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COLUMNISTAS
La Poesía de los '60
por Carlos Patiño
Ese Mundo, Aquel Mundo
 
"si mi poesía no sirve para cambiar la sociedad
no sirve para nada"
Roberto Santoro
 


Juan Gelman
La alguna vez conocida como Generación del 60 en la poesía Argentina es, hoy por hoy, otro desaparecido. Un desaparecido físico, histórico, estético y literario. ¿Es esto justo? ¿Se trata del implacable juicio de la historia, que pone a cada quien en su lugar? Tal vez sí, tal vez no. Cuarenta y seis años han transcurrido desde aquella noche en el Teatro La Más-cara (Paseo Colón y Belgrano, en la Capital Federal de la Argentina) en que, para sorpresa de muchos, el Grupo El Pan duro ofreció un recital poético a sala desbordante. Transcurría 1955, se estaba en plena "Revolución libertadora", golpe de estado militar (otro) que derro-có al General Perón, y a la prensa le llamó la atención el hecho de que un grupo de poetas, con la sola convocatoria de su poesía, llenara semejante sala y dejando gente afuera, además. Era un hecho inusual para la recoleta actividad poética de los años 50, culta, cui-dadosa, esteticista, amiga de salones de buen tono y muy escasas librerías. Nada de multi-tudes, nada de hacinamientos incómodos. Ninguno de aquellos poetas (Juan Gelman, Héctor Negro, Juana
Bignozzi, Julio César Silvain, Hugo Ditaranto, entre otros) sospechaba entonces que acababan de colocar la piedra fundacional de la Generación del 60. Como ninguno de los poetas (decenas, centenares - y no hay exageración-) que después dieron vida a una de las presencias poéticas tal vez más importantes de la historia argentina sabía, tenía conciencia de que integraba esa generación. El rótulo vino después, cuando tal acti-vidad hegemonizó el movimiento poético de esos años y entonces había que nombrar este hecho singular.

Sabido es que la década del 60 del pasado siglo fue una década mágica en nuestra cul-tura occidental, tanto en el mundo desarrollado como en el sub. Momento de rebeldías y replanteos, de cuestionamientos y locuras: el movimiento hippy, el mayo francés, la revolu-ción de los claveles, Cuba, Fidel, el Che... La benemérita pastilla anticonceptiva liberaba a la mujer del embarazo no deseado y desataba la Revolución Sexual. En la Argentina florecía el Teatro Independiente: Chejov, Ibsen, Ionesco, Gorostiza, Miller, Dragún, eran palabra co-rriente. El Teatro del Pueblo de Leónidas Barletta acentuaba su lucha boedista. Del brazo del Nuevo Teatro de Alejandra Boero y Pedro Aleandro arribaban a los escenarios Héctor Alterio, Norma Aleandro, Alfredo Alcón, Walter Soubrié, Elsa Berenguer y en cualquier sótano abandonado enseñaban grandes maestros de actuación, como Hedy Crilla y Carlos Gandolfo.
Desde el Instituto Di Tella florecía el desenfado, que alcanzaría su punto más alto en los hapenings, reuniones informales con más ruido que pecado. Son herencias del Di Tella, por ejemplo, la pintora y escultora Marta Minujin y especialmente los geniales I Musicisti, luego Les Luthiers, típico producto de esta generación. Armando Tejada Gómez, Mercedes Sosa, Hamlet Lima Quintana y muchos otros iniciaban el movimiento de la Nueva Canción. Tangui-to, Lito Nebbia, Charly García, Lito Mestre, Spínetta, Pappo, redondeaban su propuesta de un rock nacional. Miguel Grinberg desde Eco Contemporáneo y Abelardo Castillo desde el Grillo de Papel, primero, y desde El Escarabajo de Oro después, ampliaban el mundo litera-rio. Hoy en la cultura y La rosa blindada de Mangieri nos recordaban que existían aún Mario Jorge de Lellis, Luis Luchi y especialmente Raúl González Tuñón. Y en La Noche, un pequeño boliche de la calle Tucumán, un tal Astor Piazzolla convocaba a sus por entonces muy esca-sos fanáticos a la misa de sus creaciones. Hasta había lugar para los nihilistas, que se reunían en el Bar Moderno, con Sergio Mulet a la cabeza. Y todos los submundos, todos los under-ground imaginables e inimaginables.

Luis Luchi
 
Así se conformaba un país cultural que yo ignoraba existiese cuando, solitario y rilkiano, en alguna lectura de poemas que ni recuerdo, tomo contacto con Marcos Silber. Charlamos y Marcos me dice que, por las cosas que decía, por mis quejas y frustraciones, mi lugar estaba en el Grupo Barrilete. Yo, lobo estepario militante por entonces, no creía en los grupos. No obstante, una noche me animé a ir a una reunión. Jamás me fui. Y sólo la Triple A fue capaz de acabar con el Grupo y Taller "El barrilete", matando a algunos y exiliando a otros. De todo esto vamos a ocuparnos en sucesivas entregas, haciendo base en la poesía del Grupo Barrilete que fundara Roberto Santoro, al cual pertenezco en alma aunque no exista física-mente, dinamitado por los comunes enemigos de la cultura y de la Argentina que se empe-ñan, al parecer, en convertirla también en un país desaparecido.
 
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2001, El Muro Cultural