Días
extraños vive Buenos Aires. Encrucijada
entre un pasado irresuelto y un futuro no del
todo insinuado. Mientras el presente tiene la
clave del acertijo. Una ecuación que al
clarificar el pasado transparenta el futuro en
una relación directamente proporcional.
Que contiene a su vez la relación inversa.
Sumergidos en esta realidad conviven diversos
personajes. Algunos pretenden un pasado verde
oscuro, sombrío y silencioso. Proyectando
su consiguiente futuro al tono. Con un presente
quieto y temeroso. Proponen exaltadamente volver
a hacer lo que negaron haber hecho.
Consoladores y confidentes de hienas deprimidas
a la vuelta de la sucia faena. Siempre del lado
opuesto de quien dicen ser la voz. Confesores
de lo inconfesable.
Llevan sus ropas manchadas de sangre joven y silencio.
Aún así se suben al púlpito
y pontifican. Como si sus palabras valieran algo.
O como si supieran que una parte de la sociedad
permanece callada, quieta y obediente. Acostumbrada
a ver pasar dioses y demonios, sin pestañear.
Adormecida. O desencantada. O desilusionada. O
confundida. Pero silenciosa.
Así como permaneció la purpurada
corporación mientras tantos prójimos
eran llevados al suplicio por causa de sus ideas.
Una voz propone desde la impunidad de su ropaje,
volver a siniestras prácticas. Mayoritariamente
condenadas por quienes sostienen la verdad y la
justicia como valores y la memoria como antídoto.
Corporativo fue el silencio que acompañó
una vez más, al monje inquisidor. Más
algún que otro cómplice apañamiento.
Ante un nuevo aniversario del planificado exterminio
de la generación a la que pertenezco y
reivindico como lúcida, luchadora y libertaria,
estamos más cerca de la memoria. Para la
justicia falta todavía. Pero la verdad
se va instalando por su propio peso.
Tal vez por eso los criadores de lobos se alborotan
y proponen en público lo que hasta ayer
negaron.
A pesar de todo, imagino un futuro con más
memoria y menos piedras a los ríos.
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