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“Obra
Completa”
Héctor Viel Temperley
Poesía
Ediciones del Dock
400 páginas
Buenos Aires, 2003
Un ángel acompaña toda la
obra poética de Héctor Viel
Temperley. El primer poema, escrito a los
18 años (1951), ya lo dice: "volteadas
por el viento / mis botas caen al fin. Y
arrodillado / abrazo más que viento
/ Abrazo al ángel que hice con mis
manos". Ese cuerpo ajeno que despega
cuando se descalza del propio es, de pies
a cabeza, la presencia viva de lo otro.
Una presencia que mantiene al yo, desde
la adolescencia de la poesía de Viel
hasta su maduración extrema, en permanente
estado de natación ("yo mismo
me remonto, me retrepo"). Porque las
botas son "botas de ahogado" y,
abrazado al salvavidas que él mismo
fabrica con sus manos, "el niño
que aprendió a nadar" se tiene
que adelantar a su propio cuerpo para salvarse.
Es un acto primigenio de despojamiento,
un bautismo donde recibir el nombre supone
estar preparado, al mismo tiempo, para salir
a flote de la identidad. En ese acto, todo
Viel Temperley, él y su anónimo
ángel, empiezan a dejar atrás
la estela de una obra.
El nadador, entonces, bracea en pos de lo
suyo en una travesía contracorriente
("voy hacia lo que menos conocí
en mi vida, voy hacia mi cuerpo" insistirá
el yo terminal de Hospital Británico,
1986). El que ya tuvo las botas puestas,
el que calzó el peso de lo propio,
aprende de la pérdida lo que significa
avanzar (nadar) en pos de una renuncia.
Para ir y venir por ese tránsito
nada lineal, hay que haberse dejado alcanzar
por la ajenidad (ángel): "Para
ver tengo al lado como un ángel /
que me dice despacio esto o lo otro / aquí
o allí, encima o más abajo.
/ Siempre soy el que ve lo que ya ha visto
/ lo que ha tocado ya lo que conoce / no
me puedo morir porque ya tengo / la muerte
atrás vestida como novia" (El
nadador, 1964). Este nacimiento repetido
que excluye toda novedad y, sobre todo,
la muerte entendida como novedad, es un
ejercicio contra el tiempo cronológico
que vuelve a la poesía de Viel Temperley
pura letra premonitoria. Hubo otras vidas,
habrá otras y por eso la poesía
se escribe sólo en presente. El poeta
llama "religiosidad surrealista"1
a esta pulsión que consiste en mantener,
para la instantaneidad del verso, todos
los tiempos verbales a raya. Es una creencia
en el más allá que, sin embargo,
no respeta causalidades. Por eso el cristiano,
dejado de la mano de Dios, nada con soltura
por debajo de las imposiciones realistas:
"me hundo en la iglesia de desagüe
a cielo abierto en la que creo" (Hospital
Británico, 1986). Por eso, también,
los mandatos oficiales provocan en él
una especie de extrañeza familiar:
"quién puso en mí esa
misa a la que nunca llego". El reloj
de la iglesia marca la hora de la misa fijando
un tiempo al que la poesía siempre
ya se había anticipado. "La
poesía quema nuestras etapas",
decía Paul Celan y Viel, en nombre
de su ángel, adelanta para la vida
todo lo que después la historia oficial
archivará como dato muerto. A través
de este método anticipatorio el poeta
hace resucitar todo, incluso las fechas.
Febrero 72-Febrero 73 se titula un libro
de poemas de 1973. El título, que
para gran parte de la mal llamada literatura
suele ser el resultado de una abstracción
estetizante, es aquí una fecha. Fecha
que, rescatada del olvido extraliterario,
adquiere valor de testimonio. Ya no consigna,
a pie de página, el principio y el
fin de un proceso archivable. Ahora anuncia,
desde la tapa misma del libro, que una experiencia
de vida marcó a fuego la carne del
poema –como se grabaría una
fecha en un árbol, cifras de fuego
quemando la corteza"2–. Porque
en una poesía como la de Viel, vida
y literatura confluyen de entrada por la
vía regia que abre la natación.
Al revés de lo que sucede en un diario
íntimo donde se fecha para dar cuenta
de que los hechos realmente se vivieron,
aquí se fecha para anticiparse a
cualquier hecho transformándolo de
antemano en acontecimiento. Por eso hay
que aprender a nadar. Para sacarle al tiempo
la ventaja de su fecha. Así, la experiencia
de un año dentro de la escritura
–de febrero a febrero– se titula
libro. Es una experiencia que se repetirá,
cambiada, en el nacimiento repetido de otros
libros. "Febrero74, Febrero 72, Febrero
76 / y otros dos más, impares pero
idénticos (...) oh febreros con números
que nunca vi" dice Carta de marear
(1976). Y Legión extranjera (1978),
para desalentar cualquier interpretación
biografista, agrega: "hablo de todas
las horas y de todos los días / y
de todas las estaciones y de todos los años".
