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Parque Lezama |
Yo
siempre tuve este tic. Muevo la cabeza para adelante, estirando
el cuello. Yo no me acuerdo de mi nombre. No me acuerdo. Yo
sé que me dicen el Cuervo. Mi vieja me puso así
un día que discutió con una vecina, le dijo que
yo era bien cuervo, por San Lorenzo. Mi vieja era fanática
del Ciclón. Mi vieja era borracha de vermú. Bah,
de cualquier cosa. Vino en caja también tomaba. Me ponía
un collar de perro y me ataba la llave de casa y me mandaba
al almacén a comprar Cinzano. Una noche ella le prendió
fuego a los muebles y salió rajando, gritando. A mi me
despertaron los gritos. Cuando abrí los párpados
ví el fuego. No podía salir. Estaba atrapado por
las llamas. Me salvó un vecino. No me saco más
de la cabeza los gritos de mi vieja escabiada. Siempre |
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gritaba. Le agarraban ataques. Decía que la perseguían
perros, mendigos, cucarachas, ratones, gallinas. Eso era por el escabio.
A mí el juez de menores me destinó a un orfanato. De
ahí zafé. Me pude tomar el palo a los pocos meses de
que me internaron. A mi vieja no la ví nunca más. Cuando
cumplí catorce, una gitana gorda que me regalaba comida y me
protegía me hizo debutar. Cogimos en una obra en construcción.
Nos empezamos a ver a escondidas con la gitana. Cogíamos. Ella
me empezó a enseñar cosas de esoterismo. Pero los otros
gitanos no querían que ella tuviera trato conmigo, así
que una noche me agarraron, me llevaron a un baldío y me dijeron
que no me querían ver más, que desapareciera, que no
se me ocurriera volver a acercarme a Isabel. Después me cagaron
bien a trompadas y me rompieron la ropa. Si te vemos otra vez sos
hombre muerto, me dijeron.
Me fui de la ciudad.
Y después me fui del país.
Crucé la frontera. A Paraguay me fui. Anduve por los pueblos
de Paraguay. Todos pobres, todos en patas, peor que acá es.
Llegué a Asunción y conocí a un estafador que
me dio trabajo. Él se dedicaba a todo ese chamuyo del tarot,
las runas, el umbanda. Tres años estuve con Galarza, así
se llamaba. Una noche el chabón me quiso poner. Resulta que
yo me moví un par de veces a una puta que él decía
que era su novia. Galarza estaba pasado de merca y whisky y me quiso
acuchillar. Pero yo lo madrugué y le rompí una baldosa
suelta que había en la vereda. Le partí la baldosa en
la jeta y salí rajando. Algo de plata tenía. Volví
a Buenos Aires.
Primero me fue bien.
Pero después me fue mal.
Tuve una casa y un auto y muchas mujeres y un montón de hijos
de puta que me palmeaban la espalda. Pero me acostaron. Me usaron
bien usado y después me pegaron una patada en el orto. Ahora
duermo en la calle. Otra vez. Ahora tengo esta lata de atún
que me encontré. A alguien se le cayó. Alguna vieja
con el cochecito de las compras aujereado. La lata estaba en el medio
de la vereda, como si estuviera esperándome. Ahora es de noche
y yo estoy en este banco del Parque Lezama. Miro la lata de atún.
No tengo abridor. No tengo ni siquiera una puta navaja. Hay un restorán
al que, a veces, a la madrugada, cuando ya cerraron y están
limpiando, voy a pedir sobras. Siempre algo me dan. Voy a tener que
pedir ahí que me presten algo para abrir esta lata. También
voy a pedir un poco de pan, porque el atún solo no me va. |
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