
Cacique Sayhueque

Tapa del libro " Sayhueque,
el último cacique" |
Desde
esta columna hemos hecho referencia a aniversarios
cumplidos en el año 2002, vinculados
con Bahía Blanca y su historia y aunque
el año haya terminado, nos queda un
homenaje por cumplir: el 8 de octubre de 1903
murió en la toldería de La Piedra
del Sotel, a orillas del río Genua,
en Chubut, Valentín Sayhueque, el Rey
de las Manzanas.
En el libro de Curruhuinca-Roux “Sayhueque,
el último cacique. Señor del
Neuquén y La Patagonia”, que
sirve de base a este trabajo, se incluye un
texto de Adán Quiroga: |
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Apartar
al indio de la
historia es desdeñar nuestra
tradición y renegar de nuestro
nombre de “americanos”;
y
esto es lo que hemos hecho
desde los tiempos de Colón,
primero en nombre de Dios
Nuestro Señor, después
en
nombre del Rey y por último,
en nombre de la Patria |
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Siempre
he creído que cada historia personal
se construye cuando se logra reconocer y reunir
las distintas raíces, las etnias de
procedencia, en un aquí y un ahora
que nos identifica. La historia del país
debiera volver a escribirse para reconocer
a todos sus protagonistas. Esto también
es recobrar la memoria y hacerse cargo de
nuestro primer genocidio.
La historia de Bahía Blanca se inicia
y se define en directa relación a la
llamada “Conquista del desierto”.
Las tierras de Sayhueque abarcaban cien mil
kilómetros cuadrados, al sur de los
ríos Negro, Colorado, Neuquén
y Limay y desde la cordillera hasta el mar.
Era hijo de un cacique araucano, Chocorí
y de una tehuelche. El territorio dominado
por Chocorí incluía a Bahía
Blanca.
Valentín Sayhueque nació, aproximadamente
en 1830. Para esos tiempos Juan Manuel de
Rosas (1832) ya presentaba su proyecto de
lucha contra los aborígenes a la Legislatura
de la provincia de Buenos Aires.
La idea de Rosas era avanzar hacia el sur
del río Colorado y remontar el río
Negro, es decir ingresar y dominar la Nación
Mapuche.
En ese clima nace Sayhueque. Clima de libertad
de una patria que empieza a crecer y de pactos
genocidas de quienes no quieren la integración
de los naturales de la tierra, sino sus exterminio,
en nombre del avance de las fronteras y la
civilización.
El primer problema para este proyecto fue
Chocorí, el padre de Sayhueque.
Las tropas de Rosas superaron el Sauce Chico,
cerca de Bahía Blanca y comenzaron
la persecución de Chocorí, que
se refugió cerca del río Colorado.
Según Francisco P. Moreno, en esa huida,
Chocorí llevaba en sus brazos a Valentín.
A Chocorí lo mató el Coronel
Sosa, en 1833, durante esa campaña.
En su juventud Sayhueque subió y bajó
por las tierras que habían sido del
dominio de su padre y comenzó a afianzar
su poder. Tehuelches, araucanos, manzaneros,
pampas, mapuches, todos reconocían
su autoridad.
Lo visitaron George Chaworth Muster, Foyel
y Moreno. Le brindaron comprensión
y respeto, pero a la vez llevaron al mundo
del hombre blanco la visión de esa
tierra de ríos, manzanas y piñones,
hielos y lagos. Transmitieron la inconmensurable
belleza del sur y marcaron caminos e informaron.
Estos relatos despertaron el interés
de comerciantes, gobernantes, terratenientes.
La lucha armada contra el indio tomaba forma
y sentido.
En esta historia son trascendentes figuras
como la de:
–Julio A. Roca que en 1878 desestima
la posesión del País Mapuche
por la fuerza, pero pone distancia entre su
palabra y los hechos que promueve.
–Estanislao Zeballos que estudia La
Pampa y La Patagonia y aconseja ganarse la
amistad y la confianza del Cacique, pero a
la vez considera que se debe ser implacable
con los Pampas, Puelches, Ranqueles y Salineros.
