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“Dársena
Sur”
Selección de poetas argentinos contemporáneos
Poemas
La Luna Que
136 páginas
Asunción, Paraguay, 2004
En
los períodos de decadencia, alimentando
el desorden general, aparecen los artistas
y los críticos más confundidos:
reniegan del acerbo del pasado y de sus
influencias, son incapaces de ver los cambios
que algunos grandes creadores señalaron
desde sus obras, iluminadas, a su vez, por
sus antecesores, y éstos de sus mayores.
Algunos pretenciosos se sienten únicos,
a la vez de incomprendidos, y se enquistan
en un mesianismo trasgresor cuando en las
figuras de su obra aparece el mal gusto
en lugar de la experiencia vanguardista
(convengamos que el mal gusto es tan antiguo
como el hombre, mal puede señalar
un camino moderno, y mucho menos de vanguardia).
Los postergados piensan que sobre ellos
se cierne una injusticia dictada desde tronos
invisibles; la realidad es que existe un
juez apócrifo, insondable, que siembra
la semilla del desconcierto en sus conciencias.
A toda esta vorágine se suma la actitud
arrogante del postmoderno, la vanidad intelectual,
propia de temperamentos débiles que
necesitan de la ponderación como
del aire, que, accediendo a lugares de decisión,
contribuyen como socios de la destrucción.
La vanidad intelectual es la peor de las
vanidades, pues afecta al cuerpo todo: en
sus actos y en sus pensamientos, y no espera
intervenir sólo cuando llegan los
asuntos de su dominio, pues pretende hacer
suyos todos los temas y, en cada uno, imponer
lo que cree la verdad última. No
es difícil imaginar el resultado.
Lo decadente siempre ha sido gregario y
se contagia como un virus en los cuerpos
más débiles. Así, en
los períodos de otoño intelectual,
se profundizan aún más los
problemas de la ubicuidad. Ya no son sólo
temores existenciales o de relación
los que pesan sobre la psique, sino se confunden
también la estructuración
y los cuerpos temáticos de la sociedad.
El talento y el genio se pierden de vista
y dan lugar a experimentaciones cuya única
intención es sacudir el ánimo
del prójimo, por lo irónico
o por lo trágico, siempre con el
molde común del mal gusto, es decir,
con la característica necesaria para
que un acto no sea artístico.
Resulta sencillo advertir cómo afecta
esta decadencia social a la poesía.
Aparece de la mano de las tendencias más
coloquiales durante los primeros años
de la segunda mitad del siglo XX y toma
caminos que no se acercan a la belleza,
sino intentan ocultarla, pretendiendo creer
que la vulgaridad, el ingenio, el desenfado
y la trasgresión son creativas. En
todo caso, pueden ayudar, pero de ningún
modo son decisivas al momento de la polleáis,
que implica creación de algo nuevo.
Tal es el caso de la narrativa en verso,
nuevo esperpento de las últimas décadas,
que no puede compararse con aquellas epopeyas
que cantaban a las proezas de míticos
hombres, con hipérbaton, prosopopeyas,
sinestesias, rima, métrica, y casi
todos los recursos propios del origen de
la poesía, es decir, de la preceptiva
que la distinguió cientos de años.
Esta antología reúne a un
grupo de poetas en resistencia que, de ningún
modo, son los únicos. Es necesario
detener la caída, traer a la luz
lo que se oculta en ambientes vernáculos
leales a la belleza y a lo sublime, ganar
Ios espacios diseñados para los mejores
hombres, para los más aptos, y destronar
la necedad. |