
María Del Carmen
Suárez

Tapa del libro de
María Del Carmen
Suárez |
El
título de esta nota, al calificar como inolvidable
la novela de María del Carmen Suárez,
no solo remite a la calidad de la obra, sino a los
contextos históricos-sociales que la misma
contiene. Debemos, además, subrayar el bellísimo
collage de Emilio Sampietro que ilustra la tapa
de este libro.
María del Carmen Suárez en su extensa
y rica trayectoria como poeta y periodista ha obtenido
premios en el país y en el extranjero.
Eva en el Espejo es su primera
novela. Entre los valores que el texto evidencia
no pueden negarse sus ráfagas poéticas.
Un excelente discurso narrativo se mantiene a lo
largo de las páginas y se impone con imágenes
fuertes y muy originales. Desde la escritura entrañable
se perfilan con sutiles estrategias elementos autobiográficos.
Sin embargo, no es esta una novela estrictamente
referencial en tal sentido. La memoria ejerce, sí,
una innegable carga dramática y conduce el
avance de los episodios y los personajes, con legítima
y descarnada conciencia.
La primera persona de la enunciación se impone,
expresando confesiones como las siguientes: “yo
apelaba a la memoria para no morir” (10).
“no se limpian los pozos de la memoria”
(11). “la memoria es un enigma” (19).
No es casual que la autora apele a la frecuente
presencia de los espejos. Estos no son objetos decorativos,
sino psicológicamente cargados con su simbología
de antigua data.
La angustia existencial, la locura, la presencia
de los muertos, entre recuerdos y transferencias,
convocan escenas de intenso dramatismo surgidas
desde los abismales laberintos del Yo.
El recorrido por los barrios de Buenos Aires configura
asociaciones con variadas tonalidades y atmósferas.
La Plaza Dorrego, la Boca, el Frigorífico
Anglo, donde “habían muerto muchos
polacos por el frío de las cámaras
de refrigeración, el alcohol y la represión
policial” (53), La Isla Maciel, Dock Sud,
“el yugoslavo de ojos de oro” y “esa
loca carrera hacia la tempestad” (67), Mataderos,
Barracas; las evocaciones de Gardel, Gatica, Evita:
todo se constituye como viva imagen de “un
país insólito” en el cual “Buenos
Aires se iba convirtiendo en una ciudad imprevisible”
(71). Así finaliza la primera parte de Eva
en el Espejo.
Se inicia la segunda parte, precedida por las siguientes
palabras de Antonín Artaud: “soy el
único juez de lo que está en mí”.
Es este un epígrafe que traduce la dimensión
ontológica y hondamente introspectiva de
esta novela. Aspecto que irrumpe en la obra y va
acompañando a los personajes que asumen la
trama ficcional desde distintas realidades y espacios.
Angustiosas y conflictivas criaturas que desfilan
entre la vida, la muerte, los recuerdos y los hechizos.
El tango aparecerá en ese “pasaje donde
se develan los misterios”. “Tangos impenetrables
que se filtran“ (81), “bandoneones y
vino barato, senos apretados en la danza, caderas
que giran, agobio en los hombres llevando el peso
del mundo”(82).
Diferentes rincones del país, y del otro
lado del Plata (Montevideo) constituirán
núcleos con pesadumbres y nostalgias. Andanzas
memoriosas que la novela va entramando con energía:
cruentos sucesos de la historia nacional. La encrucijada
de 1973, la multitud en Ezeiza, el caos, la marcha
peronista, y después la muerte. Caminando
por San Telmo, continúa el texto “los
años violentos habían dejado sus secuelas;
sobrevivir al espanto“, dice el capítulo
titulado `Imperio de la locura´. Desaparecidos,
niños de la calle, desocupados, barrios marginales
se suceden como película desgarrante. Debemos
destacar que la prosa de María del Carmen
Suárez no se convierte en crónica
con raíces estrictamente naturalistas; su
calidad narrativa se exalta con una conjunción
hábilmente tejida entre los soportes referenciales
y las incursiones que el discurso logra con estéticas
metaforizaciones, sin abandonar los registros ineludibles
de la historia argentina imposible de olvidar.
`Eva Ave´, es un capítulo que en las
páginas finales juega con estas dos enunciaciones:
“Eva es el revés de Ave”, leemos
en la página 148. Aquí confluyen las
múltiples pinceladas líricas que iluminan
la novela. El nombre de Eva, desde el génesis,
asoma como símbolo de la criatura femenina
universal.
Mucho mas podríamos destacar acerca de Eva
en el espejo donde el sexo, los cuerpos, los enigmas
atraviesan los circuitos de la magia y del terror.
Realidades y pluralidad semántica acompañan
cada capítulo, cuyos títulos constituyen,
uno tras otro, enunciados de significativas proyecciones
elocuentes escritas con ponderable percepción
acerca de la criatura humana y sus encrucijadas
anímicas. |