
Osvaldo Pugliese:
el monito |
Con su vista envuelta en vitraux, el monito juega
rayuela sobre el teclado, buscando en disparidad
de voz, el noble y armonioso rumbo improvisado de
blancas y negras.
Eduardo Moreno le dio un perfil idiomático
a ese hermético secreto, dónde Recuerdo
apellida idénticamente el misterioso tríptico
creador.
Cuando Juan Carlos Cobián se entregó
al cachet europeo, de los viejos tablones millonarios
partieron residuos, atestando aquel proscenio. Era
el comienzo de una historia con epílogo invertido.
Y fue en el Club Paraná de Avellaneda, cuando
Rodríguez lo piantó del paso de zorra
volviéndolo gotán.
La chancha, Paquita, Pollet, el gran Roberto y Elvino,
con el que trepó las tablas de aquel café
Nacional, le suministraron ejemplo y estilo a su
callada observación de potencial maestro.
Más tarde Gobbi, el gordo triste y Miguel
Caló, formaron parte del nacimiento de su
proyección melódica, trepada a la
reminiscencia indígena quiteña o,
tal vez, a ese mulato de endechas orientales.
Y mientras cantaban poetas, el monito nutrió
su humilde vida de grises, de principios enaltecedores,
de camaradería. La censura política
vistió en manos de niña su piano de
rosa. El precursor del contrapunto y la síncopa,
alcanzó la fama sin fortuna. La cortina de
hierro ya quedaba atrás, al final de su camino.
Sus saltos virtuales recorrieron ese universo del
arte que no tiene ideologías ni fronteras,
permitiéndole acariciar aquellos teclados
abiertos a su estampa cansina y liberada. Y su vitraux
transcurrió fulgente, mientras sus escasas
palabras de agradecimiento, nacidas junto a la siempre
aferrada mano de su compañera, se fueron
diluyendo con la brisa que llevó a su alma,
al lugar donde yace la perenne leyenda de los elegidos. |