si nos conformamos con el futuro para nuestros hijos, puede pasarnos
lo mismo que a nuestros padres, quienes nos dejaron este presente. Sin embargo,
no es momento de pasar facturas. Es hora de empezar desde acá hacia
adelante.
Los que vienen (en realidad, ya están) necesitan ejemplos, espejos
en los cuales mirarse. Esta es nuestra tarea. Nada más y nada menos.
¿En manos de quién vamos a dejar nuestro futuro, nuestros
sueños, nuestros proyectos?
Tengo plena confianza en las reservas humanas que el país tiene para
reconstruirse.
Con la devastación que hemos sufrido en las últimas décadas,
todavía seguimos generando artistas de talento, profesionales reconocidos,
hombres y mujeres sensibles y dispuestos a dar algo de sí mismos,
para mejorar el conjunto. ¿Quién no ha estado en contacto
directo o indirecto, con alguna de estas personas, que dejando de lado horas
de sueño, o alargando su jornada de trabajo, o fuera de la misma,
ha entregado desinteresadamente, parte de su tiempo, de sus conocimientos
o ambas cosas, sin esperar nada a cambio, con el sólo fin de modificar
una situación dolorosa, o al menos mitigarla?
Esto es lo que nunca debimos perder de vista, en la vorágine en la
que nos sumergieron.
Ahora debemos sumarle trabajar en equipo, en beneficio de todos. Sin esperar
recompensa.
¿Seremos capaces de dejar de lado nuestras mezquindades e insignificantes
diferencias (insignificantes en función de lo que perderemos si no
lo hacemos) en pos de un futuro posible construido desde el hoy?
¿Seremos
capaces de perdonarnos nuestro propio pasado? Ya no lo podemos cambiar.
Si nos seguimos aferrando a él, nunca nos va a dejar avanzar. Pienso
que el pasado, tiene que funcionar como el espejo retrovisor del automóvil,
si estamos mirándolo todo el tiempo mientras manejamos, lo más
seguro es que nos estrellaremos; tan sólo cada tanto echemos una
mirada, de control, de verificación, y sigamos el rumbo tomado.
Es más sano discutir por lo que haremos, no por lo que hicimos.
Y es más constructivo. De otra manera nos instalamos en un diálogo
de sordos. Como nos ha estado pasando en estos últimos años.
Tal vez todo consista en elegir entre un pasado que nos inmovilice, o un
futuro que nos convoque.
|