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NMurgas
por Marcos Herrera»n
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Atún.
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Parque Lezama
Yo siempre tuve este tic. Muevo la cabeza para adelante, estirando el cuello. Yo no me acuerdo de mi nombre. No me acuerdo. Yo sé que me dicen el Cuervo. Mi vieja me puso así un día que discutió con una vecina, le dijo que yo era bien cuervo, por San Lorenzo. Mi vieja era fanática del Ciclón. Mi vieja era borracha de vermú. Bah, de cualquier cosa. Vino en caja también tomaba. Me ponía un collar de perro y me ataba la llave de casa y me mandaba al almacén a comprar Cinzano. Una noche ella le prendió fuego a los muebles y salió rajando, gritando. A mi me despertaron los gritos. Cuando abrí los párpados ví el fuego. No podía salir. Estaba atrapado por las llamas. Me salvó un vecino. No me saco más de la cabeza los gritos de mi vieja escabiada. Siempre
gritaba. Le agarraban ataques. Decía que la perseguían perros, mendigos, cucarachas, ratones, gallinas. Eso era por el escabio. A mí el juez de menores me destinó a un orfanato. De ahí zafé. Me pude tomar el palo a los pocos meses de que me internaron. A mi vieja no la ví nunca más. Cuando cumplí catorce, una gitana gorda que me regalaba comida y me protegía me hizo debutar. Cogimos en una obra en construcción. Nos empezamos a ver a escondidas con la gitana. Cogíamos. Ella me empezó a enseñar cosas de esoterismo. Pero los otros gitanos no querían que ella tuviera trato conmigo, así que una noche me agarraron, me llevaron a un baldío y me dijeron que no me querían ver más, que desapareciera, que no se me ocurriera volver a acercarme a Isabel. Después me cagaron bien a trompadas y me rompieron la ropa. Si te vemos otra vez sos hombre muerto, me dijeron.
Me fui de la ciudad.
Y después me fui del país.
Crucé la frontera. A Paraguay me fui. Anduve por los pueblos de Paraguay. Todos pobres, todos en patas, peor que acá es. Llegué a Asunción y conocí a un estafador que me dio trabajo. Él se dedicaba a todo ese chamuyo del tarot, las runas, el umbanda. Tres años estuve con Galarza, así se llamaba. Una noche el chabón me quiso poner. Resulta que yo me moví un par de veces a una puta que él decía que era su novia. Galarza estaba pasado de merca y whisky y me quiso acuchillar. Pero yo lo madrugué y le rompí una baldosa suelta que había en la vereda. Le partí la baldosa en la jeta y salí rajando. Algo de plata tenía. Volví a Buenos Aires.
Primero me fue bien.
Pero después me fue mal.
Tuve una casa y un auto y muchas mujeres y un montón de hijos de puta que me palmeaban la espalda. Pero me acostaron. Me usaron bien usado y después me pegaron una patada en el orto. Ahora duermo en la calle. Otra vez. Ahora tengo esta lata de atún que me encontré. A alguien se le cayó. Alguna vieja con el cochecito de las compras aujereado. La lata estaba en el medio de la vereda, como si estuviera esperándome. Ahora es de noche y yo estoy en este banco del Parque Lezama. Miro la lata de atún. No tengo abridor. No tengo ni siquiera una puta navaja. Hay un restorán al que, a veces, a la madrugada, cuando ya cerraron y están limpiando, voy a pedir sobras. Siempre algo me dan. Voy a tener que pedir ahí que me presten algo para abrir esta lata. También voy a pedir un poco de pan, porque el atún solo no me va.
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