Buenos
Aires, tal vez sea una de las ciudades que más
escritores inéditos va pariendo en las
esquinas de los barrios. Puede que sea una especie
de gen tanguero, el que primero nos empuja a la
poesía, para dejar plasmado algún
desengaño, o para poner en letras imborrables
para el alma, ese soñado instante, fugaz,
de manera irremediable; por imperio de vaya a
saber qué misteriosa ley nunca escrita,
en que dos corazones sintonizan la misma frecuencia
del esquivo amor y en el que cada uno pone toda
su sangre en juego para que esa magia sea eterna.
Dejo a cada quien la plena libertad de imaginar
cuanto habrá de durar esa eternidad.
Admitiendo que la primera causa puede haber sido
el mencionado gen, no cabe duda que muy cerca
de él latía la inmensa necesidad
de expresar, de comunicar. De trascender la mera
sensación individual y compartir, comparar,
escrudriñar la ajena intimidad para ubicar
la propia en la justa medida que nunca es encontrada.
Así han nacido muchos relatos e historias,
increíbles y veneradas algunas, olvidables
otras, dolorosas o radiantes. Mares de palabras
hemos desencallado de las rocas del espíritu
para encontrar y encontrarnos en medio de ellas.
Y muchas veces nos hemos perdido. En la turbulencia
de tales extravíos podemos no ser del todo
claros, u objetivos, o precavidos, o prudentes,
o apasionados, o salvajes, o amorosos, o hirientes;
benévolos o malditos con el uso de los
términos. Y eso, a mí me ha ocasionado
serios inconvenientes. Debo confesarlo ante todos.
Y aquí va mi confesión.
Tengo un pequeño conflicto con las palabras.
Me acusan de apurarme a usarlas, antes que los
hechos confirmen sus conceptos. Creo que en alguna
medida, tienen razón. Pasa que a veces,
uno se adueña de significados que llegan
velozmente vía corazón o alma, antes
que la piel, los dedos, o el sexo, le den el contexto
apropiado que las justifique. Quizás le
pase a todos los escritores. No lo sé.
(Voy a anotar este hecho para verificarlo con
algunos colegas.
Es que, hay mujeres y mujeres. Esta me dio vuelta
la cabeza. Por eso las palabras cayeron de esta
manera, generando el entredicho conmigo.
De cualquier forma, tendré que hacer las
paces con los vocablos, porque me son imprescindibles.
Sin ellos no hay historias. Y sin historias, se
acaban los escritores.
Y más allá y más acá
de pequeños desencuentros, soy escritor.
Así que, formalmente, palabras, me disculpo
con ustedes, porque me dejo llevar por remolinos
del espíritu que empujan mi lapicera. Maltratándolas
muchas veces, abusando otras, de la amplitud de
significados que cobijan. Y estiro casi sin pudor
esas fronteras, casi hasta desnaturalizarlas.
En algunos casos, incluso reconozco que trato
de resignificarlas según mi particular
estado de obnubilación, pasión,
dolor, alegría, angustia o cualquier otro
sentimiento que me lleva a la rastra por su resbaloso
terreno.
Les pido disculpas, si. Pero no puedo prometerles
un nunca más, que sería falso desde
antes de pronunciarlo. Porque ¿qué
clase de escritor sería, si respetara a
pie juntillas esos límites que tientan
a ser traspasados? ¿qué vuelo tendría
la poesía, si tuviera que acomodarse a
los estrechos márgenes que imponen un ordenamiento
predeterminado de letras y una interpretación
rígida y acotada?
Creo que tendremos que habituarnos mutuamente
a este desequilibrio. Por el bien de la cordura
del que escribe, y para que ustedes sigan cumpliendo
con esa mágica función que traen
consigo.
|