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Entre
dibujos, marionetas y pixeles
Notas sobre cine de animación
Germán Cáceres
Ediciones La Crujía
165 páginas
Buenos Aires, 2004
Encontrarse con este libro pone en acción
algunos de los aspectos más positivos
que tiene la tarea de periodista especializado
en cine. Que es una tarea que, no puede
negarse, conlleva costados poco gratificantes:
al margen que se trate de un trabajo que
uno debe cumplir porque constituye su medio
de vida, ver ciertas películas o
entrevistar a determinados personajes puede
resultar un ejercicio algo insalubre.
Ningún riesgo semejante se corre
leyendo y analizando estas notas sobre cine
de animación debidas a Germán
Cáceres: él ha profundizado
con entusiasmo, con erudición, con
amenidad, con paciencia y con método
en el tema del cine de animación,
uno de los de más difícil
abordaje entre los que integran el universo
fílmico. Al terminar de leer Entre
dibujos, marionetas y pixeles, la reacción
de quien escribe fluctúa entre el
respeto, la admiración y la sana
envidia.
Conviene aclarar de movida que Cáceres
ha estudiado el cine de animación
no sólo en cuanto generador de “dibujos
animados” sino con un criterio bien
actualizado, incluyendo también como
materia las marionetas y los efectos especiales
que, sobre todo con el uso de la computadora
y las técnicas digitales, han ensanchado
el campo expresivo del cine de animación.
A diferencia de otros textos referidos al
cine, que –dicho esto con todo respeto–
se ciñen a exponer acerca de, por
ejemplo, la media docena de películas
de un promisorio director, Cáceres
tuvo que vérselas con un muy poblado
género fílmico, que encuentra
su más lejano antecedente en los
cortos de Emile Cohl y de Stuart Blackton,
allá por 1906, y que fue producido
por cinematografías cuya documentación
está en algunos casos bastante disponible,
como la estadounidense, pero en otras más
distantes, como la japonesa, son de más
arduo acceso.
Por otro lado, el cine de animación
no funciona afortunadamente como un compartimento
estanco. Por requerimientos estéticos,
por conveniencias comerciales o por otras
razones, se han filmado no pocas películas
donde la animación y la llamada “acción
viva” (con actores de carne y hueso
y escenarios y objetos reales) se integraron
en la historia, como el animé que
Quentin Tarantino introdujo en Kill Bill
I, como los dibujos animados mezclados con
Bob Hoskins y Christopher Lloyd en ¿Quién
engañó a Roger Rabbit?. También
sobre estos territorios compartidos ha posado
su investigación el autor.
Lo antedicho no presupone que Germán
Cáceres haya pretendido ser exhaustivo.
En lugar de centenares de páginas
con títulos y títulos, nombres
y nombres, fechas y fechas, efecto de un
innecesario afán abarcativo, el autor,
tras un introito sobre la historia del cine
de animación y sobre algunas formas
en que fue definido, ordenó su trabajo
en diversos ítems, completados con
filmografías detalladas aunque específicas:
hay, por ejemplo, entrevistas a Rodolfo
Mutiverría y a Juan Antín,
argentinos dedicados a la animación,
las que permiten de paso enterarse de qué
significan palabras tan usuales en la profesión
como layouts y cleanup.
El volumen presenta también dos largos
comentarios, uno titulado “Historietas
en movimiento”, con datos y análisis
sobre películas protagonizadas por
personajes de historietas que fueron llevados
al cine de animación, como, por nombrar
a dos, Flash Gordon y Mafalda. El segundo
comentario, “Actores animados”,
ilustra precisamente sobre un punto al que
me referí antes: las películas
que mezclaron actores reales y personajes
de dibujos animados, tales los casos de
La Pantera Rosa y Pink Floyd: The Wall.
Cáceres arma luego una “Selección
de Grandes Maestros”, con biografías,
análisis y filmografías de
varios números uno del cine de animación,
como el checo Jiri Trnka y el hispano-argentino
Manuel García Ferré.
Bajo el título común de “Miscelánea”
aparecen en el libro los textos de dos charlas
que Cáceres dio en anteriores oportunidades.
Una, llamada “El cine en la literatura”,
justifica su inclusión en este volumen
desde el momento en que como dice el autor,
“...la animación forma parte
del fenómeno más vasto del
arte cinematográfico”. Y en
la segunda, “La ciencia ficción
en el cine”, se señala la importancia
de tres películas argentinas de animación.
No se espere de Cáceres una actitud
discriminatoria, elitista respecto de las
diferentes calidades del cine de animación.
Si en alguna sección del libro no
se informa en detalle sobre todos los grandes
animadores ello se debe a razones de espacio,
no a una pose de cenáculo. Cáceres
ha rescatado a nombres poco conocidos para
el común de los lectores como el
canadiense Norman McLaren, pero ha reservado
un justo y considerable espacio para los
maestros de los cartoons estadounidenses,
tan atados a directivas industriales. Así
se homenajea a Tex Avery y al dúo
William Hanna y Joseph Barbera y, aunque
todavía se siga discutiendo a Walt
Disney en los planos moral y pedagógico,
Cáceres no duda en calificarlo de
“el más grande”.
Entre dibujos, marionetas y pixeles nos
dice, último pero no menos importante,
hasta dónde llegó el cine
argentino en un terreno en el que algunos
creen que ha desarrollado poco. Además
de las citadas entrevistas a Antín
y a Mutiverría y de las páginas
dedicadas a García Ferré y
a Mafalda, el libro aporta información
sobre los personajes de Clemente y Dibu
y sobre las películas La sonámbula,
Cóndor Crux y Mercano el marciano.
Germán Cáceres –me consta–
es un espíritu hambriento de cine,
del cine en sí, de todo el cine,
una de esas personas a las que jamás
se escuchará afirmar “a mí
solamente me gustan las películas
iraníes” o “no banco
las películas de ciencia ficción”.
Pero esta vez, entre la curiosidad, el conocimiento
y la nostalgia se complotaron en él
para crear estas notas sobre cine de animación,
acaso también como una apuesta a
favor de quienes se empeñan en manifestar
lo maravilloso y lo fantástico en
estos tiempos tan prosaicos. |