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NPersonajes
por Teresa Naios Najchaus»n
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Osvaldo Dragún
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Osvaldo Dragun Fue en 1999.
Así lo señala el calendario.
Chacho Dragún partió un lunes de junio, a los setenta años, edad que desmentía su sonrisa, su aire juvenil, en un rostro que se le iba surcando, por haber vivido.
Ocurrió en la platea del cine Gran Splendid, a la hora que Dragún brindaba por la vida, cuando "estacionaba" en Cuba.
La noticia convocó a los teatreros y la noche se volvió amanecer, en el Cervantes.
Allí estuvo, hasta ese instante, dirigiendo el teatro en el que aún se escucha su infinito e indeclinable transitar por una vocación que creció en su adolescencia.
Chacho vivió en la calle Amberes, cuando el matrimonio Dragún y sus tres hijos, dos varones y una mujer, se trasladaron de Entre Ríos a Buenos Aires, "huyendo" de las langostas, esperanzados de gambetearle a la ilusión, nuevos espacios.
Aporteñados, sin olvidar las raíces, el hogar de los Dragún fue una cancha teatral y futbolera.

Y en ese hacer haciéndose, la vocación se fue afirmando.
En un club barrial, un grupo de iniciados, orquestado por Dragún, interpretaba La isla desierta, obra de Arlt, que el elenco ensayó meses.
"El tío de Chacho", médico valorado en su criterio artístico, se encontraba en la platea.
Y fue ese tío, desestimado en su opinión, cuando propuso, fútbol para los hombres, a la cocina las mujeres; receta impugnada por el flamante elenco, aún aceptando las falencias del comienzo.
El teatro se nos había hecho carnadura en el alma, antes de consumar la afrenta.
Ocurrió en la década del cuarenta, en el Shólem, familiaridad que le quitó el Aléijem a la institución que le brindó su espacio a las "jóvenes promesas", estudiosos del método que intentó ser de Stanislavsky, en el balbuceado universo.
Después, La peste viene de Melos, dirigida por Oscar Ferrigno en el mítico Fray Mocho, entrecruzó los siglos y clamó en América Latina por la libertad del hombre, anhelo recurrente, "primer grito", dijo Dragún, acerca de aquel clamor que lo consagró hombre teatral, definitivamente.
Tupac Amaru; Los de la mesa diez; Historias para ser contadas, afirmaban la dupla Dragún-Ferrigno; le cabe al Fray Mocho el haber estrenado a Andrés Lizarraga, Bernardo Canal Feijóo, Blas Raúl Gallo; autores que encontraron en el galpón de la calle Cangallo, hoy Perón, transformado en una sala teatral, la posibilidad de compartir con otros creadores, la representación de sus textos.
"Entonces poblamos el escenario de imágenes, no de ideas. De síntesis gráficas, no de explicaciones. Rompimos con la rutina de una realidad aparente, para intentar el Espectáculo de la Realidad".
Después de esas Historias, llegaron otras.
Milagro en el Mercado Viejo y Heroica de Buenos Aires, obtuvieron el Premio Casa de las Américas, en 1962 y en el '66, respectivamente.
En ese tiempo, un treitañero Dragún estrenaba en Cuba, Santa Camila de La Habana Vieja, convertida en un clásico del teatro cubano.
Militante de la vida, noctámbulo fiel a "su" calle Corrientes, tantas veces recreada, amigo de esos soñadores que generaron tarimas teatrales en Buenos Aires, el hombre enamorado de sus mujeres "reales", sintió por Amoreta confesado enamoramiento autoral.
El mundo femenino se reflejaba en su dramaturgia, y Dragún la había creado a Amoreta sensual, dueña de una vitalidad atrapante.
Junto a él, cuando Chacho inició su partida.
Ya sus obras habían sido traducidas al japonés, al flamenco, al ruso, al alemán, al inglés; y La Parca lo sabía cuando le sopló a su corazón un final tangueado alrededor del Obelisco.
¿Acaso no tituló Dragún El Obelisco y yo, a una de sus piezas?
Recordamos algunos nombres...
Y nos dijeron que éramos inmortales; Y por casa ¿cómo andamos?; Al perdedor; Al vencedor; Al violador...
Pensaba Dragún en una Argentina incorporada al continente, a través de un hecho cultural, no sólo teórico.
"Para decir que somos latinoamericanos, es fundamental ubicar nuestras culturas dentro del contexto que las genera".
Pensaba en un país fundido a América Latina.
Osvaldo Dragún creó y dirigió la Escuela Internacional de Teatro para América Latina y el Caribe.
"En Cuba viví momentos muy hermosos, allí dirigí un seminario autoral del que surgieron los que hoy son los dramaturgos más importantes del país".
Pensó que también que existía una dramaturgia argentina cuando impulsó Teatro Abierto, primera manifestación cultural contra la dictadura.
Y esa "locura" nutricia, compartida en los bares con Gorostiza, Cuzzani, Cossa, originó "esa sana inconsciencia que nadie podía destruir", y así fue como actores, directores, escenógrafos, autores, críticos, gestaron en las entrañas de la represión, el embrión de un movimiento que marca un hito convocante fijado al corazón del teatro argentino.
Un público multitudinario acompañó la propuesta que derivó a la danza, a la poesía, a la música.
El seis de agosto de 1981, el fuego arrasó al Picadero, sede del Teatro Abierto.
Y fue el fuego, y fueron las cenizas multiplicadoras de ese hecho que trascendió las fronteras.
Teatro Abierto enriqueció el entorno cotidiano, y hombres y mujeres se plegaron a esa fiesta que había convertido al país en un escenario pluralista, alineado en los principios éticos de la escena independiente.
Pensaba Dragún en tantas cosas...
En 1996, invitado por Pacho O'Donell, aceptó la dirección del Teatro Nacional Cervantes.
Y desde ese lugar controvertido, criticado por algunos compañeros de ruta, Osvaldo Dragún le abrió las puertas de esa sala de artistas que expresaban con sus tonos, los matices creativos de América Latina.
En 1999 el Festival Iberoamericano realizado en el Cervantes, plasmaba su esperanza.
Osvaldo Dragún,
querido Chacho,
nació el 9 de mayo de 1929.
Partió el 14 de junio de 1999.
Vivió en el convulsionado Siglo XX.
Su cara se fue surcando, sin maquillaje.

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