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NCrónicas
de Bahía Blanca |
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| Bahía
Blanca: Sus mujeres en el tiempo fundacional. |
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Vorágine,
estupor, angustia, desencuentro.
El país se debate sin proyecto. La tierra enmudecida ha dejado
de ser ese granero que pudo alimentar al mundo y nuestra gente, la
que hoy corre preocupada porque no puede usar su dinero y la otra,
con el dolor dibujado en el rostro porque no puede ahora, no podía
antes y el no poder es tan amplio que implica poner en riesgo la vida
de los hijos.
Dónde quedaron los sueños? No están tan lejos,
cien años? retrocedamos más aún, doscientos años?
Sólo doscientos años en la historia y nos encontramos
con un país no nacido.
Es fácil imaginar a Bahía Blanca junto a la ría,
con su caserío chato y una inmensa pampa rodeándola,
elevándose en su entorno.
Puedo pensar en su pueblo. Debieron ser fuertes y valientes para atreverse
a soñar con el futuro con vientos huracanados, mordiendo la
tierra y esquivando las piedras en la cara.
Puedo pensar en sus mujeres, muchas llegadas de Europa, conociendo
las grandes catedrales, los puentes y palacios, las arañas
y las cortinas y ahora aquí, con un esposo para acompañar,
hijos, un hogar, transmisoras de una cultura milenaria que no les
impidió amar las noches silenciosas, el cielo austral, el sabor
de los pastos, el olor de los cultivos. Trajeron el legado de un continente
que ya no los contenía, trajeron el dolor de las guerras y
la esperanza de un mundo en paz. |
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"Lugar de Fundación"
Fuente de la foto: "Bahía Blanca en imágenes 1828-1928"
del libro de María Elena Ginóbile y Ana Luisa Dozo |
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Aprendieron,
además, a proteger y ayudar a las mujeres recuperadas del cautiverio,
a las que eligieron volver. Esas otras mujeres, también merecen
un lugar en nuestro retroceder en el tiempo.
Debieron convivir con distintas tribus, recorriendo gran parte de
nuestra Patagonia a pie, a caballo, tomadas de la cintura, presa robada
al hombre blanco. Aprendieron, callaron y supieron sabiamente que
no tenían derechos. Supieron ser madres de los hijos del indio
y esto las volvió mansas. La liberación y el regreso
a la civilización significaban perder a sus hijos mestizos
y la posibilidad de crear para ellos una cultura entre los cardos
y los salitrales de la pampa.
Las cautivas debieron aprender, además, a convivir con la mujer
del indio, que era desde apenas abandonada la niñez, conocedora
silenciosa de su lugar. Sabía que debía ocuparse de
sus hijos, de las comidas, de los traslados y especialmente de seguir
siempre atrás, las rutas elegidas por los hombres de la tribu.
Europeas, cautivas, aborígenes. Distintas lenguas, distintos
pasados, vientres fieles algunas, "vientres divididos" las
otras. Todas madres, todas pasajeras de una tierra que se resistía.
Ellas amalgamaron la raza.
Me gusta mirar en silencio y ver pasar cabellos rubios, ojos marrones,
pieles aceitunadas, narices aguileñas. Me gusta pensar en las
historias de los rostros. ¿Sentirán el llamado de la
sangre? ¿Sentirán que les pide tocar la gaita, revolver
el guiso, pulir la flecha, guardar el relicario?
Formar el ser nacional, pensarnos argentinos, es una gesta en sí
mismo. Si tuviésemos memoria y pudiéramos reconocernos
en el barco, en el galope del caballo y en los pastos duros también
seríamos capaces de reconocer el camino para darnos juntos
la posibilidad de ser felices.
Bibliografía
"El rol protagónico de la mujer en el escenario patagónico.
La indígena, la cautiva, la inmigrante"
María
Elena Ginóbili |
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