–Napoleón Uriburu que decide
cruzar el Neuquén y hostiliza y persigue
a los mapuches.
En 1884 el poder de Sayhueuqe se mantenía.
Cuando Moreno lo visita en su segundo viaje
y llega a las tolderías se asombra
con los vistosos colores, los tejidos, las
lanzas y hace referencia a un episodio singular:
en el toldo de Sayhueque flameaba la bandera
argentina, la que él le había
dejado en su viaje anterior.
En la medida en que avanza el ejército
y derrotan a muchos pueblos aborígenes,
Sayhueque comienza a peregrinar con su gente
por distintos lugares.
Finalmente, el 1de enero de 1885 se presentó
en Junín de los Andes con otros caciques
y ese fue el final del poder, de la posibilidad
de vivir. La Patagonia majestuosa dejó
de pertenecerles.
Lo condujeron a Carmen de Patagones y de ahí
a Buenos Aires, previa escala en Bahía
Blanca, en el vapor “Pomona”.
Lo alojaron en Retiro donde pasó a
ser, junto a su gente, un objeto de observación,
precisamente en las fiestas de Carnaval. Los
diarios de la época se hicieron eco
de los sucesos. Lo fotografiaron, lo entrevistaron
y lo vistieron de compadrito.
Se entrevistó con Moreno, con el Ministro
de Guerra, con el Arzobispo, con el Presidente
Roca. Pedía tierras para su gente.
Un lugar para vivir en paz, un lugar para
la dignidad.
En un periódico aparece el siguiente
texto, como parte de una nota amplia y dolorosa,
al menos dolorosa para los que reconocemos
el valor de cada hombre y sus derechos, dolorosa
por repetida, dolorosa por su actualidad.
Se refería al trato dado a las familias
aborígenes que eran llevadas a Buenos
Aires.
“Algunas de las familias fueron entregadas
a otras de nuestra sociedad. Así debe
hacerse. Porque lo que hasta hace poco se
hacía era inhumano, pues se les quitaba
a las madres sus hijos, para en su presencia
y sin piedad, regalarlos, a pesar de los gritos,
los alaridos y las súplicas que hincadas
y con los brazos al cielo dirigían”
El 1 de abril lo embarcan para La Patagonia.
Quedan en Buenos Aires, presos, los capitanes
fieles, su hijo, familias.
Los llevan a Chinchinales, cerca de la actual
Villa Regina. Donde estaba parte de su gente.
Este es un destino transitorio, a la espera
de las tierras prometidas, pero pasan así,
más de diez años.
En 1896 Sayhueque y su gente se acercan a
las tierras asignadas. Son las lomas de unas
sierras pedregosas, en Chubut, lejos de sus
ríos y sus verdes.
Cuando se establecieron en el valle de Genua,
ya la vida del Cacique se apagaba. El Jefe
que se reconocía a sí mismo
como argentino, el que hacía flamear
la bandera nacional, el que creía ser
parte de un proyecto, el que estaba dispuesto
a defender las fronteras. Murió sin
poder ver a su pueblo reunido, fiel a su fe
mapuche y como dice Curruhuinca- Roux:
“Y Sayhueque subió al Huenú.
Un Huenú de pastos verdes y húmedos...”
En el verano de 2003 un verano que marcó
mi propia historia, conocí en Pehuenia
a Laura Catrileo, nieta del Cacique, como
ella se presenta. Me habló de pueblo,
me pidió que leyera el libro que he
mencionado. Lo conseguí en una pequeña
librería en Aluminé. Lo leí
avanzando y retrocediendo, descifrando el
mensaje, vibrando con la fuerza de los sentidos
y las palabras, llorando.
Y hoy cuento esta historia en nombre de Laura
y en el nombre de los usurpados, de los traicionados.
Todos somos La Argentina, que no es un pueblo,
exclusivamente descendido de los barcos. Los
mapuches, los quilmes, los coyas, los matacos,
están, nos miran, esperan. Para ellos
el tiempo es una concepción diferente,
es una cosmovisión, no tienen prisa. |
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