| Nuevamente el cortejo de los asustadores.
Otra vez la banda de los resucitados. Fantasmas de la
miseria rompiendo el fiel de la siesta. Otra vez el
barullo de la demanda, los redoblantes de una tripa
multitudinaria tronando hambre de actualísima
antigüedad. Otra vez, la bella dignidad de los
feos alterando el hábito inmune de hogares consagrados.
Otra vez el rebaño de los bárbaros marchando
sobre el escenario de la respetable city, desencajando
la sensatez, descarriando la luz de la tarde, degradando
la paz de tanto obediente, tanto prolijo, tanto manso
ciudadano de la honorable City. Como cimitarra de Dios
bajo el coro de los despojados de todo. Y se raja la
mejilla del día, y se cubre los ojos la pura
señora de misa diaria, y se bloquea los oídos
el puntilloso vecino cumplidor de las leyes. Y se descubre
la funda del arma el guardián, y se relame el
camarógrafo con la anochecida máscara
de la gritona que comanda la legión de los aturdidores.
Arde la calle. Asciende al aire un temblor de esos que
presagia un sismo del revés. De esos que acomodan
y reorganizan y reconstruyen y disponen las cosas, la
vida, el trabajo, el sueño de la gente de modo
que todo se vuelva mas justo y humano. Otra vez el cortejo,
los ángeles negros anunciadores de una nueva
aventura que apunta al corazón de la humana felicidad.
No es la toma de la Bastilla, pero sí de una
conciencia en alza que propone y ofrece razones para
que todo se mude a otro escenario donde el agua bendita
del bienestar de los más le gane definitivamente
a la miserable fiesta del privilegio de los menos. |