Con
ojos de estúpida aprobación, el papá mira T.V.
La mamá mira T.V. con ojos de estúpida languidez.
El
niño juega a no jugar más
y se prueba dos grandes plumones y proclama
su condición de ave; más precisamente de cóndor.
Y
da vueltas y vueltas en torno de la mesa
y vuelve a proclamarse ave y avisa que volará;
avisa que ya abre el ventanal y avisa
que ya se pone cerca del aire
y que ya lo alcanzó y que, ciertamente, va a volar.
El
papá mira su estúpido programa favorito.
La mamá mira su estúpido programa también.
El niño entra en el aire y vuela, o cree que vuela,
y vuela contra la gravedad de las leyes y vuela
contra las leyes de gravedad y vuela sobre
el asombro de la gente, los temblores de todos,
la exaltación de los chicos,
el desconcierto de los clérigos y vuela
dentro de la imagen de la T.V.,
lo que provoca en mamá y papá, una descomunal,
estúpida sonrisa de supremo candor.
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