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La
deshabitada
Elsa Fenoglio
Editorial Itzamná
Buenos Aires, 2001
84 páginas.
La deshabitada, bella palabra para designar
la búsqueda interior, el ansia insuperable
de dialogar consigo misma que, Elsa Fenoglio,
poeta, emplea con profundidad y equilibrio.
La metáfora es en La deshabitada
el simbolismo intenso de su ser y representa
en la literatura argentina un aporte de
indubitable valor estético. Cuando
afirma: "No traigo sino/ un desteñido
código/de lo que dice la piel/que
resume/ combates de hembra".
Allí su grito ancestral transforma
lo arcaico en ese lenguaje único
que sólo una poeta de raza puede
construir y Fenoglio lo es. Ha transpuesto
todos los avatares, es como si las líneas
de su mano contuvieran antiguas claves que
ella recoge con inmensa armonía;
luego, mágicamente adviene la mutación
en poemas. Poesía única, reverente,
agrupada en palabras esenciales distadas
por un hado lírico y filosófico,
vigoroso y tremendo a la vez.
Una artista emblemática se cierne
al borde de sus labios; por eso las excelencias
de su voz acogen igualmente el trazo de
otros artistas. De allí que La deshabitada
resuma en sí las obras de plásticos
de relieve que ilustraron sus poemas y entraron
con holgura a esos "territorios obstinados”
de la poeta, allí donde ella misma
afirma que: "Ia vida me encuentra vagabunda,/a
tientas en rigurosas cornisas”.
Decimos que Fenoglio instaura en la poética
argentina una serie invalorable de sintagmas
de multifacética naturaleza: el amor,
el desasimiento, el ardor, la crueldad,
la búsqueda del alma y el hallazgo
de sí misma a partir de un paraíso
y un infierno como en el Dante. Esos elementos
espirituales aparecen sin claudicaciones
y Fenoglio llora esa desazón mística
que la abruma.
Sabe, inquiere y agudiza su interrogante
casi gnóstico de saberse inconclusa,
deshabitada. Por eso canta “en medio
de este reclamo de otredad que me aproxima
al desnombre”.
Se sabe temporal, mínima en el universo,
ahijada de la noche, inerme y desolada (sin
suelo). Su grito es una súplica de
auxilio al afirmar: “¿A quién
acudir para ejercer vigencia? ¿Dónde
suceder con ojos abiertos?”.
Los interrogativos y los infinitivos ponen
fuerza de increíble dramatismo a
su verso y, al igual que Gerard de Nerval
en su Desdichado cuando cantaba implorando
“yo soy el tenebroso, el desdichado
príncipe de Aquitania... mi sola
estrella ha muerto y mi laúd constelado
va mostrando el sol negro de la melancolía”.
De igual manera Elsa Fenoglio admite: “el
dolor de cada ocaso es una mordedura permanente
que me convierte en sustancia de otra orilla”.
No obstante Fenoglio, si bien emprende un
camino de reflexión intimista vinculada
con la gnosis y lo hace en primera persona,
también se polariza y habla en tercera
persona para entablar un resorte, un puente
amplio y distendido de sí misma como
poeta. Es la “otra” y es ella
misma en el bellísimo verso que dice:
"Hacia adentro/ esa que soy/ se echa
a andar/ cabeza abajo/ Por toda pulsación/
Lleva una costumbre agria/ hamacándole
el pecho”.
Toda consideración sobre su poética
no sería valedera si no aportáramos
lo esencial de su canto, vale decir, lo
metafísico y meditado, la angustia
existencial y lo esotérico la dolorosa
vicisitud de la carnalidad y el amor, ambos
nombrados con excelsitud y sublimidad.
Dice: “aprendo a recibir lo efímero/
con la misma religiosidad de lo eterno/
aprendo s vivir con ellas/ otra forma de
llorar”. |