| Es
heladera humana el ascensor, donde cada cual es único.
Y sólo. Seca la boca. Los ojos ensombrados. Y
nieva sobre cada sólo, sobre cada lindante extranjero
cada contiguo ajeno cada desconocido cercano. Nieva
en el ascensor de la ciudad. En el transporte siempre
invernal de la ciudad. Viaja lejano el pesar de uno.
Irreconocible viaja de otro la felicidad. Pero una corriente
invisible se desprende de cada cual. Una ola inmaterial
escapa de cada cual. Y uno, no importa quien, cita la
tragedia, dice es la guerra dice demolieron el juego
de los niños dice el trabajo de los mayores aniquilaron,
apalearon la quietud, saquearon la vajilla, quemaron
los manteles dice. Uno, no importa quien. Y dice vagan
los fantasmitas, calcinados van los huerfanitos. Antes
y después de muertas van salvajes las mamás.
Allí.
Donde la guerra. Cerca se cita el dolor de lejos. Aquí
se reúne el dolor de allá.
Como de propia carne. Como de algunos de acá.
Al ascensor subió la noticia. La del dinosaurio
del horror. Y con ella la furia subió. Y se queda
como fuego entre todos. De modo que la soledad arde
y arde la lejanía y el abandono y el desinterés
arde.
Del ascensor que toca tierra descienden todos como uno.
Uno que dice vida y otro que repite vida y vida que
proclaman los demás. Una como ráfaga se
despliega se expande se alza. La penumbra se repliega.
Retrocede el silencio el miedo se entrega.
Una sombra parecida a la muerte, se aleja, avergonzada. |