Estamos
en la primera semana de julio de 2003, y la ansiedad
recorre todo mi sistema nervioso. Tengo la íntima
certeza de que voy a ser convocado. Tal vez mis
ganas me dieron esa convicción, pero no
existe una explicación racional. Yo me
postulé como actor, porque es donde acredito
mayor experiencia, aunque en el fondo de mi alma
deseaba colaborar como autor. Por esta razón
hice un comentario, en el formulario que nos dieron
para completar, que me gustaría colaborar
con ideas más allá del rol que me
tocara.
Así es que una noche
recibo el llamado de Cony, una de las compañeras
de la comisión de Teatro x identidad, anunciándome
que he sido convocado como autor. Entonces me
cita para una reunión para el siguiente
martes en el Teatro del Pueblo, a fin de que nos
conozcamos los autores y directores convocados,
con el fin de integrar las duplas autor/director.
Más adelante se convocará a los
actores.
Hoy es el día. Bajo del subte en Diagonal
Norte, a metros del "Teatro del Pueblo".
Siento que una energía diferente llena
mi espíritu. Una extraña mezcla
de lo que sentía en la década del
'70 cuando me sumaba a las nutridas columnas de
la JP, que se une a esa indefinible sensación
que un actor siente un segundo antes que se alce
el telón y toma conciencia de esa maravillosa
vulnerabilidad que significa exponerse al público,
ese inexplicable temor que lo empuja a seguir
adelante, a pesar de todo. Es que esta es precisamente
la esencia del trabajo actoral, trabajar desde
y con las sensaciones.
Bajo las escaleras y busco la sala donde nos reuniríamos.
Me guío por las voces, siempre elevadas,
que caracteriza a quienes nos dedicamos a esta
mágica tarea que es el teatro. Encuentro
el lugar y veo a varios de los miembros de la
comisión de TxI, a muchos compañeros
que recuerdo de las charlas del mes de Junio en
el Teatro San Martín, y a otros que no
recuerdo. Me siento al azar junto un muchacho
de unos 30 años, de pelo largo sobre los
hombros y barba.
Luego de un rato en que hablamos entre todos de
generalidades, desde la comisión nos proponen
que nos vayamos presentando al conjunto, sintetizando
nuestra experiencia y nuestras expectativas. Es
el momento en que me sorprende el largo silencio
que se produce, como una forma de manifestar,
la mayoría de los presentes, la timidez
que surca nuestro carácter. Como siempre,
alguien se anima a ser el primero en hablar, y
el hielo se desintegra como si su consistencia
hubiera sido sólo virtual. De esta manera
me voy enterando de que algunos directores y autores
ya han participado del ciclo de TxI, y que algunos
son tan ignotos como yo. Hechas las presentaciones
del caso, se supone (o al menos era lo que suponían
los miembros de la comisión que nos convocó)
que unos nos iremos acercando a otros para formar
las esperadas duplas. Cosa que por supuesto, no
sucede.
En ese momento, uno de los compañeros de
la comisión sugiere que nos tomemos un
tiempo, rompamos la "formalidad" de
la reunión, tomemos un café, o hagamos
algo para acercarnos a los otros e intercambiar
expectativas. Yo decido ir al baño. Luego,
bajo un piso, me informaron que allí hay
una máquina expendedora de café.
Cuando llego, me encuentro con mi ocasional compañero
de asiento que acaba de sacar su bebida. Mientras
saco la mía, reconfirmamos para qué
rol se postula cada uno e intercambiamos tres
o cuatro ideas acerca del teatro que pretendemos
hacer y cómo imaginamos el trabajo de los
actores en esta experiencia de creación
colectiva que propone la comisión de TxI
para esta etapa del ciclo. Somos de generaciones
diferentes, Fabio tiene 32 años y yo 50,
pero encontramos cierta afinidad espiritual. Él
me cuenta de un viaje a la India que le cambió
la vida, yo comparto algunos recuerdos de mi militancia
en los '70. Sin darnos casi cuenta "nos elegimos".
Si algo faltaba en mi fuero interior para confirmar
lo acertado de esta decisión, cuando me
dice la dirección del lugar que compró
para su espacio teatral, se disipa toda duda.
Su teatro "El Fino" se encuentra en
el lugar que funcionaba el antiguo "El Vitral"
de la década del '70, donde yo estudié
con Martín Adjemian. Le cuento el rumbo
de mis pensamientos y los sentimientos que me
invadieron. Entramos a la sala como una dupla
conciente de porqué nos elegimos. De ahí
en más todo sería trabajo en equipo.
En la próxima columna voy a compartir cómo
se incorporan los actores a este proyecto, que
quiere alumbrar corazones que la desmemoria pudo
ensombrecer. Esto es lo que pretende TxI, acercar
la luz de la memoria donde el olvido pretende
oscurecer. La seguimos muy pronto.
NdR:
Daniel Mojica: dmojica@hotmail.com |