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NMurgas
por Marcos Herrera»n
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Fuego en los tachos con gasoil.
A Leandro Araujo
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Fuego en los tachos con gasoil que marcan donde está roto el asfalto. Le estás pasando demasiado cerca al fuego, digo. Vas a voltear un tacho y vas a hacer un desastre, digo.
Claridad del vapor de una idea que ilumina la mueca de risa que rompe los dibujos, como caracoles, con ramificaciones lilas y manchas moradas, de la cara de Chupete Gómez.
Las manos de Chupete Gómez aprietan el volante con la potencia de la costumbre.
Costumbre, pienso. Costumbre: hambre lento que va tirando de la piola de nuestras vidas como si fuéramos trompos agotados, trompos que ríen con la lentitud de las llamas que pulsan el aire movido por los vehículos.
Dejate de joder, Chupete, digo.
Tranquilo, pescadito, me dice Chupete Gómez con la misma mueca iluminada capaz de transformarse con la simpleza de un segundo en amargura o enojo.
Fuego en los tachos con gasoil que marcan donde está roto el asfalto.
¿Cuál es la idea?, digo. Y Chupete Gómez me contesta como si yo estuviera preguntando no por el jueguito ese de pasarle cerca a los tachos sino por otra cosa, algo relacionado con nuestro futuro cercano.
La idea, pescadito, me dice Chupete Gómez, es llegar antes de las doce a la Shell que está pasando el cruce.
La noche, como los tachos con gasoil, arde. La noche es el desafinado vuelo de una mariposa. La noche es el alivio falso de la estridencia del verano que se expande, tóxico, con la libertad del oxígeno que alimenta las pulsaciones de las llamas que salen de los tachos para herir la panza tambaleante de la noche.
Pasame los pepinos, dice Chupete Gómez. Se refiere a los pepinos agridulces que compró en un almacén de la ruta.
Flota. Eso parece. Parece que el camión flota conducido por la potencia de la costumbre.
¿Te dormiste, pescadito?, dice Chupete Gómez. Le paso los pepinos para que vea que no me dormí. Chupete Gómez sufre, no siempre, de baja presión. Por eso compra pepinos, longaniza, anchoas. Son cosas saladas que no se pudren. Cuando le da baja presión, Chupete Gómez se pone a hablar de España. También sueña con su tierra natal. A veces, cuando se enoja, dice: ¿qué tengo que estar haciendo yo en estas rutas de mierda? Yo podría estar tranquilamente en mi país, disfrutando de la vida. Yo podría recordarle que él se fue de su país a las puteadas, peleado con toda la familia y jurando no volver, pero prefiero callarme. Cuando Chupete Gómez se enoja es mejor quedarse callado.
Es raro, le digo.
¿Qué?, me dice.
De noche, le digo, no te suele bajar la presión.
No, me dice. No, me dice. No, me dice. No me bajó la presión. Sucede, me dice, que tengo hambre, pescadito.
Pero yo me quedo enganchado con que le bajó la presión y le digo: puto de mierda, si me hubieras dicho que lo que te pasaba era que te había bajado la presión, yo te hubiera perdonado que le pasaras raspando a los tachos con fuego.
Chupete Gómez deja que la claridad del vapor de una idea presente en una mueca que intenta dar forma al espíritu de una risa que salga y me dice: tranquilo, pescadito, más puto serás vos. Cosido el culo a pijazos debés tener.
Miro el frasco: Pepinos Agridulces Torre Laguna.
Hace años que conozco a Chupete Gómez. Hace años que manejamos camiones juntos. Uno maneja mientras el otro parpadea al sol o duerme fingiendo que conversa para que el otro no clave las guampas y nos amasijemos y al fin lleguemos al definitivo destino de cualquiera. O sea el resplandor blanco de los gusanos de la luna de la muerte.
¿Cómo será la muerte, pescadito?, me preguntó una vez Chupete Gómez.
Como una borrachera fuerte de ginebra, le dije. Primero eso y después una luz blanca y después nada, un carajo, le dije. Y como él se quedó callado, prendí la radio, disimulando, como si lo que dije no me hubiera hecho pensar que somos un chasquido en el párpado de la eternidad, un segundo en el inmenso fuego que incendia el universo que se mueve como el negro alimento que rodea las llamas, el movimiento irrepetible de las llamas que, continuas, en los tachos, indican que el asfalto está roto.
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El material de esta columna fue publicado en la antología Lavapiés, Microrrelatos de la editorial Opera Prima, en el año 2001.
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