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NBuenos Aires de ayer y de hoy
por Norma Pérez Martín »n
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Entre gambetas y firuletes danzan los mensajes poéticos
de Oscar González.
.









Cielito, baile nacional
(Acuarela de C. E. Pellegrini, 1829)
Oscar González, nacido en 1941 en Buenos Aires, poeta, narrador y periodista es un incansable trabajador de la cultura. Lleva publicado desde 1974 hasta la fecha textos que lo acreditan como una voz genuina de la lírica porteña. Realizó, además, trabajos junto artistas plásticos como Juan Manuel Sánchez, Carlos Terribilili, etc. También es autor de canciones que ha grabado con diferentes compositores. Entre 1983-1984 coordino talleres de poesía en Filial Sur de la Sade. Participo en los encuentros “Jueves con Juglares” en el bar “La Poesía” ubicado en el barrio bohemio de San Telmo.

Integro el “Grupo de los Siete” desde 1983 hasta 1986.
Gambetas y Firuletes es un libro singular cuya tapa (ilustrada por Sanyu, o sea –Héctor Sanguiliano–) tiene la vivacidad expresiva que se despliega en la páginas de este poemario.

Antes de entrar en algunos de sus textos recordemos el comentario que aparece en la contratapa del volumen, escrito precisamente, por Rafael Vázquez, excelente poeta entre otros que integrábamos el “Grupo de los Siete”, comprometidos todos con la sociedad y la poesía.

Desde el título Oscar González nos invita a gambetear con la palabra y el dibujar firuletes metafóricos. Siempre, sin excepción, entramando mensajes socioculturales vigorosos. No en vano abre el volumen con las palabras de Eduardo Galeano: “Para que escribe uno, si no es para juntar sus pedazos”.

Cuatro secciones conforman el libro: `Bengalas´, `Instrumentos de la magia´, `Mujeres de Buenos Aires´, `Aquel cielo pendiente´. Cuatro enunciados que van abriéndose entre “locos” como Arlt, Piazzolla, etc.; o entre `Duelos de patotas´. Es este un poema donde Oscar González deja volar su imaginería tan singular como traviesa:

“Una patota de ratones
desaforados
....................

a la vez, la patota de gatas
avanza segura por el callejón
de tu mirada”. (13)

Como dice Rafael Vázquez: fútbol y tango tejen la escritura de este creador porteño y a la vez universal.

Cuando recuerda al célebre jugador Corbatta (fines de 1950) lo diseña así:

“Con su cara de rata, pantalludas orejas
y las piernas oscuras
como alambres con pelos.
Gorrión empotrerado
.................................

Para él cada partido fue un juego de rayuela”. (31)

Un vocabulario exclusivo confiere a la poesía de Oscar González potencia, belleza y fiera policromía. Por momentos incorpora frases del lunfardo, del refranero popular, con esa impronta sagaz de jerga orillera. A Corbatta lo llamo “arquitecto mandinga”.
Bandoneones, violines, pianos, contrabajos y cantores acuden en estos cantos donde la evocación y el ronroneo barrial se dan cita. Oscar González conjuga todas las artes en su despierto tránsito bohemio. Amante del verso, la pintura la música, evoca a la Venus Criolla de Emilio Centurión en el magnifico poema como esa obra de `Centurión el mago´, como él lo califica. Este texto, no solo resulta un acabado logro lírico sino una intensa declaración social y antropológica:

“Exaltado y preciso,
dejo esa hembra americana
sólida como un árbol, de pechos cerriles
y caderas mandinga.
.................................

Tiempo después, innumerables venus
levantaron vuelo.
Llegaron a un día cualquiera
a Retiro o Lacroze
y alborotaron el aire
cuando urpilas de fuego, cruzaron la avenida”. (51)

Cada página de Gambetas y Firuletes merece una admiración reflexiva. Como homenaje al cielo que cubrió los días de la emancipación Oscar González cierra el libro con su prosa enternecida. Bajo el título `Aquel cielo pendiente´ deja su testimonio recordando al hombre de la Banda Oriental (amigo de Artigas), autor de los Cielitos Patrióticos de quien no quedan retratos.

Aquí recogemos las líneas finales de Gambetas y Firuletes:

“Se sabe que (Bartolomé Hidalgo) anduvo leyendo sus versos en el sitio de Montevideo y vendiendo sus coplas en la recova vieja cuando tuvo que cruzar el río. La muerte lo alcanzo en Morón a los 34 años, apenas la primavera del 22 estallaba en cardos”.
“De pie, en la periferia de los honores y en el centro de las penurias, pudo plasmar aquel cielo pendiente:
Cielito cielo dichoso,
cielo del americano,
que el cielo hermoso del Sud
es cielo más estrellado”. (73)
.
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