| El
lunático de la corona de espinas junta los bártulos, los gritos, los
silencios de su incesante noche y rehace la travesía de las calles de
la ciudad que teme y ama, de la ciudad que lo atrae y destierra. Ante
cada ventana, se detiene y repite el sermón de los infiernos. "Yo la
viví, antes de mí, yo la viví". "Este fraude de vida, ya lo viví; ya
viví este despojo, estos ultrajes, estas deshonras". No lo consientan
más -repite- son carroña, los amos del oro y los amos del templo; llevan
rostro humano, pero son carroña. Es imprescindible quitarles las llaves
de todo, arrebatarles la historia, estragarles la página siguiente, impedirlos
-repite-. Y salvar a los niños, a los niños, sobre todo. |