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| Plaza
Once. |
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El
vino baila, a golpes de pulso, amarillo, en los tetrabricks.
Los hombres llevan el vino, como si fuera sol, a sus bocas
podridas, y miran a las mujeres mal vestidas que empujan las
hamacas, en el arenero. Las hamacas sobrevuelan la arena sucia,
cerca de los borrachos que hacen ir y venir el litro que se
reduce en sus bocas hartas. Una alegría silenciosa
afila los rostros de los niños.
En
el silencio de los techos gruñe lo que quedó:
la noche. En los galpones quedó la noche. En los almanaques
de los lugares donde se come rápido. En las hamacas
quietas como muertos hundidos en la claridad del amanecer.
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Apasionado
abandono: el vino. Acá somos todos iguales, llevamos la tumba
puesta.
Los bares abiertos como espejos. Los trenes que se internan en el
aire terrible y vagabundo.
Los
jugadores meten sus manos en los bolsillos, cuando la noche hace ras
en el cielo. Caminan lentamente y recuerdan la velocidad de las cartas,
luminosas en la fiebre de los dedos. A la capacidad para mentir se
le suma la prepotencia del dinero. Hábitos oscuros, estragos
de la suerte. Se apuesta clavando los ojos, cerrada la boca. Los jugadores
respiran con los dedos en las cartas del fracaso.
Una
mujer come en el mostrador mientras la lluvia, poderosa y lenta, cae
sobre la multitud que deambula. Un ballet sincronizado con los bocados
de la mujer observada por el hombre que le sirvió el plato
del día, ofertado en papeles que se humedecieron pegados en
los vidrios desde la mañana. La mujer, de pelo teñido
como un sueño: un felino blanco despedaza a su presa para luego
dormirse arrullado por la eternidad del viento. La mujer, casi dormida,
apoyada sobre el mostrador pulido, lento como la lluvia que no paró,
busca en su cartera el lápiz de labios. El felino se hincha
de satisfacción cuando ella lo peina: pelo teñido que
se espuma entre los dedos de la mujer. Ella, que conoce el vértigo
del abismo, se peina, indiferente a la mirada curiosa del tipo que
se aburre detrás del mostrador. Ella abusa del tiempo y se
ríe al pensar que podría haber formado una familia.
Cómicas
mujeres altaneras, trágicas como los techos de los hospitales.
Burla de los espejos que devuelven el sol acumulado en las faldas
de las putas. El recuerdo del amor en las alcantarillas de una ciudad
que vive de tormentas. La muerte tiene velocidad propia.
No
hay deterioro ni fracaso. Porque nunca hubo esplendor ni posibilidad
de éxito. |
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