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Estaba
la paloma blanca sentada en el verde limón,
con el pico cortaba la rama, con la rama cortaba
la flor...Ay!...Ay!...Ay! dónde estará
mi amor...
Hoy he vuelto a sentarme en este mismo banco de
la plaza, tan desteñido por el pasaje de
los años, como el color de mis cabellos.
Y como siempre, conversamos. Yo le cuento los
últimos acontecimientos ocurridos en mi
vida y él me habla de su inactivo aburrimiento.
Me pregunta sobre aquellos niños amigos
que compartieron nuestras alegrías y sólo
le respondo con frases que determinan ausencias.
Entonces comienza a nublarse mi vista empapada
de añoranzas, depositando en la gastada
esencia de su aún noble madera, palabras
que motivan la apertura de nuestras sonrisas resurgiendo
por la comisura de nuestras grietas.
Altón… Altón... Altón
pirulero... El silencio se rompe por medio de
ese coro de voces fantasmales, mientras cachurra
monta la burra.
En un puente de Avignon todos bailan... todos
bailan, acompañando el vaivén rechinante
de su cuerpo abatido, apenas sostenido por los
gastados y oxidados tornillos.
El me dice: veo, veo...
Y yo le pregunto: qué ves... y es cuando
la soledad del entorno me autoriza a callar para
no defenestrar sus antiguas ilusiones, como aquel
que no le dice a su ser querido de la enfermedad
terminal que padece.
Por un momento tengo la impresión que la
voz del mundo se hubiera detenido, presagiando
el fin de la infante alegría contaminada
de juegos perimidos. Sin embargo, callo para no
ser cómplice del mutuo entendimiento que
nos sumerge al destierro del sentido de ese nuevo
encuentro.
El sabe que cada uno de sus listones viejos de
madera han perdido su razón onírica
en los gajes de los tiempos. Ambos conocemos la
virtud de la mentira en esos casos, para evitar
el dolor del desarraigo que conlleva la evidencia.
Dos y dos son cuatro... cuatro y dos son seis...
seis y dos son ocho y ocho dieci...
Mirá a los pibes!... allá... enfrente,
en el kiosko tomando cerveza o a aquellos otros
en su asiento individual jugando con las máquinas
electrónicas...
Se olvidaron de nosotros. Somos nada más
que una sombra en sus vidas. Un resabio espectral
y patético, perdidos en medio de esta hojarasca
de otoño, más otoño que nunca.
A la lata, al latero... a la hija del chocolatero...
Adiós, amigo mío. Muy pronto nos
volveremos a ver.
Y mientras empiezo a desandar el camino del recuerdo,
enciendo un nuevo cigarrillo, exhalando un silbido
de nostalgias gardelianas. |