|
| |
| m |
| Fermento
| Julio! | Tu Secreto |
| . |

Carlos Gardel |
FERMENTO
Me pierdo en la cúspide del tiempo
mientras el fermento de la música convierte
a mi cuerpo
en sublimes compases
cadencia de mis piernas que se entrelazan con las
tuyas
taconeo, paso, contrapunta
mano izquierda que te abre en gajos como la breva
madura.
Tu cintura se enrosca al ritmo de los deseos
fértiles corcheas que tus senos ofrecen
puntiagudos roces del enjambre que recorre
junto al giro desandado, que tus muslos me anteponen.
Mejilla tersa que entrega el sinfín de sus
rubores
fiel estirpe milenaria que naciera en los tambores
negro estigma fusionado con los cantos del esclavo
candombe desentrañado, que en 2x4 conchabo.
Corrida, ochos, sentada
lento o ligero resguardo, que te entrega aprisionada
libertades compartidas, sollozos de madrugada
sonrisas de amor vertidas, en las mullidas almohadas.
Hembra y varón que prodigan, en un tango,
sus placeres
lamento de bandoneón, que acurruca a los
quereres
melodías de entrevero, leyenda de unos puñales,
transitando el universo vas mostrando tus caudales.
Porque naciste orillero, te piantaste a Barrio Norte
recalaste en Monmatre, con Arolas, dando corte
luego Hollywood, sus salas, consagraron a Carlitos
y en medio de tanta gala, Medellín parió
su mito.
Hoy el mundo te abre puertas, callejón de
mi arrabal
prolongando el vendaval de sus figuras disueltas
perennes, vivas, abiertas
como el alma del zorzal. |
| . |
. |

Julio Cortázar |
¡JULIO!
(A Julio Cortázar, cumplidos veinte años
de su adiós constante)
Yo tengo un amigo de cuento presente
que hizo un amigo que no conoció
tal vez por dormir
un andar argelino
mientras yo leía
su llanto al volver.
Yo tengo un amigo que exilia torturas
y cuenta a mis ojos un lívido adiós
oyéndolo a Mozart
¡que vuelo sereno
abreva su sueño
venciendo el ayer!.
Yo
tengo un amigo dictando su sangre
abierto de tinta, dragomán de amor
extraño aparcero
sendero añorado
tu casa tomada
vuelve en renacer. |
| . |
. |

Evaristo Carriego |
TU
SECRETO
¡De todo te olvidas! Anoche dejaste
aquí, sobre el piano, que ya jamás
tocas
un poco de tu alma de muchacha enferma:
un libro vedado, de tiernas memorias.
Intimas memorias. Yo lo abrí al descuido
Y supe, sonriendo, tu pena más honda
El dulce secreto que no diré a nadie:
A nadie interesa saber que me nombras.
...ven llévate el libro, distraída
llena
de luz y de ensueño. Romántica loca...
¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano
...de todo te olvidas ¡cabeza de novia!.
El humo y el esplín circularon tus arterias
de poeta, interpretando la vida..., así...
sobre el pucho pegado a tu enferma saliva, salpicada
de visiones nostálgicas que se imbricaron
con el romanticismo de fines del siglo XIX.
Los ojos de tu barrio te vieron nacer, parido por
el vientre de tu madre y seno fecundo de unos versos.
Sutiles magnolias que el arrabal amargo descuajaba,
depositadas en tu numen de exquisito porteño
y poeta.
Es curioso. Viniste al mundo el mismo día
que nació mi abuelo y partiste –apenas
a los 29 años– justo en el momento
en que mi viejo pegaba su primer respiro en este
valle de esperanzas.
Solamente una carátula dejó impreso
tu nombre y el breve testimonio de tu obra: Misas
herejes, publicada en l908 cuando la cronología
de tu reloj de arena marcaba 21 años.
Esa labor poética encaramó tu espíritu
junto a la problemática social que embargaba
a nuestro pueblo. Pensamientos y giros emblemáticos
que volaban junto al tránsito de esas sustraídas
por la brisa, inundadas de tabaco y por la efímera
constancia de las ideas truncadas por medio de una
sociedad oligárquica, cuya selectiva inspiración
discriminatoria estaba sustentadas por aquellas
manifestaciones literarias provenientes de ultramar.
Tu obra póstuma, conteniendo las poesías
mas características, se hermanó con
las evocaciones sentimentales de los barrios suburbanos
de Buenos Aires, y en la vida de los habitantes
más humildes.
Tu joven espíritu maduro había logrado
el prematuro advenimiento de la sabia observación,
y la completa internalización de las angustias
de los desposeídos.
Alguien ha querido eternizar tu creación
poética, publicando al año de tu deceso
–l9l3–, tus últimas páginas,
en un libro titulado: “La canción del
barrio”.
“....y allí molerá tangos para
que llore el ciego, el ciego inconsolable del verso
de Carriego, que fuma, fuma y fuma, sentado en el
umbral”.
GRACIAS,
DON EVARISTO CARRIEGO. |
|
| . |
|
| . |
|
|