Esta singularidad universal que habla por
boca del ángel supone, por un lado,
pagar la deuda contraída con la finitud
(Viel, como queda claro, no concibe una
literatura más allá del tiempo)
y, por otro, curarse en tiempo. Así
entendido, Hospital Británico, ese
libro utópico donde ya no habla el
yo lírico sino las fechas, podría
pensarse como la clínica de todos
los libros anteriores rescatados por la
salud en el tiempo. Crawl, por su parte,
se deja leer como esa feliz sincronía
de un estilo, donde ángel y yo consiguen
nadar a un idéntico tiempo lírico.
Y Legión Extranjera, en la perspectiva
que aporta la obra completa de Viel Temperley,
aparece como el tiempo gozoso, a cielo abierto,
que marca el ejercicio de la escritura.
Ya muchos años antes, en El nadador,
el poeta había citado a Marcos, 5
cuando dice: "mi nombre es Legión,
porque somos muchos". Y no sería
desacertado afirmar que Legión Extranjera
es, por excelencia, el libro de los otros.
Los ángeles aquí se multiplican
como panes o peces. En permanente estado
de campamento.
–Poemas de la bolsa de dormir, se
titulan la primera parte del libro-–
el que se afeita con "filo equilibrado"3
busca trocitos de espejo que le devuelvan
una imagen. A falta de espejo, serán
los árboles, las estrellas, las piedras,
los animales, el mar los que con su mirada
inanimada armen el tempo de un relato subjetivo.
Estos versos de "Bajo las estrellas
del invierno", tal vez el poema estrella
bajo el cielo de la obra de Viel, lo dice
así: "Pienso en todas las horas
pienso en todos los días / pienso
en todos los años sin encontrar mi
imagen / Pero una liebre un pájaro
una perra/ me miraron a los ojos al corazón
al sexo / como creo que sólo me miró
también el mar / una madrugada de
verano en que vagaba / con una pistola en
el puño sin tener dónde afeitarme".
Como Alta Marea de Enrique Molina, esta
pequeña pieza maestra de la literatura
argentina condensa, en un sólo golpe
de dados, todo lo que se necesita para narrar
cuando al mismo tiempo se escande. Ya Molina
había dicho en el prólogo
a Carta de Marear (1976) que en la poesía
de Viel Temperley "el relato no es
lineal sino irradiante". Y desde esa
perspectiva podríamos afirmar que
lo que relata "Bajo las estrellas del
invierno" es ni más ni menos
que la historia no oficial de un hombre
que abandona lo humano para poder ser mirado
por lo otro. Así, extranjero de sí
mismo, se transforma en legión. "La
vergüenza de ser un hombre: ¿hay
acaso alguna razón mejor para escribir?"
se pregunta Gilles Deleuze4 . Y Viel, por
boca de la multitud de voces que pueblan
de diálogos Legión extranjera,
contesta con otra vuelta de tuerca: "Sabiendo
que en seguida iba a perderme como un hombre
/–Me gusta esa manera de escribir
–-me dice /–No estoy escribiendo
–le digo– Estoy hablando".
Es que escribir en estado de campamento
es un modo de hablar. Una poesía
de "Visiones y Audiciones que ya no
pertenecen a ninguna lengua".5 Una
cháchara extranjera bajo cuya lengua
filosa y desequilibrada vive la amenaza
de la autoaniquilación, si entendemos
que portar una pistola en el puño
es un recordatorio para andar siempre dispuesto
a abandonar lo humano.
Por eso sería un despropósito,
aún ante la salida de la Obra Completa,
pretender armar alrededor de esta poesía
samurai un mito de autor. Mejor tallemos
en el árbol de la literatura argentina
la fecha 2003. Año en que por fin
la poesía de Héctor Viel Temperley
arriba toda junta hasta la orilla de nuestra
lectura. Es seguro que de esta experiencia
extrema de encontrarnos, cuerpo a cuerpo,
con el ángel vivo de un escritor,
saldremos cambiados. Porque estos versos,
que condensan lo más certero de nuestra
tradición, lo más extraño
y familiar de nuestra lengua, ya nos están
devolviendo, desde su espejo roto y precario,
una adelanto en el tiempo de nuestros atrasos:
para escribir después de Viel habrá
que aprender a nadar.
1 "Viel Temperley: Estado de comunión",
Vuelta Sudamericana, Buenos Aires, julio
de 1987. Entrevista de Sergio Bizzio.
2 Derrida, Schibbolerh, Arena Libros, Madrid,
2002.
3 En una nota al final del libro el poeta
explica que "filo equilibrado"
es una apelación publicitaria referida
a las hojas de afeitar Legión Extranjera.
(ver pág. 329).
4 Gilles Deleuze, Crítica y Clínica,
Anagrama, Barcelona, 1996
5 Gilles Deleuze, ob. cit. |