| Verano.
No cede la caldera de la ciudad. Hierve el aire. La
mirada de la gente, la leche de la sofocación.
El insípido cemento del tonto obelisco se deja
admirar por el visitante, al fin, desencantado. Otros,
miembros de la sagrada orden del consumo, compran, acumulan,
se apropian para desembarcar en templos gastronómicos
y allí complacer toda la voracidad. Espléndida
la City, se da, se ofrece, se entrega, amigable, generosa
de tiempo completo. Pero se quiebra la escenografía,
la armonía se lastima con el opulento desfile
de los desamparados, la revista miserable de los desvalidos,
con esos despojos de hombres con sus mascarones, esas
mujeres viudas de todo, atravesadas de oscuridad, esos
pequeños ancianitos, esa muchedumbre de insomnes,
de fantasmas; postal de seducción para la cámara
que usurpará la imagen que proveerá curiosidad
y asombro. Piqueteros se dicen. Piqueteros los llaman.
Visitantes de la casa propia/ajena. Visitantes no convidados
a la mesa propia/lejana.
Pintoresca la ciudad, enriquecida ahora con el coro
de los más lastimados y ofendidos; beneficiada
ahora la ciudad, con la coreografía del paso
de los más dañados, la parada de los condenados
a la nada que decidieron detonarse las historias, derrotar
el pantano y desplegar en los cielos y las calles de
la City, estandartes de impostergables derechos, enseñas
de terminante dignidad. Piqueteros se dicen. Piqueteros
los llaman. |