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NHistorias de Buenos Aires
por Daniel Mojica»n
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Las palabras y yo.
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Buenos Aires, tal vez sea una de las ciudades que más escritores inéditos va pariendo en las esquinas de los barrios. Puede que sea una especie de gen tanguero, el que primero nos empuja a la poesía, para dejar plasmado algún desengaño, o para poner en letras imborrables para el alma, ese soñado instante, fugaz, de manera irremediable; por imperio de vaya a saber qué misteriosa ley nunca escrita, en que dos corazones sintonizan la misma frecuencia del esquivo amor y en el que cada uno pone toda su sangre en juego para que esa magia sea eterna. Dejo a cada quien la plena libertad de imaginar cuanto habrá de durar esa eternidad.

Admitiendo que la primera causa puede haber sido el mencionado gen, no cabe duda que muy cerca de él latía la inmensa necesidad de expresar, de comunicar. De trascender la mera sensación individual y compartir, comparar, escrudriñar la ajena intimidad para ubicar la propia en la justa medida que nunca es encontrada. Así han nacido muchos relatos e historias, increíbles y veneradas algunas, olvidables otras, dolorosas o radiantes. Mares de palabras hemos desencallado de las rocas del espíritu para encontrar y encontrarnos en medio de ellas. Y muchas veces nos hemos perdido. En la turbulencia de tales extravíos podemos no ser del todo claros, u objetivos, o precavidos, o prudentes, o apasionados, o salvajes, o amorosos, o hirientes; benévolos o malditos con el uso de los términos. Y eso, a mí me ha ocasionado serios inconvenientes. Debo confesarlo ante todos. Y aquí va mi confesión.

Tengo un pequeño conflicto con las palabras. Me acusan de apurarme a usarlas, antes que los hechos confirmen sus conceptos. Creo que en alguna medida, tienen razón. Pasa que a veces, uno se adueña de significados que llegan velozmente vía corazón o alma, antes que la piel, los dedos, o el sexo, le den el contexto apropiado que las justifique. Quizás le pase a todos los escritores. No lo sé. (Voy a anotar este hecho para verificarlo con algunos colegas.

Es que, hay mujeres y mujeres. Esta me dio vuelta la cabeza. Por eso las palabras cayeron de esta manera, generando el entredicho conmigo.
De cualquier forma, tendré que hacer las paces con los vocablos, porque me son imprescindibles. Sin ellos no hay historias. Y sin historias, se acaban los escritores.

Y más allá y más acá de pequeños desencuentros, soy escritor.

Así que, formalmente, palabras, me disculpo con ustedes, porque me dejo llevar por remolinos del espíritu que empujan mi lapicera. Maltratándolas muchas veces, abusando otras, de la amplitud de significados que cobijan. Y estiro casi sin pudor esas fronteras, casi hasta desnaturalizarlas. En algunos casos, incluso reconozco que trato de resignificarlas según mi particular estado de obnubilación, pasión, dolor, alegría, angustia o cualquier otro sentimiento que me lleva a la rastra por su resbaloso terreno.

Les pido disculpas, si. Pero no puedo prometerles un nunca más, que sería falso desde antes de pronunciarlo. Porque ¿qué clase de escritor sería, si respetara a pie juntillas esos límites que tientan a ser traspasados? ¿qué vuelo tendría la poesía, si tuviera que acomodarse a los estrechos márgenes que imponen un ordenamiento predeterminado de letras y una interpretación rígida y acotada?
Creo que tendremos que habituarnos mutuamente a este desequilibrio. Por el bien de la cordura del que escribe, y para que ustedes sigan cumpliendo con esa mágica función que traen consigo.

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