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Y en ese hacer haciéndose, la vocación se fue afirmando.
En un club barrial, un grupo de iniciados, orquestado por Dragún,
interpretaba La isla desierta, obra de Arlt, que el elenco ensayó
meses.
"El tío de Chacho", médico valorado en su
criterio artístico, se encontraba en la platea.
Y fue ese tío, desestimado en su opinión, cuando propuso,
fútbol para los hombres, a la cocina las mujeres; receta
impugnada por el flamante elenco, aún aceptando las falencias
del comienzo.
El teatro se nos había hecho carnadura en el alma, antes
de consumar la afrenta.
Ocurrió en la década del cuarenta, en el Shólem,
familiaridad que le quitó el Aléijem a la institución
que le brindó su espacio a las "jóvenes promesas",
estudiosos del método que intentó ser de Stanislavsky,
en el balbuceado universo.
Después, La peste viene de Melos, dirigida por Oscar Ferrigno
en el mítico Fray Mocho, entrecruzó los siglos y clamó
en América Latina por la libertad del hombre, anhelo recurrente,
"primer grito", dijo Dragún, acerca de aquel clamor
que lo consagró hombre teatral, definitivamente.
Tupac Amaru; Los de la mesa diez; Historias para ser contadas, afirmaban
la dupla Dragún-Ferrigno; le cabe al Fray Mocho el haber
estrenado a Andrés Lizarraga, Bernardo Canal Feijóo,
Blas Raúl Gallo; autores que encontraron en el galpón
de la calle Cangallo, hoy Perón, transformado en una sala
teatral, la posibilidad de compartir con otros creadores, la representación
de sus textos.
"Entonces poblamos el escenario de imágenes, no de ideas.
De síntesis gráficas, no de explicaciones. Rompimos
con la rutina de una realidad aparente, para intentar el Espectáculo
de la Realidad".
Después de esas Historias, llegaron otras.
Milagro en el Mercado Viejo y Heroica de Buenos Aires, obtuvieron
el Premio Casa de las Américas, en 1962 y en el '66, respectivamente.
En ese tiempo, un treitañero Dragún estrenaba en Cuba,
Santa Camila de La Habana Vieja, convertida en un clásico
del teatro cubano.
Militante de la vida, noctámbulo fiel a "su" calle
Corrientes, tantas veces recreada, amigo de esos soñadores
que generaron tarimas teatrales en Buenos Aires, el hombre enamorado
de sus mujeres "reales", sintió por Amoreta confesado
enamoramiento autoral.
El mundo femenino se reflejaba en su dramaturgia, y Dragún
la había creado a Amoreta sensual, dueña de una vitalidad
atrapante.
Junto a él, cuando Chacho inició su partida.
Ya sus obras habían sido traducidas al japonés, al
flamenco, al ruso, al alemán, al inglés; y La Parca
lo sabía cuando le sopló a su corazón un final
tangueado alrededor del Obelisco.
¿Acaso no tituló Dragún El Obelisco y yo, a
una de sus piezas?
Recordamos algunos nombres...
Y nos dijeron que éramos inmortales; Y por casa ¿cómo
andamos?; Al perdedor; Al vencedor; Al violador...
Pensaba Dragún en una Argentina incorporada al continente,
a través de un hecho cultural, no sólo teórico.
"Para decir que somos latinoamericanos, es fundamental ubicar
nuestras culturas dentro del contexto que las genera".
Pensaba en un país fundido a América Latina.
Osvaldo Dragún creó y dirigió la Escuela Internacional
de Teatro para América Latina y el Caribe.
"En Cuba viví momentos muy hermosos, allí dirigí
un seminario autoral del que surgieron los que hoy son los dramaturgos
más importantes del país".
Pensó que también que existía una dramaturgia
argentina cuando impulsó Teatro Abierto, primera manifestación
cultural contra la dictadura.
Y esa "locura" nutricia, compartida en los bares con Gorostiza,
Cuzzani, Cossa, originó "esa sana inconsciencia que
nadie podía destruir", y así fue como actores,
directores, escenógrafos, autores, críticos, gestaron
en las entrañas de la represión, el embrión
de un movimiento que marca un hito convocante fijado al corazón
del teatro argentino.
Un público multitudinario acompañó la propuesta
que derivó a la danza, a la poesía, a la música.
El seis de agosto de 1981, el fuego arrasó al Picadero, sede
del Teatro Abierto.
Y fue el fuego, y fueron las cenizas multiplicadoras de ese hecho
que trascendió las fronteras.
Teatro Abierto enriqueció el entorno cotidiano, y hombres
y mujeres se plegaron a esa fiesta que había convertido al
país en un escenario pluralista, alineado en los principios
éticos de la escena independiente.
Pensaba Dragún en tantas cosas...
En 1996, invitado por Pacho O'Donell, aceptó la dirección
del Teatro Nacional Cervantes.
Y desde ese lugar controvertido, criticado por algunos compañeros
de ruta, Osvaldo Dragún le abrió las puertas de esa
sala de artistas que expresaban con sus tonos, los matices creativos
de América Latina.
En 1999 el Festival Iberoamericano realizado en el Cervantes, plasmaba
su esperanza.
Osvaldo Dragún,
querido Chacho,
nació el 9 de mayo de 1929.
Partió el 14 de junio de 1999.
Vivió en el convulsionado Siglo XX.
Su cara se fue surcando, sin maquillaje.
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