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| Tres
poemas del libro Hombres del vino, del álbum, del corazón. |
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Ernesto
Ernesto,
hermano nuestro,
vino nuestro.
Hay
que nombrarte en risas, nuez, hinojo,
adoquines cruzados para dormir la siesta
y recostados codos en estaños.
Hay
que nombrarte arriba, en un andamio
-de allí te nos caíste--
alegre de gorrión, cantándote vivas madrugadas,
saturando tu pecho de amistades.
Y
ahora, dime,
¿de qué alpargata estás en ese mundo,
en esa copa azul, en la mensajería
de estrellas y de vientos?
Hay
otro olor a casa en el boliche.
Ya no están los barriles, las mesas malparadas,
ya no está nadie, nada, todo cambió, se fue,
murieron los genioles, todo ha muerto.
Tu
paso está en la calle, cruzando el adoquín,
adoquinando el barrio,
mirándote hacia adentro la cara del trabajo.
O
en el andamio, cayéndote en estrella.
O en el vinoso amor a los muchachos.
O en nuestro corazón derecho,
recordándote.
(Hombres
del vino) |
El
sillón
Mañana
gris y nadie quiere recogerte.
Junto
al cordón de la vereda,
tu bordadura de años, tus escombros.
¿Quién
descansó allí?
¿Qué fatiga encorvada de horno y pala?
¿Qué romántico amor caridolente
en tus primeras lunas de folletín y arpa?
¿Mi madre, con su rostro de hortensia entre las nubes?
(En las horas de siesta le gustaba
quedarse en una sala con retratos)
¿Mi abuelo? ¿O el primer gringo amigo de mi abuelo,
aquel que ahorraba moneditas para comprar postales?
Y en las veladas de peinetón y polca,
¿qué tornadizo azul torneado
coqueteó en tu estrechez de nido de abanicos?
¿Y
qué cosas tuviste cerca tuyo?
¿Qué reloj de cucú, qué mirlo en
jaula,
qué pecíolo rojo, qué digno piano?
¿Qué reliquia clavada en la pared
te miró tanto tiempo con los ojos sonámbulos?
¿Qué torreones de sueños se veían
desde tu sitio? ¿Qué pesares borrados?
Mi
madre no desconoció tu historia.
Cuando yo te llevé, se sonreía.
Una sonrisa llena de pasado.
Mañana
gris y nadie quiere recogerte.
Todo
tu tiempo ha terminado.
(Hombres del álbum) |
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Roberto
Arlt
Para
él no fue el ágape, la peña, el capellán,
el afrancesamiento afeminado,
ni el suplemento azul de los domingos,
ni los señores dulces biselados.
Tuvo
una cara de color de loco.
tuvo una flauta de color estaño.
Trepaba
a los tranvías,
andaba sin amor, sin pasamano,
filípica en el gesto,
virulencia en la mano.
Loqueó
su cara de color de loco.
Tocó su flauta de color estaño.
Pescaba encanallados mercaderes,
blenorrágicos puros, metodistas,
lesbianas, sueños desarticulados,
incorregibles viejas con olor a cama,
incestuosos contentos, parricidas,
burdeles con sabor a llanto.
Blasfemó
y escribió.
Con todo el corazón, todo el cansancio.
Capítulo a capítulo nos describió la piel,
nos mostró gorrioneras de hambre flaca, largos
galpones duros donde el dolor dolía,
Buenos Aires cayéndose sonámbulo.
Encajonó
verdad, refrigeró la muerte.
Fumó el pucho porteño, tomó su trago.
Con
su cara de loco se fue un día.
Con su flauta tocó todo el estaño.
(Hombres del corazón) |
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