
Texto:
Norberto Galazo (Perteneciente
a su libro:
“Discépolo y
su época”)
Realización Gráfica: Rodrigo Suárez |
Hace
51 años dejaba de existir el dueño
de la visión y del mensaje: “Nunca
quieras mal, total la vida que importa, es tan chiquita
y tan corta que al final el piolín se corta”.
Esas póstumas palabras fueron encontradas,
por su amigo Catulín, en un cajón
de recuerdos y perdones vueltos.
Su enjuto y esmirriado cuerpo lo aisló de
los juegos infantiles. A partir de ese momento,
y en una acción que refrendaba las actitudes
de discriminación recibidas, colocó
- siendo apenas un niño - su globo terráqueo
de lata en una bolsa de tela negra.
El puño de su realidad conversó con
Dios: “... el seguirte es dar ventaja, y el
amarte sucumbir al mal”.
También la hermandad y el amor le dieron
las espaldas. Y fue tolerante. Comprensión
que el dolor y los complejos generan, o quizá
el hecho de estar por encima de la mezquindad que
la imperfección humana provoca en su afán
de sostener incólumes egoísmos: “cuando
veas que a tu lado se prueban las pilchas que vas
a dejar”. Y será el decidor del cambalache
que no conoce de tiempos ni de procesos evolutivos.
Es como la narrativa de una maldición ancestral
que no tiene fin desde los comienzos de la historia:
“Que el mundo fue y será una porquería,
ya lo sé, en el 506 y en el 2000, también.
Vale Jesús lo mismo que el ladrón”.
Querido Discepolín. Mártir de un tiempo
que derramó en tus ojos el llanto eterno.
Dueño absoluto de la sabiduría que
emigró fronteras. A más de medio siglo
de tu muerte, tus llagas siguen internándose
en mis sentimientos. Y seguirás vigente,
igual que mi brindis, que abarca en estas fiestas,
a todos aquellos que tuvieron el milagro de haber
nacido en tu misma tierra. |