
Benito Quinquela Martín
(1890-1977)
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A
veces la vida nos tiene deparados caminos impensables.
Y de entre aquellos despojos de humanidad suelen
surgir las manifestaciones ecuménicas más
geniales que el derrotero existencial ha creado.
Por 1890 fue dejado en la casa de expósitos
un niño que, supuestamente, había
nacido durante el transcurso de las tres semanas
anteriores. Allí vivió durante ocho
años hasta que fue adoptado por un matrimonio
que residía en la Boca del Riachuelo.
Este “mosquito” trabajó de estibador,
junto a su padre, descargando carbón en el
puerto.
A los 17 años el maestro Alfredo Lázzari
le comienza a enseñar dibujo y pintura. Y
entre su espíritu autodidacta, que lo lleva
a acercarse a la creación artística
de Auguste Rodin, y los recursos aprendidos de su
iniciador pictórico italiano, su estilo y
su genio comenzó a dar los frutos que hoy
engalanan la historia de nuestro arte.
Ni la tuberculosis logró evitar el paso de
sus óleos y aguafuertes. Y el mundo supo
de su arte recalado en las fosas aceradas del riachuelo
encarnado.
Sus aguamarinas recorrieron todo el mundo vistiendo
paredes cortesanas, museos, pinacotecas públicas
y privadas. Su nombre proyectó nuestra cultura
a sitios de ultramar, tal vez buscando ese origen
atávico que la sangre reclama.
Benito Juan Quinquela Martín entregó
su espíritu, en un día como hoy, a
las alas de las crestas marinas, encontradas con
la callosidad expresiva de manos laboriosas, que
permitieron enaltecer, aún más, la
historia de nuestra estirpe enquistada en la magnitud
excelsa de su prolifera obra. |