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NVista Terrestre
por Marcos Silber»n
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Juegos en la ciudad.
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En esta vereda juega Marito. Juega a la pelota y en su carrera supera a uno, dos, tres contrincantes y enfrenta el arco y convierte para el delirio de la multitud que lo aclama. La multitud que el sí oye y ve. Juega a jugar.

Del otro lado de la noticia, en la vereda de enfrente, juega Abdel Al Jatar. Juega que está en un parque de diversiones. Y goza y ríe y muerde con entusiasmo un pastel de miel y goza y ríe. Juega a jugar.

Una nube de miedo, intensamente oscura se acuesta sobre la ciudad. Y habla, o ruge, como cuco, como fantasma, como prodigio bestial. Y nada dice mas que repetir: noche, penumbra, oscuridad. Para que todo juego se quiebre y todo sueño se interrumpa. Entre pavor y pavor las voces vocesitas de los pequeños se ponen en el aire. Y a un mismo tiempo –no concertado– ambas claman por la luz, por el día raptado, recluido. Ambas reclaman por las mamás y los juegos atrapados en las tinieblas.

Y lo que fueron vocesitas apenas, se alzan, crecen, se levantan hasta truenos, hasta fragor, hasta detonación. Hasta coro implacable, hasta incontenible legión. Ahora son cientos, miles, millones de Maritos y Abdules que ganan la calle, ganan el aire el cielo todo de la ciudad que es una. Una, plena, espléndida de juegos y luz.

Una la ciudad.
Una vereda es aquí.
La otra es Bagdad.

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