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NCrónicas de un náufrago urbano
por Hugo Toscadaray »n
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Humo de otoño.
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Cuando en otoño paso por una calle cualquiera, en la que algún vecino arrincona las hojas secas de los árboles contra el cordón de la vereda para prenderlas fuego, ese perfume único e irrepetible, que surge de aquella columna de humo, me lleva –inexorablemente– a mi barrio natal, a mi infancia.

Villa Luro fue mi país primero. Y ese país propio lindaba con la Plaza Vélez Sarsfield al norte y al sur con la Avenida Rivadavia. Allá, por el oeste, se extendía (con una significación que fue mayor y más profunda, después, con el correr de los años) la Plaza “Derechos del Hombre” y al este, la Avenida Segurola, que de segura no tenía nada, puesto que allí funcionaba el Consejo Escolar, sacro reducto en el que se torturaba a los niños de la zona con las supuestamente salvadoras inyecciones en la espalda. Jeringas más, moretones menos, a aquella geografía soy arrastrado cada vez que el humo del otoño –como un fantasma melenudo– me asalta en cualquier otra región de la ciudad. Por eso Buenos Aires, tiene para mí, siempre lo tendrá, ese perfume singular y ningún otro.

Aquel tiempo mágico acabó (después vendrán otros, pues la magia nunca se termina) con la aparición de los pelitos en las piernas, el natalicio de la pelusa bajo la nariz, el primer beso a Cecilia y, claro, las mudanzas. Primero me fui yo (pero no del todo, porque como dijo el gran Aníbal Troilo, “siempre estoy llegando”). Después se fueron los Morgado (sí, esos dos, Esteban y Claudio) y al final, mi hermanito del alma, Roberto Pericet y toda la trouppe (sí también esos, la mítica familia de bailarines españoles). Sépase comprender que todos nosotros, niños entonces, nacimos y crecimos entre Lope de Vega y Calderón de la Barca, rodeados por Cervantes, Víctor Hugo, Moliere, Virgilio y Dante, entre otros poetas y escritores que allí abundan. Demasiado peso como para no ser mínimamente sensibles a los cambios atmosféricos y/o emocionales.

Pero ahora quiero contar lo que ocurrió una tarde, perdida en la inmensidad de las tardes. El gordo Marino –que tenía más o menos nuestra edad– descollaba por sus múltiples conocimientos en el tópico que fuese. Realmente a su lado éramos, todos los niños de la cuadra, unos soberbios inútiles. Sus padres eran los encargados de difundir las hazañas del hijo varón en almacenes, ferias y mercados. Su hermanita menor se ocupaba de los ámbitos educacionales y su abuela ¡ah, su abuela!, del barrio propiamente dicho, esto es: casa por casa, vecino por vecino. La viejecita se sentaba todo el día, a la sombra del paredón de la casa, a tejer (y destejer), como una Penélope entrada en carnes y en años, con el sólo objetivo de aguardar el paso desprevenido de algún transeúnte, para así –abalanzándose sobre el desdichado– poder desplegar –in situ– un sinnúmero de atributos y habilidades que su nieto poseía.

Y de ese modo transcurría, nomás, el tiempo tranquilo del barrio; hasta que llegó aquélla célebre siesta que rompió toda quietud. Sucedió que el gordo Marino, haciendo alarde de sus capacidades, intentó –vanamente– soldar con un trozo de estaño y el encendedor de su orgulloso padre, la perilla partida de una garrafa, repleta –claro– de su acostumbrado contenido. El estallido duró, quizá, dos o tres segundos. El desmoronamiento del paredón del frente, duró un poco más. De su abuela, a quien se suponía tejiendo en la vereda, como todos los días, apoyada en el paredón, no volvimos a saber. Se dijo un tiempo después, que unos minutos antes del mencionado accidente, ella había partido a Italia, en plan de visita familiar. En cuanto al gordo Marino, regresó al barrio varios meses más tarde, con once años recién cumplidos, totalmente pelado y lampiño para siempre. 
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