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“A
la luz del desierto”
Anahí Lazzaroni
Poesía
Ediciones Último Reino
112 páginas
Buenos Aires 2004
Anahí Lazzaroni no cesa ni ceja en
la vía del ascetismo y de la concentración
sonora significante del poema. Persiste
en su escritura un antiguo anhelo de perfección
que equipara el trabajo del fabricante de
versos al del tallador de cristales o pulidor
de espejos. Y lo más llamativo resulta
entonces que la libertad formal de las versificaciones,
de los agrupamientos estróficos,
se nos aparezca ilimitada. Sobre esta paradoja
perenne del lenguaje poético, Anahí
despliega sus materiales predilectos, sus
alusiones, sus citas enmascaradas que abarcan
desde Arquíloco hasta Alejandra Pizarnik.
Noticias de la ciudad abre el camino con
una referencia a los dioses indiferentes
y crueles pues, a pesar de su desdén,
ellos no dejan de estar al acecho de los
hombres, especialmente cuando los perturbamos
con nuestros ruegos. El final del recorrido,
la “Canción sin partitura”,
quizás nos revela que los númenes
son esos "pobres locos", incapaces
ya de crear las cosas vivientes (el leopardo
del primero de los “Dos poemas”,
los árboles de aquella Canción)
mediante su dibujo, su proyección
umbrátil en las paredes vacías
de la caverna platónica. Y no podemos
sino recordar el cuadro tan bello y misterioso
de Dosso Dossi, en el que se ve a Júpiter
pintor, quien traza sobre una tela las formas
y desparrama los colores de una mariposa
que emprende el vuelo, mientras Mercurio
pide silencio a Iris, la mensajera presurosa
que deja su estela en el cielo de la escena
(Viena, Kunsthistorisches Museum). La poética
de Anahí cumple un papel numinoso
intermediario de los que exhiben las divinidades
presentes en el cuadro de Dossi: hacedora
de seres alados, experta en el anudar y
desanudar de enigmas, portadora inconsciente
de policromías que disuelven las
formas en el aire circundante.
Las segundas Noticias nos recuerdan la nieve
que se derrite, ambiguamente, para dar paso
a la vida que vuelve y para desvelar el
delito incomprensible aunque perpetuo, nuestro
crimen desconocido que nos aterra "a
la manera de un western". Una vez más,
la paradoja, de la nieve que se va y el
verano que llega o se aguarda, pero el invierno
persiste tenaz, como un bajo continuo que
entona para nosotros el cartero al pasar
de largo. De modo que este libro evoca tanto
las travesías tempestuosas del Wínter’s
Tale como los itinerarios melancólicos
del Winterreise: la ironía alambicada
de “En todos Iados se cuecen habas”
se convierte en las tormentas satíricas
de las dos Anotaciones urbanas ("deslenguada
y altiva" es la ciudad, "desgraciadas"
las estatuas que un "poder ciego permite");
mientras los ángeles hacen sonar
oboes azules (tal vez del "matiz faltante
del azul" al que se refería
Goethe y que alimenta una tristeza digna
de Novalis), el pez respira solitario y
huérfano en el agua de su pecera
y los sueños esperan la mañana
que no despunta.
Por fortuna, el coraje de Anahí llega
más lejos todavía, porque
nos muestra las revoluciones argentinas
recientes a la luz del desfallecimiento
de la palabra poética y hace que
la voz misma de quien canta el poema se
sitúe en las tierras desérticas,
lluviosas e invernales de una lucidez infortunada.
He dicho "por fortuna", porque
gracias a todo ello los lectores sabemos
más acerca de la raíz de nuestros
desasosiegos y soportamos mejor el malestar
difuso y punzante de sus heridas. Si bien
el colmo del embeleco poético nos
llega a la hora de comprobar que el índice
es, por sí mismo, un poema último,
donde aún los prosaicos podemos imaginar
un papel creativo que, sin la obra de Anahí,
nos estaría prohibido. |