Puede
pasar, que hagas una cita a ciegas, luego de intercambiar
unos cuantos mails de virtuales coincidencias.
Incluso pueden nombrar a tu poeta favorito y acertar
con un poema que en algún momento hizo
tambalear tu alma. Un libro que no llegaste a
comprar y tenés ganas de leer, puede ser
el anzuelo perfecto para ese café que no
te atreviste a ofrecer.
Llegas al encuentro con expectativas, temor y
ganas. Cuando la saludas, tratas que no se noten
los nervios y ese temblor interno. Pero miras
sus ojos, y esa mirada es la que estuviste buscando
desde que acariciaste la primera piel.
Entonces, renovás tu creencia en la magia,
en ese sutil hilo invisible que une los corazones
solitarios. Te volvés a afiliar al romanticismo.
Tenés otra vez esa especie de vacío
en el pecho que te hace sentir pleno.
Nuevamente todo es posible. Hasta cambiar este
infame mundo.
Para los de mi generación (acaricio los
52) y sobre todo los que militamos en la timidez,
Internet nos abrió un camino. Hasta llegar
al cruce de miradas. Al estrechar de manos. Al
primer beso. La primera noche juntos.
A partir de allí, el itinerario es similar
a todas las historias. Con sus peculiaridades.
Aunque uno le agrega un plus de fantasía
o ilusión, por esa magia del comienzo a
la distancia. Ignoto y lleno de misterio.
Pero no hay seguro que proteja a los corazones
de la falta de sincronización de los deseos.
De los destiempos al conjugar el verbo compartir.
Del desequilibrio en la pasión. Ni de las
expectativas fuera de término.
La vida, existiendo realidades, no se responsabiliza
por el uso de sueños.
Aún así y a pesar de todo el amor
existe.
Acepto donaciones de caricias para un corazón
roto.
Un feliz 2005 para todos.
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