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NCrónicas
de un náufrago urbano |
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| Los
Latinos, Arquímedes, Cortázar y el Bebop. |
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Si,
como se ha dicho muchas veces, el baño es un templo
del pensamiento, el inodoro, pues, es su altar. Frecuentemente
allí nacen las más altas ideas, aunque con
la misma frecuencia, éstas van acompañadas
de los más bajas fragancias. Pero ya lo dejó
escrito el poeta latino: “stercus quique sum benet
olet”, es decir, a cada quién le gusta el
olor de su propio estiércol. Allí, entonces,
se evacua en dos sentidos. En uno que por delicadeza no
mencionaré y en el de la búsqueda de la
verdad, mediante la reflexión, la revelación
y posteriormente los descubrimientos, algunos de los cuales
han marcado los destinos de la humanidad. Aquí
me detengo, pues, se me ocurre que –quizá–
Arquímedes no se sumergió en la tina al
exclamar “¡Eureka!” y por lo tanto no
fue su cuerpo precisamente lo que se hundió para
dar principio a su famoso enunciado.
Muy lejos de las inspiraciones del poeta latino y de Arquímedes
(digo inspiraciones, porque de las aspiraciones prefiero
no acordarme) estaba yo en el baño cuando lo escuché
por primera vez. Corría la primavera del ‘68
(a la que nunca pude alcanzar y tampoco, hasta el día
de hoy, a las primaveras posteriores) justo entre el mayo
francés y nuestro “cordobazo” y acababa
yo de cumplir 11 años. Lo que entonces se coló
por la ventana del baño fue una música,
una música extraña que nunca antes había
siquiera podido imaginar que existiera, una música
dulce y violenta al mismo tiempo, desgarrada y precisa,
una música inolvidable. Estaba ocurriendo que mi
vecino de Villa Luro, llamado Horacio (para mí,
un viejo de 25 años) estaba escuchando un disco
de Charlie Parker. Era Horacio quien me prestaba los libros
aquellos, tan amados, de Dumas, Rostand, Melvielle, Hugo,
London o Defoe; esos mismos de la colección Robin
Hood. Este vecino fue el culpable de que por esos días,
yo exigiera a mi familia el cambio de hábito en
la “regalería” de cumpleaños
y otras fiestas, esos regalos de gran utilidad como ropa,
zapatos o rompecabezas fueron desplazados por el de los
inútiles libros. Resumiendo, la cuestión
fue que desde ese momento preciso quedé prendado
para siempre de aquella música que me atraía
casi hasta la hipnosis. Claro que seguí visitando
a Horacio, pero mi interés indisimulado pasó
de su biblioteca a su combinado Winco y su discoteca,
tanto que por un breve lapso abandoné los únicos
discos que yo poseía y que, por supuesto, aún
me acompañan: los de los Beatles.
Pasó el tiempo y me fui familiarizando con el bebop,
esa forma del jazz que me hacía sentir dentro de
una coctelera algunas veces y otras planeando entre las
alas de un cóndor. Por supuesto que –Horacio
mediante– fui conociendo detalles de la vida de
aquel músico, ese morocho de Kansas que se conducía
como un príncipe, que andaba por todos lados con
las Rubayats de Kayyam en un bolsillo, al que llamaban
Bird y que tocaba su instrumento como si se hubiera recibido
en el conservatorio de dios. Su tragedia, su pasar desesperado
por el mundo, me llenaron de inquietud y de curiosidad.
Un día, clavado en mi memoria como un tenedor de
fuego, el día que cumplí 12 años,
mi vecino me regaló un libro marcado en uno de
sus cuentos. Este no era de aventuras. En él no
había un mosquetero, ni un náufrago, ni
un pirata, ni siquiera un perro heroico, no; sólo
un hombre alucinado que tocaba el saxo. El autor no tenía
un nombre impronunciable; no era francés, inglés,
alemán ni ruso, no; además se llamaba igual
que el médico pediatra que atendía a nuestra
familia, o sea, el que presenció mi nacimiento.
Dicho escritor, como el médico, se llamaba Cortázar.
Lógicamente leí aquel cuento “El perseguidor”
una y otra vez y luego el resto de los cuentos de ese
libro, también una y otra vez. Es también
obvio que pasé de ese libro a cuanto libro del
tal Cortázar asomara delante de mis ojos. Y así
fue como poco a poco ese escritor se convirtió
entrañablemente en Julio, en algo así como
un amigo invisible e inseparable, tanto que cuando mi
vecino me hizo notar que entre este escritor y yo coincidía
la fecha de nacimiento, ambos el 26 de agosto, él
del ‘14 y yo del ‘57, casi me da un soponcio,
como si nacer en la misma fecha de alguien talentoso fuera
garantía de algo, pero claro, entonces yo era un
niño y por demás ingenuo (años más
tarde supe que en esa fecha pero de 1880, había
nacido Guillaume Apollinaire). “Soponcio”
escribí más arriba: ¡Qué palabra!
Si Charlie Parker la hubiera escuchado alguna vez, componía
un tema con ese título ¿Verdad Julio? “Soponcio
blues”, por ejemplo, o “Soponciobird”
o “Camino al soponcio”. La cosa es que entre
la música de uno y la escritura del otro, mi pre-adolescencia
se fue convirtiendo en una cerveza helada dentro del infierno,
pero también en un pan untado con alfileres, en
una mujer que no besa. Y así sale uno después:
medio loco, un poco atorrante, en fin, igual a esos amigos
que la vida nos arrima, esos que tanto queremos.
Permítaseme hacia el final de esta crónica
estampar una afirmación arbitraria: digo que el
bebop es al jazz, lo que el surrealismo a la literatura;
la vanguardia que sigue siendo, la de un tiempo que aún
no llegó y por lo tanto no acaba; la topadora que
día a día, desde la buena música
y la buena poesía que se sigue produciendo, demuestra
cabalmente que posmodernismo es tan sólo una larga
palabra.
Mis padres, además de regalarme para siempre un
infinito sentido de la libertad, me enseñaron a
ser agradecido. Ojalá Horacio, mi vecino de Villa
Luro –de quien no tengo noticias desde hace más
de 30 años– haya tenido y tenga una vida
plena y colmada de amor, porque las mujeres y los hombres
como él merecen –sin duda alguna– una
felicidad completa, una alegría interminable. |
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