Buenos
Aires es tal vez una de las ciudades, en las que
el culto a la amistad esté más arraigada
que en otras. Aunque quizás, esta afirmación
sea tan solo una de las tantas falsas verdades
que los habitantes de esta querida y lastimada
Buenos Aires, echamos a rodar para sentirnos acariciados,
cuando ese rumor vuelve en otras bocas y lo aceptamos,
casi sin pensar. Porque nosotros pensamos que
es verdad. Pero sea o no real esa primera afirmación,
lo que no se puede negar es que innúmeros
bares aglutinan amigos alrededor de unos cafés
humeantes o de una cerveza bien helada que acompaña
a la infaltable pizza de muzzarela. Y en esas
mesas, donde tantas veces se ha pretendido cambiar
el mundo, y de donde han sido arrancados muchos
soñadores de los que no hemos vuelto a
saber, aunque sigan por siempre en la memoria;
también se han sentado incorregibles enamorados
que han entablado una desigual lucha con el tiempo,
con diverso resultado. Esta es una de esas historias.
El tiempo, ondula entre los pliegues del ser.
Arrastra vivencias, deseos, miradas, besos, caricias,
sueños.
Gotas de felicidad. Océanos de desdicha.
Mares de alegría.
Atraviesa hacia arriba y hacia abajo, desde lo
material a lo inmaterial, todo aquello que existe,
y lo que no.
Sus invisibles naves, zarpan hacia todos los destinos.
Sin urgencias. Con certezas.
Nada puede detenerlo, acelerarlo, modificarlo.
Sin embargo, rige los ritmos diferentes, los cambios.
Entre sus huecos siempre iguales. Eterna tiranía,
que se sucede a sí misma por siempre.
Aunque, como todo tirano, puede ser derrotado.
Hay algo que no puede controlar. Aquello que sucede
en sus simétricos intervalos.
Dentro de sus espacios, la libertad es toda mía.
Así, puedo amarte con tal fuerza, y hacer
que un día parezca un fugaz intento de
pequeños segundos.
Puedo extrañarte con tanta vehemencia,
hasta transformar una pobre hora, en siglos de
espera.
Beneficios de la libertad. Allí, el dolor
de una pérdida puede ser infinito, caber
en medio segundo, y parecer eterno.
Tus caricias, parecen detener el tiempo. Tu piel,
eterniza el placer en mis dedos. El sabor de tus
labios no se extingue.
Juntos, vencemos al tirano.
Victoria de la libertad de amar, en donde Cronos
no reinará jamás, con sus rígidos
registros. Su dominio fenece, entre besos y caricias.
En el volar de la piel, que nunca podrá
ser medido de tan mezquina forma.
¿Cuánto dura esta caricia entre
tu alma y la mía? ¿Cuánto
este beso?
Ajeno territorio liberado. Sin límites
para sentir.
Placer de espacios sin contornos.
Patria libre del alma. Libertad de amar, sufrir,
sentir, agonizar, volar, gozar, morir, esperar,
reír.
Los minutos, los segundos, son tuyos, tiempo.
Las horas, los días y los meses.
Pero la pasión que yo pongo en esos espacios,
nada ni nadie; nunca, podrá determinarlos.
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