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NMurgas
por Marcos Herrera»n
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Plaza Once.
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El vino baila, a golpes de pulso, amarillo, en los tetrabricks. Los hombres llevan el vino, como si fuera sol, a sus bocas podridas, y miran a las mujeres mal vestidas que empujan las hamacas, en el arenero. Las hamacas sobrevuelan la arena sucia, cerca de los borrachos que hacen ir y venir el litro que se reduce en sus bocas hartas. Una alegría silenciosa afila los rostros de los niños.

En el silencio de los techos gruñe lo que quedó: la noche. En los galpones quedó la noche. En los almanaques de los lugares donde se come rápido. En las hamacas quietas como muertos hundidos en la claridad del amanecer.

Apasionado abandono: el vino. Acá somos todos iguales, llevamos la tumba puesta.
Los bares abiertos como espejos. Los trenes que se internan en el aire terrible y vagabundo.

Los jugadores meten sus manos en los bolsillos, cuando la noche hace ras en el cielo. Caminan lentamente y recuerdan la velocidad de las cartas, luminosas en la fiebre de los dedos. A la capacidad para mentir se le suma la prepotencia del dinero. Hábitos oscuros, estragos de la suerte. Se apuesta clavando los ojos, cerrada la boca. Los jugadores respiran con los dedos en las cartas del fracaso.

Una mujer come en el mostrador mientras la lluvia, poderosa y lenta, cae sobre la multitud que deambula. Un ballet sincronizado con los bocados de la mujer observada por el hombre que le sirvió el plato del día, ofertado en papeles que se humedecieron pegados en los vidrios desde la mañana. La mujer, de pelo teñido como un sueño: un felino blanco despedaza a su presa para luego dormirse arrullado por la eternidad del viento. La mujer, casi dormida, apoyada sobre el mostrador pulido, lento como la lluvia que no paró, busca en su cartera el lápiz de labios. El felino se hincha de satisfacción cuando ella lo peina: pelo teñido que se espuma entre los dedos de la mujer. Ella, que conoce el vértigo del abismo, se peina, indiferente a la mirada curiosa del tipo que se aburre detrás del mostrador. Ella abusa del tiempo y se ríe al pensar que podría haber formado una familia.

Cómicas mujeres altaneras, trágicas como los techos de los hospitales. Burla de los espejos que devuelven el sol acumulado en las faldas de las putas. El recuerdo del amor en las alcantarillas de una ciudad que vive de tormentas. La muerte tiene velocidad propia.

No hay deterioro ni fracaso. Porque nunca hubo esplendor ni posibilidad de éxito.
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