Cuando
en otoño paso por una calle cualquiera, en la que
algún vecino arrincona las hojas secas de los árboles
contra el cordón de la vereda para prenderlas fuego,
ese perfume único e irrepetible, que surge de aquella
columna de humo, me lleva –inexorablemente–
a mi barrio natal, a mi infancia.
Villa Luro fue mi país primero. Y ese país
propio lindaba con la Plaza Vélez Sarsfield al
norte y al sur con la Avenida Rivadavia. Allá,
por el oeste, se extendía (con una significación
que fue mayor y más profunda, después, con
el correr de los años) la Plaza “Derechos
del Hombre” y al este, la Avenida Segurola, que
de segura no tenía nada, puesto que allí
funcionaba el Consejo Escolar, sacro reducto en el que
se torturaba a los niños de la zona con las supuestamente
salvadoras inyecciones en la espalda. Jeringas más,
moretones menos, a aquella geografía soy arrastrado
cada vez que el humo del otoño –como un fantasma
melenudo– me asalta en cualquier otra región
de la ciudad. Por eso Buenos Aires, tiene para mí,
siempre lo tendrá, ese perfume singular y ningún
otro.
Aquel tiempo mágico acabó (después
vendrán otros, pues la magia nunca se termina)
con la aparición de los pelitos en las piernas,
el natalicio de la pelusa bajo la nariz, el primer beso
a Cecilia y, claro, las mudanzas. Primero me fui yo (pero
no del todo, porque como dijo el gran Aníbal Troilo,
“siempre estoy llegando”). Después
se fueron los Morgado (sí, esos dos, Esteban y
Claudio) y al final, mi hermanito del alma, Roberto Pericet
y toda la trouppe (sí también esos, la mítica
familia de bailarines españoles). Sépase
comprender que todos nosotros, niños entonces,
nacimos y crecimos entre Lope de Vega y Calderón
de la Barca, rodeados por Cervantes, Víctor Hugo,
Moliere, Virgilio y Dante, entre otros poetas y escritores
que allí abundan. Demasiado peso como para no ser
mínimamente sensibles a los cambios atmosféricos
y/o emocionales.
Pero ahora quiero contar lo que ocurrió una tarde,
perdida en la inmensidad de las tardes. El gordo Marino
–que tenía más o menos nuestra edad–
descollaba por sus múltiples conocimientos en el
tópico que fuese. Realmente a su lado éramos,
todos los niños de la cuadra, unos soberbios inútiles.
Sus padres eran los encargados de difundir las hazañas
del hijo varón en almacenes, ferias y mercados.
Su hermanita menor se ocupaba de los ámbitos educacionales
y su abuela ¡ah, su abuela!, del barrio propiamente
dicho, esto es: casa por casa, vecino por vecino. La viejecita
se sentaba todo el día, a la sombra del paredón
de la casa, a tejer (y destejer), como una Penélope
entrada en carnes y en años, con el sólo
objetivo de aguardar el paso desprevenido de algún
transeúnte, para así –abalanzándose
sobre el desdichado– poder desplegar –in situ–
un sinnúmero de atributos y habilidades que su
nieto poseía.
Y de ese modo transcurría, nomás, el tiempo
tranquilo del barrio; hasta que llegó aquélla
célebre siesta que rompió toda quietud.
Sucedió que el gordo Marino, haciendo alarde de
sus capacidades, intentó –vanamente–
soldar con un trozo de estaño y el encendedor de
su orgulloso padre, la perilla partida de una garrafa,
repleta –claro– de su acostumbrado contenido.
El estallido duró, quizá, dos o tres segundos.
El desmoronamiento del paredón del frente, duró
un poco más. De su abuela, a quien se suponía
tejiendo en la vereda, como todos los días, apoyada
en el paredón, no volvimos a saber. Se dijo un
tiempo después, que unos minutos antes del mencionado
accidente, ella había partido a Italia, en plan
de visita familiar. En cuanto al gordo Marino, regresó
al barrio varios meses más tarde, con once años
recién cumplidos, totalmente pelado y lampiño
para siempre. |