| En
esta vereda juega Marito. Juega a la pelota y en su
carrera supera a uno, dos, tres contrincantes y enfrenta
el arco y convierte para el delirio de la multitud que
lo aclama. La multitud que el sí oye y ve. Juega
a jugar.
Del otro lado de la noticia, en la vereda de enfrente,
juega Abdel Al Jatar. Juega que está en un parque
de diversiones. Y goza y ríe y muerde con entusiasmo
un pastel de miel y goza y ríe. Juega a jugar.
Una nube de miedo, intensamente oscura se acuesta sobre
la ciudad. Y habla, o ruge, como cuco, como fantasma,
como prodigio bestial. Y nada dice mas que repetir:
noche, penumbra, oscuridad. Para que todo juego se quiebre
y todo sueño se interrumpa. Entre pavor y pavor
las voces vocesitas de los pequeños se ponen
en el aire. Y a un mismo tiempo –no concertado–
ambas claman por la luz, por el día raptado,
recluido. Ambas reclaman por las mamás y los
juegos atrapados en las tinieblas.
Y lo que fueron vocesitas apenas, se alzan, crecen,
se levantan hasta truenos, hasta fragor, hasta detonación.
Hasta coro implacable, hasta incontenible legión.
Ahora son cientos, miles, millones de Maritos y Abdules
que ganan la calle, ganan el aire el cielo todo de la
ciudad que es una. Una, plena, espléndida de
juegos y luz.
Una la ciudad.
Una vereda es aquí.
La otra es Bagdad.
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