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La
Poesía de los '60 |
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| por
Carlos Patiño |
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| "Aquello"
de Chacabuco. |
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Eduardo Galeano
Foto:
sololiteratura.com
Haroldo Conti
Foto: literatura.org

David Viņas
Foto: literatura.org
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Pasiones...
hay muchas anécdotas relacionadas con las pasiones en la generación
del 60. Pero pocas tan ricas, tragicómicas y que involucrara
escritores muy notorios, incluso no pertenecientes a nuestra generación,
como "aquello de Chacabuco". La cosa fue así: para
una de las tantas giras que hacíamos por muchos puntos del
país habíamos sido convocados para la ocasión
Alberto Costa, -colega de columna- Roberto Santoro, David Viñas
y yo. Debíamos ir a Lincoln, Provincia de Buenos Aires, y a
otros sitios cercanos. Curiosidad: recuerdo que al ingresar a Lincoln,
Viñas dice, reflexivo: "Acá hay un intendente comunista.
Miren qué bien cuidadas están las plazas y las calles".
En efecto, había un intendente comunista. Viñas lo dedujo
de las plantitas... El recital fue en un teatro colmado y resultamos
abrumados por las atenciones de la gente de esa localidad. El caso
es que Lincoln está muy cerca de Vedia, y Vedia era el asiento
del mítico periódico "Alberdi", de ese maravilloso
ser humano llamado Joaquín Alvarez, ya fallecido, por desgracia
para el mundo. ¿Cómo no hacerle una visita?
Asado, atenciones mil, lo común en la imprenta de Alvarez,
aunque ni supiera que andábamos por ahí y le cayéramos
de sorpresa. Joaquín era nacido en Chacabuco y ese día,
por la noche, Chacabuco homenajeaba a uno de sus hijos dilectos: Haroldo
Conti. No hubo manera de convencerlo de que no fuéramos con
él. Fuimos. No habíamos sido invitados, pero Haroldo
era amigo de todos nosotros. Llegamos, abrazos, saludos y deciden
incorporarnos a la mesa de debates, con temas tales como "la
literatura argentina de hoy" y cosas parecidas. Nada conflictivo.
La reunión se hacía en un club, creo, pero como la capacidad
fue desbordada, los organizadores decidieron trasladar el acto al
teatro principal de Chacabuco. Mientras nos dirigíamos, charlando,
a ese nuevo destino, Marta Conti, la compañera de Haroldo,
nos dice furtiva: "guarda, que hay cualquier cantidad de canas
y gente de los servicios. Bajemos la mano". Nadie sabe cómo
empiezan los malentendidos, pero sí puede sospecharse adonde
pueden conducir. Decirnos a nosotros, apasionados trabajadores de
la cultura para la revolución, que había policías
era como decirnos: saquen los poemas más duros de su
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repertorio. En
verdad, con policías o sin ellos, la intención de Marta
Conti era mantener el homenaje a Haroldo dentro de límites protocolares.
Si nos hubiera dicho eso, tal vez no hubiera ocurrido lo que ocurrió.
Y digo tal vez. Lejos de Nuestra intención perjudicar o empañar
un merecido homenaje a un gran escritor; amigo, además. Pero no
sólo a las armas puede cargar el diablo: a las palabras también.
Escenario del teatro, de izquierda a derecha, sentados: Haroldo Conti,
Eduardo Galeano, Costa, Patiño, Viñas, Santoro, Alvarez
y alguno más que no recuerdo. Hablaba Galeano. De Conti, por supuesto,
y su amistad con él. En algún tramo de su discurso dijo
algo así como "todos los hombres del mundo somos hermanos".
Y allí, en el silencio de la sala, se escuchó el vozarrón
de Viñas diciendo: "Macanas: el almirante Rojas no es mi
hermano". Murmullo, algunos aplausos inesperados, didáctica
exposición de Viñas sobre su punto de vista, acaloradas
discusiones sobre el punto, desesperación en Marta Conti y los
organizadores. Cuando se hizo una tregua, Haroldo, para salvar lo salvable,
propuso que los poetas leyeran sus poemas. Fue peor: Costa, Santoro y
yo leimos los poemas más incendiarios que portábamos. Simplemente,
porque nos dijeron que había "servicios" y nos pareció
que la gente quería oír esos poemas. El teatro era un manicomio.
La mayorìa aplaudía frenéticamente mientras otros
abucheaban. Viñas hizo algún alegato más, se estableció
un debate muy acalorado entre plateístas que estaban de acuerdo
con Viñas y nuestros poemas -la mayoría- y quienes "no
querían política" en el acto. Galeano se llamó
a silencio, hundido en su silla: las cosas no marchaban por donde debían.
El tranquilo homenaje a Haroldo se había ido al demonio. Y la
gente de Chacabuco se mostró mucho más "subversiva"
de lo que cualquiera hubiera supuesto. El protocolo provinciano y oficial
que ofrecían a Haroldo Conti "las fuerzas vivas" de
Chacabuco se consumió en el incendio. Hay que estar en la época:
1972, 73, 74. En otro contexto las cosas habrían sido distintas.
Pero entonces la Argentina tenía futuro. Y la gente, utopías.
Y luchaba por ellas todo el tiempo. Eso engendra pasiones muy fuertes
Pero "aquello de Chacabuco" no terminó allí.
El lunes o martes siguiente había reunión, en la SADE de
la calle Uruguay, de la Agrupación Gremial de Escritores, que
todos integrábamos, junto con Vicente Zito Lema, Humberto Costantini,
Elías Castelnuovo (ya hablaremos de ese maravilloso viejo), Oscar
Barros, Marcos Silber, Rafael Vásquez y muchos otros. En mitad
de la sesión ingresó abruptamente Haroldo Conti, se dirigió
a Alberto Costa y sin decir "atajate" le tiró una trompada.
Era asombroso: Haroldo, un oso enorme bueno como el pan, que jamás
se enojaba, hervía de furia. ¿Y por qué con Costa,
si a todos quienes estuvimos en Chacabuco nos cabían las generales
de la ley? Hubo una razón, que ahora no recuerdo y tal vez Alberto
Costa sí, pero que obviamente ya no tiene importancia. El caso
es que, golpe va, golpe viene, Alberto y Haroldo peleaban incluso por
las escaleras. Así y rodeados del tumulto que armábamos
quienes queríamos terminar con ese absurdo, desembocamos en el
piso inmediato debajo, en donde, sin que nosotros lo supiéramos,
se efectuaba el velatorio de una socia fundadora de la SADE. Había
que ver el asombro que tenían en el rostro los elegantes asistentes
a esa ceremonia, al ver aparecer en el recinto a dos tipos insultándose
y dándose golpes y a una caterva de indeseables que alborotaba
en su derredor.
La cosa terminó esa misma noche, no tuvo repercusiones serias,
la lista para la SADE igual se conformó con Costa y Conti en ella,
aunque, desde luego, el incidente fue motivo de inflamadas discusiones
en los cafés de la Calle Corrientes. Y de cientos de bromas y
no menos cientos de críticas. Hoy, algo como esto no es posible.
Ya no hay pasión en torno a la literatura, ya los escritores no
quieren por sobre todas las cosas cambiar el mundo, ya nadie se agarra
a trompadas por un par de poemas o una mesa redonda. Hoy todo es muy
"civilizado". Y "literario". Lástima. |
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